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La verdadera devoción a la Virgen María

Llega el 15 de Agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma (Dogma de Fe proclamado por Su Santidad el Papa Pío XII en 1950), y a la vez día grande para nuestra Diócesis al celebrarse la Patrona. Esta fecha tan entrañable nos ha de llevar a una profunda reflexión sobre el auténtico significado de la devoción a María Santísima que es Madre de Dios, Madre nuestra y Madre y Reina de la Iglesia. Hemos de hacer examen de conciencia, particular y comunitario, sobre la autenticidad de nuestra devoción mariana, y para ello hagamos tres preguntas a nuestros corazones con la mirada puesta en el Señor:

Primera Pregunta: ¿Soy devoto a María Santísima como Madre de Dios?; si la Virgen María es Madre de Dios hemos de asumir que su primer deseo hacia nosotros es que vivamos cerca de Cristo, de su Hijo. Más concretamente: que vivamos en Gracia de Dios. Si yo afirmo ser devoto a María Santísima pero no valoro la Gracia de Dios, entonces mi devoción no es sincera, quizás por ignorancia (culpable o no) o por la frivolidad que me lleve a colocar las emociones y sentimientos por encima del corazón (que ama desde una voluntad firme apoyada en la Fe). O sea: vivamos en Gracia de Dios para agradar a María Santísima. Ese ha de ser nuestro primer propósito y regalo a la Virgen asunta al Cielo. Y ello lleva consigo hacer una buena confesión de nuestros pecados. Si: hay que decirlo alto y claro, el inicio de la devoción a la Virgen María comienza en el Confesonario. Más aún: antes del confesonario, empieza en la preparación de la confesión. La Virgen María espera y desea de cada uno de nosotros que tengamos la humildad del hijo pródigo para reconocernos pecadores y acudir arrepentidos y con propósito de enmienda al sacramento del perdón (Lucas 15, 11-32) . Y no sólo eso: sino que nos convirtamos en misioneros del perdón de Dios, de forma que recemos para que los demás se confiesen, que con caridad y firmeza animemos a los demás a recibir la Misericordia de Dios que se rinde ante los corazones contritos (Salmos 51, 17) y huye de los “entendidos” (Mateo 11, 25).

Segunda Pregunta: ¿Soy devoto a María Santísima como Madre nuestra?; si la Virgen María es Madre de mi prójimo, entonces somos hermanos en la filiación mariana y no sólo en la filiación divina. Pensemos bien en la maravilla de esta afirmación: cada vez que estemos ante el prójimo, sea o no de nuestro agrado, sea amigo o enemigo, sea justo o injusto….. estamos ante un ser humano que es amado por la Virgen con entrañas maternales. Entonces si yo digo ser devoto a María Santísima pero a la vez guardo rencores al hermano, tramo venganzas, urdo calumnias o calculo desquites…….mi devoción será falsa aunque estuviera cargado de “razones humanas”. La devoción verdadera a la Virgen ha de llevarnos a vivir de forma radical el mandato de Nuestro Señor “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”(Mateo 22,39), que incluye igualmente “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan y calumnien” (Mateo 5, 44). O sea: la devoción mariana que empieza en el confesonario con el corazón contrito ha de continuar en la caridad fraterna con el corazón limpio. Y cuando nos cueste más el mandato fraterno entonces hagamos de corazón el regalo que encantará a nuestra Madre del Cielo: la renuncia al rencor, al odio y al desquite…..por amor a María Santísima que es la Madre de aquel que nos hizo daño o nos lo sigue haciendo.

Tercera Pregunta: ¿Soy devoto a María Santísima como Madre de la Iglesia?; si la Virgen María es Madre (y Reina, como proclamó el Concilio Vaticano II) de la Iglesia, entonces nuestro corazón ha de estar impregnado de catolicidad y de apostolicidad. No sería sincera una devoción mariana si se excluye del compromiso eclesial y misionero, ya que en ese caso querríamos hacer una “Virgen María a nuestra medida” pretendiendo insanamente estar cerca de la Madre de la Iglesia a la vez que despreciamos esa misma Iglesia de la que María Santísima es Reina y Señora. Esa devoción verdadera a la Virgen María, iniciada en el confesonario y continuada en el amor fraterno, ha de coronarse con una profunda adhesión a la Iglesia fundada por Cristo, la Iglesia Verdadera que es la Católica, y fuera de mantenerse como una mera declaración formal (o solo basada en participaciones en eventos extraordinarios), ha de hacerse vital en un compromiso serio en los niveles de parroquia, diócesis e Iglesia Universal, que nos lleve a cumplir con el mandato a las misiones de Nuestro Señor Jesucristo “Id por todo el mundo y llevad el Evangelio, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Marcos 16, 15). Además de la responsabilidad en el apostolado, el verdadero devoto a María Santísima ha de asumir que la fidelidad a la doctrina católica ha de estar por encima de complejos y componendas con el mundo, y aún con las personas y/o sectores que hubiere en la Iglesia empeñados en destruir desde dentro lo que nunca lograron aniquilar los enemigos externos a la misma Iglesia con la persecución. Ser muy leales a la doctrina es condición que avala la veracidad de la devoción a la Virgen María que es Reina de la Iglesia y, por tanto, desea con su Inmaculado Corazón que su Iglesia permanezca unida en la única Verdad que es Cristo. Desde ahí valoramos la importancia que tiene hoy la apologética en estos tiempos de elevada confusión, relativismo, subjetivismo y secularismo.

Por tanto: descubramos y/o profundicemos en la esencia de la devoción mariana (vida sacramental con centro en la Eucaristía y la Confesión, caridad fraterna y fidelidad doctrinal) por encima de quedarnos solo en la “superficie”, o sea, la emotividad sentimental basada solo en acontecimientos extraordinarios con escaso o a veces nula acción interior en los corazones y almas. Desde la esencia integremos por supuesto las romerías, peregrinaciones….etc con todo el cariño que ha de brotar de un espíritu enamorado de la Madre de Dios. Seamos por supuesto asiduos del rezo del Santo Rosario (cada día a ser posible, como Ella misma nos pidió en Fátima hace ya un siglo), respetemos y alentemos las tradiciones que han calado en nuestros pueblos, si……pero recordando siempre toda bandera, signo o representación ha de estar edificada sobre roca firme, pues sin esa roca (los sacramentos, la caridad y la doctrina) vendrá la tempestad y o bien todo quedará desolado o, casi peor, se mantendrán las solas apariencias de lo que no tiene su origen en el corazón.

[Fuente: Boletín Diocesano Diócesis de Oruro, Bolivia]




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