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Sobre los ángeles de la guarda

Una de las plumas áureas de las letras francesas es sin duda Jacques-Bénigne Bossuet. En su Oración por Enriqueta logró según Chateaubriand lo inaudito: hacer llorar a la Corte. Lo cierto es que este texto fúnebre es un ejemplo ideal de la mejor oratoria.  Pero a pesar de ser la obra del último gran orador eclesiástico, a Bossuet hoy nadie lo conoce. Con todo, lo peor de su olvido no es el deleite que hasta ahora nos hemos perdido al haber dejado de leer sus obras, sino que sus magníficos sermones, donde expone la buena doctrina, no hayan estado vigentes como modelos para los discursos de los actuales pastores, tan soporíferos como intrascendentes. Por eso es de agradecer que Editorial Siruela haya publicado en español una inapreciable homilía de Bossuet sobre los ángeles de la guarda. Una joya inactual que exuda alta teología, expresada sin embargo con verbo franco y cristalino.

En algún momento de su homilía Bossuet recuerda que la existencia de los ángeles custodios está fundamentada en la Sagrada Escritura. Aunque hoy muy pocos cristianos crean en su existencia ni les importe lo más mínimo. Pero Bossuet se aferra a la Escritura para explicar lo siguiente. Que los ángeles realizan dos movimientos capitales: ascienden y descienden. Así, mientras los ángeles caídos persiguen a los fieles, los santos ángeles se afanan en socorrerlos. Estos últimos, espíritus bienaventurados, están destinados a conducirnos, a tener conversación con nosotros y a hacerse nuestros compañeros y amigos. Dar a conocer esta alianza entre ángeles santos y hombres es la finalidad de esta homilía.

Como es sabido, en un primer momento los cielos se abrieron; desde entonces los ángeles han de subir y descender, con vuelo ligero, del cielo a la tierra, de la tierra al cielo. Precisamente por esta caridad, se «mantiene una perfecta comunicación entre este lugar de peregrinación y nuestra patria celestial»[1]. De esta manera los ángeles de la guarda se convierten en los embajadores de Dios ante los hombres, y en los embajadores de los hombres ante Dios. Él nos los envía para asistirnos, y nosotros los enviamos al Padre para aplacarlo. Dicho de otro modo: «Vienen a nosotros cargados de sus dones, regresan cargados con nuestros votos; descienden para conducirnos, suben para llevar a Dios nuestros deseos y nuestras buenas obras. Tal es el empleo y el ministerio de estos bienaventurados guardianes; eso es lo que les hace subir y descender»[2].

Es interesante reparar también, como observa Bossuet, que mientras la caridad nos hace subir a nosotros, a ellos los hace bajar. Pero a efectos prácticos, no obstante, la pregunta que más nos interesa es cómo podemos devolver tanto bien, cómo compensarlos, cómo reconocer sus continuos cuidados. Ellos lo que piden a cambio, explica el gran orador francés, es «que no hayan venido en vano. Que no les deshonremos haciéndoles regresar con las manos vacías. Han venido a nosotros colmados de dones celestiales, con los que han enriquecido nuestras almas; piden como recompensa que les encomendemos nuestras oraciones y que puedan presentar a Dios algún fruto de las gracias que nos han dispensado por intermediación de ellos»[3].

Como conclusión de todo esto, Bossuet recalca que aprovechemos su amistad, que nos hagamos dignos de ella. Esta es su exhortación más importante. Pues puede ocurrir (esta idea resultará novedosa e incluso desabrida), que castiguen nuestra ingratitud y hayamos de temer su indignación y su justa cólera. Esto ocurrirá sin duda si no nos conmueven sus dones y somos insensibles a sus buenos oficios. Entonces se verán obligados a llevar nuestros crímenes ante el Altísimo, siendo como registros vivos, o diarios exactos de nuestra vida criminal. De este modo estos guardianes caritativos se convertirán en perseguidores, en fiscales, en vez de en abogados defensores. Espantosa posibilidad llena de sentido.

Y «no es que yo no admita que tienen compasión de los pecadores —dice el autor—, pero esto llega a ciertos límites, fuera de los cuales la misericordia se torna furor». Por fortuna para nosotros, comenta Bossuet al final de su magnífico sermón, «no ven un alma caída sin que piensen en levantarla»[4].

Pero pienso más en ellos que en nosotros. ¡Ardua tarea la de los pobres ángeles de la guarda, que hoy deben de estar desbordados y más afligidos que nunca!

Luis Segura

[1] p. 92.

[2] p. 93.

[3] p. 109.

[4] p. 121.




Luis Segura
Luis Segurahttp://lacuevadeloslibros.blogspot.com
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros

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