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Los pecados contra el Santísimo Sacramento y la necesidad de una cruzada de reparación eucarística

Nunca ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia una época en la que el Santísimo Sacramento haya sufrido abusos y ofensas tan pavorosos y graves como los infringidos en las últimas cinco décadas, especialmente desde la autorización oficial y la aprobación papal en 1969 de la práctica de la comunión en la mano. Estos abusos se ven agravados, además, por la práctica generalizada en muchos países, de fieles que, sin haber recibido el sacramento de la penitencia durante muchos años, reciben regularmente la Santa Comunión. El colmo de los abusos de la Santa Eucaristía se constata en la admisión a la Santa Comunión de parejas que viven en un estado público y objetivo de adulterio, violando así sus indisolubles lazos matrimoniales sacramentales válidos, como en el caso de los llamados “divorciados y vueltos a casar”. En algunas regiones, tal admisión a la comunión ha sido aprobada oficialmente con normas concretas y, en el caso de la región de Buenos Aires en Argentina, dichas normas han sido incluso ratificadas por el Papa. Además de estos abusos, también se verifica la práctica de la admisión oficial a la santa comunión a los cónyuges protestantes de matrimonios mixtos, por ejemplo, en algunas diócesis de Alemania.

Decir que el Señor no está sufriendo a causa de los ultrajes perpetrados contra Él en el Santísimo Sacramento puede conducirnos a minimizar las enormes atrocidades cometidas. Algunas personas dicen: Dios se siente ofendido por los abusos hacia el Santísimo Sacramento pero el Señor no sufre personalmente. Esta es, sin embargo, una visión teológica y espiritualmente demasiado estrecha. Aunque Cristo está ahora en su estado glorioso y, por lo tanto, ya no está sujeto a sufrimiento de manera humana, sin embargo se ve afectado y tocado en su Sagrado Corazón por los abusos y oprobios cometidos contra su Divina Majestad y contra la infinitud de su Amor en el Santísimo Sacramento. Nuestro Señor ha expresado a algunos santos sus quejas y su pesar por los sacrilegios y los ultrajes con los que los hombres lo ofenden. Uno puede comprender esta verdad a partir de las palabras que el Señor le dirige a Santa Margarita María de Alacoque, como expone el Papa Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor:

«Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que tendrían que grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidaran: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». (Parágrafo 9).

El Padre Michel de la Sainte Trinité dio una explicación teológica profunda del significado del “sufrimiento” o la “tristeza” de Dios a causa de las ofensas que cometen los pecadores contra él:

«Este “sufrimiento”, esta “tristeza” del Padre Celestial o de Jesús desde su Ascensión, deben entenderse de manera analógica. No se padecen de manera pasiva como hacemos nosotros, sino que, por el contrario, son elegidos libremente y escogidos como la máxima expresión de su misericordia hacia los pecadores llamados a la conversión. Son solo una manifestación del amor de Dios por los pecadores, un amor que es soberanamente libre y gratuito y que no es irrevocable». (Toda la verdad sobre Fátima , vol. I, pp. 1311-1312).

Este significado espiritual análogo de la “tristeza” o el “sufrimiento” de Jesús en el misterio eucarístico se confirma por las palabras del ángel en su aparición en 1916 a los niños de Fátima y especialmente por las palabras y el ejemplo de la vida de San Francisco Marto. Los niños fueron invitados por el ángel a hacer reparación por las ofensas contra Jesús Sacramentado y a consolarlo, como podemos leer en las Memorias de Sor Lucía:

«Mientras estábamos allí, el ángel se nos apareció por tercera vez, sosteniendo un cáliz en sus manos, con una hostia por encima de la cual algunas gotas de sangre caían en el vaso sagrado. Dejando el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, el ángel se postró en el suelo y repitió esta oración tres veces: “La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo…” Luego, levantándose, una vez más tomó el cáliz y la Hostia en sus manos. Me dio a comulgar la Santa Hostia y a Jacinta y Francisco les dio el contenido del cáliz para beber, diciendoles al hacerlo: “Toma y bebe el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, terriblemente ofendido por los hombres ingratos. Repara sus crímenes y consuela a tu Dios”». (Fátima en las propias palabras de Lucía. Memorias de la Hermana Lucía, Fátima 2007, p. 172)

