Tal vez por un prurito de prudencia —en cuyo seno se resguardan las más atinadas decisiones—, o porque la distancia viene como a mitigar el interés, no acostumbro a escribir en demasía sobre políticos extranjeros. Sin embargo, se me antoja que la nueva iniciativa de la Kirchner bien merece, por lo que tiene de revelador y de gurruño o escurraja intelectual, una glosa un tanto detenida. Pues hete aquí que a la pizpireta presidenta, siempre enjalbegada de potingues y de cremas, coruscante siempre de diamantes y de perlas regordetas, ha dado en muñir una muy curiosa política para aliviar la tan gravosa situación que padecen los menesterosos de su país. Así, tras una reflexión que imagino dilatada y extenuante, ahora aspaventada tras el marbete bonancible de “Sonríe, Argentina”, Cristina ha pergeñado la muy higiénica medida de arreglar las corroídas dentaduras de sus compatriotas más infortunados, a quienes supongo ahítos de ilusión.

No debiera obviarse, sin embargo, pese a su apariencia de benéfica, qué se oculta tras la presidencial majadería, y que no es sino un muy profundo desprecio hacia los humildes —pues de ellos será el cielo, tan distante de los ricos—; un muy profundo desprecio hacia aquellos que transitan —o deambulan, más bien, como una suerte de cenceñas estantiguas que se asieran a este mundo de rigores— por un paupérrimo pasar; un muy profundo desdén, en suma, hacia los calamitosos devenires a que han sido arrojados por la sociedad —sociedad que los agrisa y oculta, sepultándolos bajo escombros de repudio—, y una como perpetua sordera o enceguecimiento del alma, que se ve incapaz de vislumbrar las muchas desgracias y necesidades que asuelan a sus paisanos. Y es que quien se engolosina en la apariencia, no ve más allá del carmín tras el que se parapetan las mujeres o de las corbatas que a nosotros nos disfrazan. Y, así, la Kirchner se erige en el blasón bípedo del más opulento liberalismo y la más rancia plutocracia, para los que la pobreza es el destino al que han de ir aquellos que carecen de afanes crematísticos, y a quienes, por esa solidaridad con que los jenízaros del poder se llenan los carrillos —y que no es sino el copión farisaico de la caridad— han de ayudar con iniciativas puramente cosméticas.

Supone Cristina que, con dientes fúlgidos e inmaculados, relumbrantes de marfil y de sonrisas impostadas, los menesterosos argentinos verán cómo la vida —y la masticación— se les hace más liviana. Tal vez no tengan carne que mordisquear ni manduca alguna con que rellenarse el hueco hondo de las tripas, horras ad aeternum; pero si entre la basura hedionda de un contenedor, o por sobre los mefíticos despojos que acochambran las callejas más maltrechas hallan, por algún insospechado golpe de fortuna, un mendrugo astroso y antiquísimo de pan, pétreo de jornadas ya olvidadas, verdeado por los mohos, ya no tendrán que chupetearlo por entre las encías expoliadas, calvas de marfil y merodeadas por el hambre, sino que podrán hincar los dientes a placer y sentirse, a un tiempo, guapos y renovados. Sin embargo, olvida Cristina que ese masticar no habrá de propiciarles consuelo alguno; más al contrario, cada uno de esos ávidos mordiscos se convertirá en una suerte de callada increpación, en un denuesto silencioso —y, a la par, muy elocuente— a su pizpireta presidenta, siempre enjalbegada de potingues y de cremas, coruscante siempre de diamantes y de perlas regordetas.

Gervasio López