«Los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13, 43).

En este segundo domingo de Cuaresma leemos en el Evangelio el misterio de la vida de Cristo que conocemos con el nombre de la Transfiguración, ocurrido unos ocho días después de haber anunciado a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección.

En la cumbre de un monte, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso que la luz del sol: el de la gloria divina de Jesús. Los evangelistas describen la visión en términos semejantes: «se transfiguró delante de ellos: resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz» (Mt 17, 2) «Y mientras oraba, la figura de su rostro se hizo otra y su vestido se puso de una claridad deslumbradora» (Lc 9, 29). Especialmente pintoresca es la descripción de san Marcos: «Sus vestidos se pusieron resplandecientes y de tal blancura, que no hay batanero sobre esta tierra, capaz de blanquearlos así»(Mc 9, 3).

Como explica Santo Tomás, «la claridad del cuerpo de Cristo en la transfiguración emanó de su divinidad, como afirma el Damasceno, y de la gloria de su alma». El alma de Cristo, unida al Verbo, gozaba de la visión beatífica de Dios, cuyo efecto connatural es la glorificación del cuerpo. Sin embargo, para llevar a cabo la obra de la redención, impedía que la gloria que invadía su alma redundase en su cuerpo. En la transfiguración permitió que aquella gloria se manifestase en su vida corporal aunque de modo transitorio, distinto a como acontece en el cuerpo glorificado (STh III, 45, 2).

Al igual que los profetas dieron testimonio anticipado de los padecimientos de Cristo y de su glorificación posterior (1Pe 1, 11), el monte de la Transfiguración y el Calvario se complementan mostrándonos el doble misterio de Jesús que anunciaban las profecías. Aquí Jesús aparece en la gloria, con que vendrá en su triunfo; allá lo verán sumido en un mar de penas y angustias. «En la transfiguración se trataba en primer lugar de quitar de los corazones de los discípulos el escándalo de la Cruz» (S. León Magno).

Los profetas anunciaron la muerte y resurrección de Cristo «cuando vaticinaron acerca de la gracia reservada a vosotros» (1Pe 1, 10). Ahora, en la Transfiguración después de anunciar su Pasión, Jesús quiso manifestarse con la gloria que ostentará también en su segunda venida. Y el propio San Pedro, años más tarde, evocará el recuerdo de la Transfiguración al anunciar la última venida de Cristo:

«Porque no os hemos dado a conocer el poder y la Parusía de nuestro Señor Jesucristo según fábulas inventadas, sino como testigos oculares que fuimos de su majestad. Pues Él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando de la Gloria majestuosísima le fue enviada aquella voz: “Éste es mi Hijo amado en quien Yo me complazco”; Y esta voz enviada del cielo la oímos nosotros, estando con Él en el monte santo» (2Pe 1, 16-18).

La Transfiguración es revelación anticipada (sacramento, dice Santo Tomás) de la segunda regeneración, de nuestra propia resurrección en la que Dios dará a sus elegidos «la claridad de la gloria y el alivio de todo mal, designados por la nube resplandeciente» (STh III, 45, 4, 2). Y desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo.

Dos son los principales efectos de los Sacramentos (Catecismo Romano, II, 1):

  • La gracia que llamamos justificante o santificante. Conocemos por la luz de la fe que en los Sacramentos está la virtud de Dios y que obran por ella. «Los Sacramentos de la nueva ley, como salen del costado de Cristo que por el Espíritu Santo se ofreció a Dios como pura e inmaculada víctima, lavan nuestras conciencias de las obras muertas del pecado para que sirvamos a Dios vivo. De esta suerte por virtud de la sangre de Cristo causan la misma gracia que significan».

  • El otro efecto de los Sacramentos es propio solamente de tres que son el Bautismo, Confirmación y Orden, y es el carácter que imprimen en el alma. San Pablo describió claramente el carácter cuya propiedad es sellar y marcar alguna cosa: «El que nos confirma juntamente con vosotros, para Cristo, y el que nos ungió es Dios; el mismo que nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2Cor 1, 21-22).

El carácter es como una señal impresa en el alma que nunca se puede borrar, sino que perpetuamente se adhiere a ella. Su efecto es hacernos aptos para recibir o hacer alguna cosa sagrada, y distinguirnos de quienes no le tienen.

Esta doble consideración debe movernos a considerar de cuánto honor, culto y veneración son dignos estos divinos y celestiales dones. Y la segunda, pues fueron dispuestos por Dios para la salvación de todos, usemos de ellos santa y religiosamente, con vivos deseos de la perfección cristiana.

Recordemos las palabras de San Pablo: «Hermanos, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Pues Él mismo dice: Al tiempo oportuno te oí, y en el día de la salvación te di auxilio. Llegado es ahora el tiempo favorable, llegado es ahora el día de la salvación». (II Cor 6, 2). Esta Cuaresma es un tiempo de gracia y una oportunidad de conversión que Dios nos ofrece y que no sabemos si volverá a repetirse. Vivamos este santo tiempo con la preocupación seria de esforzarnos para poner el alma en camino seguro de salvación. Y para ello, nada mejor que poner en práctica la llamada de Dios Padre en el Misterio de la Transfiguración que hemos escuchado en el Evangelio: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; escuchadlo a Él» (Mt 17, 5), «Éste es mi Hijo el Elegido: escuchadle a Él» (Lc 9, 35).

Sea este el día de la salvación, el tiempo favorable en el que escuchamos la Palabra del Hijo de Dios, especialmente cuando nos nos llama al arrepentimiento y a la confesión de nuestros pecados.

«Oh Dios, que nos ves privados de toda virtud; guárdanos interior y exteriormente, para que seamos fortalecidos contra toda adversidad en el cuerpo, y limpios de malos pensamientos en el alma. Por NSJC…» [Misal Romano, ed. 1962: Colecta del II Domingo de Cuaresma].

Padre Ángel David Martín Rubio

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".