Al informar sobre la tercera Aparición el 13 de julio de 1917, la hermana Lucía subrayó cómo Francisco percibió el misterio de Dios y la necesidad de consolarlo debido a las ofensas de los pecadores:

«Lo que provocó la mayor impresión en él [Francisco] y lo que totalmente lo absorbió, fue Dios, la Santísima Trinidad, percibido en esa luz que penetró en nuestras almas más íntimas. Después, dijo: “¡Estábamos en llamas en esa luz que es Dios y sin embargo no nos quemamos! ¿Qué es Dios?… Nunca podríamos manifestarlo con palabras. ¡Sí, eso es algo que nunca podríamos expresar! ¡Pero qué lástima que esté tan triste! ¡Ojalá pudiera consolarlo!”» (Memorias de la hermana Lucía,  p. 147).

La hermana Lucía escribió cómo Francisco percibió la necesidad de consolar a Dios, a quien entendía que estaba “triste” debido a los pecados de los hombres:

Un día le pregunté: «Francisco, ¿qué te gusta más: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan más almas al infierno?” “Prefiero consolar a Nuestro Señor. ¿No os disteis cuenta de lo triste que estaba la Virgen el mes pasado, cuando dijo que la gente no debía ofender ya más a Nuestro Señor porque ya está muy ofendido? Me gustaría consolar a Nuestro Señor y, después de eso, convertir a los pecadores para que no lo ofendan más». (Memorias de la hermana Lucía,  p. 156)

En sus oraciones y en la ofrenda de sus sufrimientos, San Francisco Marto dio prioridad a la intención de “consolar al Jesús Oculto”, es decir, al Señor Eucaristía. La hermana Lucía relató estas palabras de Francisco, que él le dijo: «Cuando salgas de la escuela, vete y quédate un rato cerca del Jesús Oculto y después vuelves a casa solo”. Cuando Lucía le preguntó a Francisco sobre sus sufrimientos, respondió: “Estoy sufriendo para consolar a Nuestro Señor. Primero lo hago para consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, y luego, por los pecadores y por el Santo Padre…  Más que nada, quiero consolarlo”». (Memorias de la hermana Lucía,  p. 157; 163)

Jesucristo continúa de manera misteriosa su Pasión en Getsemaní a lo largo de los siglos en el misterio de su Iglesia y también en el misterio eucarístico, el misterio de su inmenso Amor. Conocida es la expresión de Blaise Pascal: «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No debemos dormir durante ese tiempo». (Pensées, n. 553) El cardenal Karol Wojtyla nos dejó una profunda reflexión sobre el misterio de los sufrimientos de Cristo en Getsemaní, que en cierto sentido continúan en la vida de la Iglesia. El cardenal Wojtyla habló también sobre el deber de la Iglesia de consolar a Cristo:

«Y ahora la Iglesia busca recuperar esa hora en Getsemaní —la hora perdida por Pedro, Santiago y Juan— para compensar la falta de compañía del Maestro que aumentó el sufrimiento de su alma. El deseo de recuperar esa hora se ha convertido en una verdadera necesidad de muchos corazones, especialmente para aquellos que viven tan plenamente como pueden el misterio del Corazón Divino. El Señor Jesús nos permite encontrarnos con Él en esa hora y nos invita a compartir la oración de su Corazón.  Frente a todas las pruebas que el hombre y la Iglesia tienen que sufrir, hay una necesidad constante de regresar a Getsemaní y emprender esa participación en la oración de Cristo Nuestro Señor». (Signo de contradicción, capítulo 17, “La oración en Getsemaní”)

