Domingo XVI después de Pentecostés
(Lc 14: 1-11)

El evangelio de hoy no pretende tanto enseñarnos cuál ha de ser nuestro comportamiento en las fiestas y banquetes sino una lección de humildad; y la prueba de ello es la moraleja final. El Señor nos anima a que busquemos los últimos puestos y los más humildes; aquellos en los que no se figura y uno no es reconocido.

Un verdadero cristiano, siguiendo las enseñanzas de Cristo, no debería buscar el destacar, sino el pasar desapercibido. En cambio tanto nuestra naturaleza como el mundo aspiran a todo lo contrario. Ya nos lo dijo S. Pablo: “No hay entre vosotros muchos sabios según el mundo, ni poderosos…”. O estas otras palabras: “Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios…”; “el que quiera ser el primero de todos que se haga el último de todos y el servidor de todos”.

Los criterios de actuación del mundo y del cristiano son totalmente opuestos. El Señor nos lo dice en multitud de ocasiones; pero nunca nos terminamos de convencer de ello. Es por ello que, en la medida que nos dejemos arrastrar por los criterios del mundo, nos alejamos de Dios.

Nos encontramos en un momento de confusión, de apostasía general y de desolación del cristiano y de la Iglesia. En estos momentos hemos de tener las ideas claras. Ideas que están expuestas y enseñadas en los evangelios. Esta situación de confusión no se va a arreglar, sino que según nos dicen las profecías de los últimos tiempos en el libro de Daniel, irá a peor: “El falso profeta tendrá un gran poder…, hará la guerra a los santos y los vencerá”. Los falsos profetas de la Iglesia actual no tienen enemigo; sólo Dios los puede contener… Algunos ingenuos buenistas ponen su esperanza en el “papa emérito”; no puede haber un “papa emérito”…

En medio de esta confusión, ¿qué pasará con nosotros? Esta confusión y oscuridad no es tal. Somos nosotros los que lo permitimos. Todo lo que está ocurriendo está en los planes de Dios y está ocurriendo para nuestro bien. Dios es el señor de la historia y nada ocurre que se escape a sus designios. Lo que está ocurriendo es providencial; en el sentido de que Dios lo permite para nuestro bien. No olvidemos estas palabras del Señor: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”; “mis palabras son espíritu y vida”; “cuando suceda todo esto, levantad vuestras cabezas, pues se acerca vuestra liberación”; “para los que aman a Dios todo lo que les ocurre es para su bien”; “no temáis, mi pequeño rebaño, vuestro Padre celestial ha reservado el reino para vosotros”.

Se nos ha hecho pensar que ser cristiano es fácil, no tiene exigencias, cuando la realidad es totalmente diferente: “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. La existencia cristiana no es como el mundo la imagina, ni como muchos de nosotros pensamos. Ahora, puede que entendamos un poco mejor el consejo de Cristo de buscar los últimos puestos. Él mismo nos lo enseñó con su propia vida; de toda su vida, sólo tres fue “pública”, el resto de sus años pasó totalmente desapercibido. Nos empeñamos en vivir nuestra propia vida, y olvidamos que para un cristiano, Cristo es su vida.

La parábola de hoy es pues una exhortación a ser humildes y buscar los últimos puestos.

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Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com