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Sermón para la fiesta de san Agustín

Parroquia de Santa María

Norwalk, Connecticut

Conservamos la fiesta de san Agustín hoy en el calendario ‘tradicional’, porque san Agustín es el santo patrón de esta diócesis y como tal, tiene precedencia sobre el domingo. Al final de la misa veneraremos la reliquia de San Agustín, que ésta traiga gracias a esta iglesia parroquial.

No creo que sea una exageración decir que, por lo menos en Occidente,  san Agustín es el teólogo más importante después de san Pablo. El papa Benedicto XVI dijo: “San Agustín define la esencia de la religión cristiana”. El vio la fe cristiana “no en la continuidad de religiones anteriores, sino en continuidad con la filosofía como victoria de la razón sobre la superstición”. El extraordinario volumen de sus escritos nos impresionó profundamente, desde sus comentarios a la Escritura a sus trabajos doctrinales, de una manera especial sus Confesiones, un trabajo de extraordinaria belleza y profundidad, que aun leído hoy tiene una real fuerza contemporánea que habla a todo el que lea su obra. Enseñé las Confesiones en un curso senior de latín en Brunswick School, una escuela laica. Los estudiantes, la mayoría de los cuales vivía de forma seglar, aun aquellos que no se consideraban católicos, estaban siempre interesados e impresionados por esa manera de dejar al descubierto el alma de este hombre. Nadie ha leído la sección sobre la muerte de santa Mónica, sin quedar profundamente conmovido.

San Agustín hizo un largo camino hacia la Iglesia católica, con muchas cosas intelectuales, lleno de angustias, una gran carga, de la que gran parte era él mismo. Y una vez que vio la verdad, se comprometió enteramente, y su vida fue exponer y vivir esa verdad. Mucha de su vida católica fue una lucha con una poderosa y seductora versión del cristianismo conocida como pelagianismo, llamada así por el monje británico, Pelagio,  quien profesó y promulgó esta versión del cristianismo, que fue condenada varias veces como herética por concilios de la Iglesia. No intento hacer una conferencia profunda sobre el pelagianismo, su complejidad y su ambigüedad. Pero por qué la batalla de la vida de san Agustín es importante, es porque la cultura en la que vivimos es una en la que el pelagianismo no solo ha triunfado, sino ha excedido o se ha extendido a lugares que aun Pelagio hubiera desautorizado.   

El eje central del pelagianismo es: el hombre puede hacer lo que es correcto por sí solo, sin la gracia de Dios, excepto en el sentido que la gracia de Dios puede darnos “chorritos” de buena energía cuando las cosas se ponen ásperas, que yo puedo ser bueno con una pequeña ayuda de mis amigos, para parafrasear a Ringo Star. No hago lo que se supone debo hacer, de acuerdo a la Ley de Moisés y las enseñanzas de Cristo, porque no me esfuerzo lo suficiente. Pero con suficiente fuerza bruta, tal vez viviendo una vida ascética en el desierto, y levantando suficientes pesas espirituales, puedo hacer lo correcto y alcanzar la salvación. Desde ese punto de vista, lo que hizo Adán en el jardín del Edén fue algo meramente personal que no tuvo efecto en su progenie o nadie más en la historia humana. Dios hizo al hombre a su semejanza y por lo tanto el hombre tiene la capacidad innata de trabajar por su salvación por sí mismo.

Agustín vio profundamente que esto es una contradicción no solo de la misma historia humana, sino más importantemente en la comprensión de san Pablo sobre el significado de la Cruz de Cristo. Su famoso pasaje: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Esa es la condición humana. Pelagio quería conservar la radical contabilidad de la persona frente a Dios y temía que si reconocía la realidad del pecado original, renunciaría a su real libertad. Fue Agustín quien vio la falsedad de la posición de Pelagio, pues si el hombre pudiera ser bueno y salvarse por sí mismo, por su propio esfuerzo, entonces la Cruz de Cristo no tendría significado.