Jesucristo en el misterio eucarístico no es indiferente e insensible hacia el comportamiento que los hombres muestran hacia Él en este sacramento del amor. Cristo está presente en este sacramento también con su alma, que está hipostáticamente unida a su Persona Divina. El teólogo romano Antonio Piolanti presentó una sólida explicación teológica al respecto. Aunque el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía no pudiera ver ni sentir sensiblemente lo que sucede o lo que se dice en el lugar de su presencia sacramental, Cristo en la Eucaristía «escucha todo y ve con conocimiento superior». Piolanti cita entonces al cardenal Franzelin:

«La bendita humanidad de Cristo ve todas las cosas en sí mismas en virtud del infinito conocimiento infuso del Redentor de la humanidad, del Juez de los vivos y de los muertos, del Primogénito de toda criatura, del centro de toda historia celestial y terrenal. Todos estos tesoros de la visión beatífica y del conocimiento infuso están ciertamente en el Alma de Cristo, en la misma medida en que están presentes en la Eucaristía. Además de estas razones, por otro título especial, precisamente como el alma de Cristo está formalmente en la Eucaristía, por el mismo propósito de la institución del misterio, ve todos los corazones de los hombres, todos los pensamientos y afectos, todas las virtudes y todos los pecados, todas las necesidades de toda la Iglesia y de sus miembros individuales; las obras, las ansiedades, las persecuciones, los triunfos— en una palabra, toda la vida interna y externa de la Iglesia, su Esposa, alimentada con su carne y su preciosa Sangre. Así que por un título triple (si podemos decirlo) Cristo en el Santísimo Sacramento ve y de cierta manera divina percibe todos los pensamientos y afectos, la adoración, los homenajes y también los insultos y pecados de todos los hombres en general, de todos sus fieles específicamente y de sus sacerdotes en particular; Percibe homenajes y pecados que se refieren directamente a este inefable misterio de amor». (De  Eucharistia, pp. 199-200,  citado  en  Il  Mistero  Eucaristico,  Firenze  1953, pp. 225-226)

Uno de los apóstoles más grandes de la Eucaristía de los tiempos modernos, San Pedro Julián Eymard, nos dejó las siguientes reflexiones profundas sobre los afectos del amor sacrificial de Cristo en la Eucaristía:

«Al instituir su sacramento, Jesús perpetuó los sacrificios de Su Pasión… Estaba familiarizado con todos los nuevos Judas; los contó entre los suyos, entre sus hijos amados. Pero nada de todo esto podría detenerlo. Quería que su amor fuera más allá de la ingratitud y la malicia del hombre; quería sobrevivir a la malicia sacrílega del hombre. Sabía de antemano la tibieza de sus seguidores: conocía la mía; Él sabía qué poco fruto obtendríamos de la Sagrada Comunión. Pero Él quería amar de la misma manera, amar más de lo que era amado, más de lo que el hombre podría devolverle. ¿Hay algo más? Pero ¿no es nada haber adoptado este estado de muerte cuando tiene la plenitud de la vida, una vida glorificada y sobrenatural? ¿No es nada para ser tratado y considerado como un muerto? En este estado de muerte Jesús no tiene belleza, movimiento ni defensa; está envuelto en las Especies Sagradas como en un sudario y puesto en el tabernáculo como en una tumba. Sin embargo, está allí; Lo ve todo y lo oye todo. Se somete a todo como si estuviera muerto. Su amor proyecta un velo sobre su poder, sobre su gloria, sobre sus manos, sobre sus pies, sobre su hermoso rostro y sobre sus labios sagrados; lo ha escondido todo. Sólo nos ha dejado su Corazón para amarnos y su condición de víctima para interceder por nosotros». (La Presencia Real: ¡El Santísimo Sacramento no es Amado!, III)

San Pedro Julián Eymard escribió la siguiente profesión conmovedora y casi mística del amor eucarístico de Cristo, con un ardiente llamamiento a la reparación eucarística:

«El Corazón que soportó los sufrimientos con tanto amor está aquí en el Santísimo Sacramento; no está muerto, sino vivo y activo; no es insensible, sino aun más cariñoso. Jesús ya no puede sufrir: es verdad; pero, ¡ay!, el hombre todavía puede hacerse culpable hacia Él de ingratitudes monstruosas. Vemos a los cristianos que desprecian a Jesús en el Santísimo Sacramento y muestran desprecio por el Corazón que tanto los ha amado y que se consume de amor por ellos. Para despreciarlo alegremente, se aprovechan del velo que lo esconde. Lo insultan con sus irreverencias, sus pensamientos pecaminosos y sus miradas criminales en su presencia. Para expresar su desdén por Él, se aprovechan de su paciencia, de la bondad que sufre todo en silencio como lo hizo con el soldado impío de Caifás, Herodes y Pilatos. Blasfeman sacrílegamente contra el Dios de la Eucaristía. Saben que su amor lo deja sin palabras. Lo crucifican incluso en sus almas culpables. Ellos lo reciben. Se atreven a tomar este corazón vivo y atarlo a un cadáver asqueroso. ¡Se atreven a entregárselo al diablo que es su señor! ¡No! ¡Ni siquiera en los días de su Pasión Jesús ha recibido tantas humillaciones como en su Santísimo Sacramento! La Tierra para Él es un Calvario de ignominias. En su agonía buscó a alguien que lo consolara; en la Cruz pidió que alguien compartiera sus aflicciones. Hoy, más que nunca, debemos expiar y reparar el honor al adorable Corazón de Jesús. Prodiguemos nuestra adoración y nuestro amor a la Eucaristía. ¡Al Corazón de Jesús que vive en el Santísimo Sacramento sea el honor, la alabanza, la adoración y el poder real para siempre y para siempre!» (La Presencia Real. El Sagrado Corazón de Jesús, III).

En su última encíclica Ecclesia de Eucharistia, el Papa Juan Pablo II nos dejó reflexiones luminosas con las que subrayó la extraordinaria santidad del misterio eucarístico y el deber de los fieles de tratar este sacramento con la máxima reverencia y amor ardiente. De todas sus exhortaciones, destaca esta declaración: «No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque “en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación”» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 83, a. 4c).” (n. 61).

Sería una medida pastoralmente urgente y espiritualmente fructífera para la Iglesia, establecer en todas las diócesis del mundo un “Día de Reparación por los crímenes contra la Santísima Eucaristía”. Tal día podría ser el día de octava de la fiesta del Corpus Christi. El Espíritu Santo dará gracias especiales de renovación a la Iglesia en nuestros días en que, y sólo cuando, el Cuerpo Eucarístico de Cristo sea adorado con todos los honores divinos; sea amado; sea cuidadosamente tratado y defendido como realmente el Santísimo de los Santos. Santo Tomás de Aquino dice en el himno Sacris sollemniis: “Oh Señor, visítanos en la medida en que te veneremos en este sacramento”(sic nos Tu visita, sicut Te colimus). Y podemos decir sin lugar a dudas: Oh Señor, visitarás tu Iglesia en nuestros días en la medida en que la práctica moderna de Comunión en la mano retroceda y en la medida en que te ofrezcamos actos de reparación y amor.

En la actual llamada “Emergencia pandémica COVID-19″, los horribles abusos al Santísimo Sacramento han aumentado aún más. Muchas diócesis de todo el mundo han ordenado la comunión en la mano y en esos lugares, el clero, de una manera a menudo humillante, niega a los fieles la posibilidad de recibir al Señor arrodillado y en la lengua, demostrando así un clericalismo deplorable y exhibiendo el comportamiento de neopelagianos rígidos. Además, en algunos lugares, el adorable Cuerpo Eucarístico de Cristo es distribuido por el clero y recibido por los fieles con guantes domésticos o desechables. El tratamiento del Santísimo Sacramento con guantes adecuados para el tratamiento de la basura es un abuso eucarístico indescriptible.