La vida entera de Agustín fue una lucha contra este optimismo sentimental acerca de la naturaleza del hombre caído. Puede ser verdad que especialmente en sus últimos años, su visión del hombre se volvió excesivamente obscura, pero sin embargo insistió en la realidad del hombre pecador que no puede ser salvado excepto a través de la gracia de Dios como alto regalo, que la gracia de Dios viene de la Cruz y resurrección de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo al mundo. Pero el hecho es que, a pesar de ser condenado por concilios de la Iglesia nunca murió. Su comprensión seductora del hombre ha persistido a través de la historia occidental. Esto puede ser visto no solo en el super-hombre de Nietzsche o en la apoteosis de la historia de Hegel o en otros sistemas filosóficos basados en la capacidad de auto-salvación del hombre y de su inevitable auto-glorificación. Se ha visto constantemente dentro de la cristiandad: cuanta vez la fe cristiana ha sido reducida a un sistema de salvación en el que la gracia de Dios juega un papel, pero en realidad la gracia de Dios como supremo regalo, y aun Dios mismo  es reducido a una cuasi mágica comprensión  de los sacramentos que casi garantiza el éxito en la vida siguiente.     

En un sentido real, el hombre seglar es el preferido del pelagianismo. El hombre laico contemporáneo cree que con esfuerzo suficiente de su parte todos nuestros problemas pueden ser resueltos. Ahora, la palabra “problemas” es un eufemismo para algo mucho más oscuro y profundo. De acuerdo con el hombre seglar contemporáneo hay problemas. Estos problemas van desde el calentamiento global, hasta la inestabilidad del sistema financiero, de la persistencia de la violencia humana en todas sus formas a la pobreza y hambruna en un gran número de personas, desde la persistencia de las enfermedades y la constante aparición de nuevos virus como zika a la persistencia del racismo en todas sus horribles formas. Y esto por no mencionar los problemas de los tornados, terremotos, plagas, enfermedades y otros fenómenos que parecen ser poco amigables con el hombre. Pero el super- hombre pelagiano asume que aunque no hay una solución inmediata, clara y accesible a todos estos problemas, hay una solución, si solo nos aplicamos vigorosamente y unimos las manos para hacer de este mundo un lugar mejor y usar la ingenuidad innata y la buena voluntad del hombre para lograr todo esto.

Ahora, el cristianismo no niega la maravillosa capacidad del hombre para hacer grandes cosas. Pero sí niega que la meta del hombre sea el auto-cumplimiento en el sentido seglar y que el hombre sea capaz de lograr ese real cumplimiento que es necesario en referencia a Dios sin el inestimable regalo de su gracia, que es visto y experimentado en este mundo en la persona de Jesucristo y su Cruz. Es verdaderamente difícil imaginarnos a muchos de nuestros clérigos predicando específicamente esta salvación, vis a vis, en la persona de Jesucristo y su Cruz. Muchos no lo hacen porque el super-hombre pelagiano no tiene necesidad de salvación, y menos, desde su punto de vista, el absurdo de limitar esta salvación a la persona que vivió hace más de 2000 años y que fundó una religión que es una entre muchas.

Esto es lo que san Agustín vio hace tantos años y lo que está en juego. Si el hombre es capaz de lograr su salvación- un término que es negado por el hombre seglar- por su propio esfuerzo o si el hombre depende de una manera radical de la gracia de Dios, cuya fuente es el amor por nosotros, a pesar de nosotros, y cuya contradicción vemos en la Cruz de Cristo. Lo que estamos haciendo aquí hoy, en esta misa, creo que es uno de los más poderosos antídotos del super-pelagianismo del mundo seglar y al flaco pelagianismo de muchos de la Iglesia contemporánea. Porque no hemos venido aquí por una afirmación de nuestras personas. No hemos venido a recibir una dosis de Cristo que nos dé una palmada y todos felices. No hemos venido a gozar un momento en comunidad. No hemos venido a obtener liturgia alegre. Hemos venido a participar en la más profunda realidad posible de este mundo: el ofrecimiento del Hijo de Dios a su Padre en sacrificio por los pecados del mundo y la re-presentación de la Cruz de Cristo. Y en esta participatio actuosa, esta participación real del ofrecimiento de Cristo, somos tocados por la gracia, somos llenados por esa gracia dadora de vida, que sola puede salvarnos y hacernos quienes hemos sido llamados a ser: hijos e hijas de Dios, que es Amor.

Pbro. Richard Cipola

[Traducido por E. N. Artículo original.]




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