En vista de los horribles maltratos a Nuestro Señor Eucaristía – que es continuamente pisoteado a causa de la comunión en la mano, durante la cual casi siempre caen en el suelo pequeños fragmentos de la Santa Hostia; que es tratado de manera minimalista, privado de lo sagrado, manipulado como si fuera una galleta, o tratado como basura por el uso de guantes domésticos – ningún obispo verdaderamente católico, ningún sacerdote ni ningún fiel laico puede permanecer indiferente y simplemente quedarse de pie y mirar.

Hay que iniciar una cruzada mundial de reparación y consuelo al Señor Eucaristía. Como una medida concreta para ofrecer al Señor Eucaristía, que necesita urgentemente actos de reparación y consuelo, cada católico podría prometer ofrecer mensualmente al menos una hora completa de adoración eucarística, ya sea antes del Santísimo Sacramento en el sagrario o antes del Santísimo Sacramento expuesto en el custodia. La Sagrada Escritura dice: “Donde abundan los pecados, abundó más la gracia” (Rm. 5:20) y podemos añadir de forma análoga: “Donde abundan los abusos eucarísticos, abundarán más los actos de reparación.”

El día en que, en todas las iglesias del mundo católico, los fieles reciban al Santísimo Sacramento, velado bajo la especie de la pequeña Hostia Sagrada, con verdadera fe y corazón puro, en el gesto bíblico de adoración (proskynesis), es decir, arrodillado y con la actitud de un niño, abriendo la boca y dejándose alimentar por Cristo mismo con espíritu de humildad, entonces sin duda llegará la verdadera primavera espiritual. La Iglesia crecerá en la pureza de la Fe Católica, en el celo misionero por la salvación de las almas y en la santidad del clero y de los fieles. De hecho, el Señor visitará su Iglesia con sus gracias en la medida en que lo veneremos en su inefable sacramento del amor (sic nos Tu visita, sicut Te colimus).

Dios conceda que a través de la cruzada eucarística de reparación, pueda aumentar el número de adoradores, amantes, defensores y reparadores del Señor Eucaristía. Que los dos pequeños apóstoles eucarísticos de nuestro tiempo, San Francisco Marto y el pronto beato Carlo Acutis (beatificación el 10 de octubre de 2020) y todos los santos eucarísticos, sean los protectores de esta cruzada eucarística. Porque, como nos recuerda san Pedro Julián Eymard, la verdad irrevocable es la siguiente: “Una época prospera o decae en proporción a su devoción a la Eucaristía. Esta es la medida de su vida espiritual, fe, caridad y virtud.”

+ Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astaná

Oración de la Cruzada de Reparación al Corazón Eucarístico de Jesús

Dios mío, yo creo, adoro, confío, y te amo! Pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no confían y no te aman. (tres veces)

Oh Divino Corazón Eucarístico de Jesús, aquí nos tienes, postrados con un corazón contrito y adorador ante la majestad de tu amor redentor en el Santísimo Sacramento. Declaramos nuestra disposición a reparar por expiación voluntaria, no sólo por nuestras propias ofensas personales, sino en particular por los indescriptibles ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que eres ofendido en el Santísimo Sacramento de tu Amor Divino en este nuestro tiempo, especialmente a través de la práctica de la comunión en la mano y por la recepción de la Santa Comunión en un estado de incredulidad y pecado mortal.

Cuanto más ataque la incredulidad vuestra Divinidad y vuestra presencia real en la Eucaristía, más creemos en Vos y os adoramos, ¡oh Corazón Eucarístico de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la Divinidad!

Cuanto más se desprecien vuestros sacramentos, más firmemente creeremos en ellos y más reverentemente queremos recibirlos, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, fuente de vida y santidad!

Cuanto más se denigre y se blasfeme contra vuestro Santísimo Sacramento, más proclamaremos solemnemente: “Dios mío, yo creo, adoro, confío y te amo! Pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no confían y no te aman” ¡Oh  Corazón eucarístico de Jesús, más digno eres de toda alabanza!

Cuanto más abandonado y olvidado estés en vuestras iglesias, más queremos visitaros a Vos que moráis entre nosotros en los sagrarios de nuestras iglesias, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, Casa de Dios y Puerta del Cielo!

Cuanto más se prive de su carácter sagrado a la celebración del sacrificio eucarístico, más queremos apoyar una celebración reverente de la Santa Misa, orientada exterior e interiormente hacia Vos, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, Tabernáculo del Altísimo!

Cuanto más os reciban en las manos quienes comulgan de pie, faltos de un signo visible de humildad y adoración, más queremos recibiros arrodillados y en la boca, con la humildad del publicano y la sencillez de un niño, ¡oh Corazón Eucarístico de Jesús, de infinita majestad!

Cuanto más os reciben en la Santa Comunión los corazones impuros en estado de pecado mortal, más queremos hacer nosotros actos de contrición y limpiar nuestro corazón con una frecuente recepción del Sacramento de la Penitencia, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, nuestra Paz y Reconciliación!

Cuanto más obra el infierno para la perdición de las almas, más puede arder nuestro celo por su salvación por el fuego de vuestro amor, ¡oh Corazón Eucarístico de Jesús, salvación de los que esperan en Vos!

Cuanto más se declara la diversidad de religiones como la voluntad positiva de Dios y como un derecho basado en la naturaleza humana; y cuanto más crece el relativismo doctrinal, más confesamos vivamente que Vos sois el único Salvador de la humanidad y el único camino a Dios Padre, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, Rey y centro de todos los corazones!

Cuanto más sigan sin arrepentirse algunas autoridades de la Iglesia de la exhibición de ídolos paganos en las iglesias, e incluso en Roma, tanto más confesaremos la verdad: “¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Co. 6:16); y tanto más condenaremos con Vos “la abominación de la desolación, de pie en el lugar santo” (Mateo 24:15), ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, santo Templo de Dios!

¡Cuanto más se olviden y transgredan vuestros santos mandamientos, más queremos observarlos con la ayuda de vuestra gracia, ¡oh corazón eucarístico de Jesús, abismo de todas las virtudes!

Cuanto más reinen la sensualidad, el egoísmo y el orgullo entre los hombres, más queremos dedicaros nuestra vida con espíritu de sacrificio y abnegación, ¡Oh Corazón eucarístico de Jesús, abrumado por reproches!

Cuanto más violentamente las puertas del infierno asalten vuestra Iglesia y la roca de Pedro en Roma, más creemos en la indestructibilidad de vuestra Iglesia, ¡oh Corazón Eucarístico de Jesús, fuente de todo consuelo, que no abandona su iglesia ni a la roca de Pedro ni siquiera en las tormentas más pesadas!

Cuantas más personas se separen entre sí en el odio, la violencia y el egoísmo, más íntimamente nosotros, como miembros de la única familia de Dios en la Iglesia, queremos amarnos unos a otros en Vos, ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, lleno de bondad y amor!

Oh Divino Corazón Eucarístico de Jesús, concédenos tu gracia, para que seamos fieles y humildes adoradores, amantes, defensores y reparadores de tu Corazón Eucarístico en esta vida y lleguemos a recibir las glorias de tu amor en la visión beatífica para toda la eternidad! Amén.

Dios mío, yo creo, adoro, confío, y te amo! Pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no confían y no te aman. (tres veces)

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, ora por nosotros!

Santo Tomás de Aquino, San Pedro Julián Eymard, San Francisco Marto, San Pío de Pietrelcina y todos los santos eucarísticos, orad por nosotros!

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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