Los sesenta años del Concilio (padre Gleize)

“Hermanos y hermanas, volvamos al Concilio que ha redescubierto el río vivo de la Tradición sin estancarse en las tradiciones”.

Tal es probablemente una de las frases clave de la Homilía pronunciada el martes 11 de Octubre de 2022, en la basílica de San Pedro del Vaticano, por el papa Francisco, con la ocasión del sexagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II [1]. ¿Qué es lo que el buen Pueblo de Dios ha podido extraer de esta reflexión? Con mucha probabilidad dos palabras: “río vivo y estancarse”. Son, en efecto dos expresiones que impactan en los espíritus porque ellas interpelan a la imaginación. Y aquí tenemos una muestra particularmente representativa- ¡Una de tantas!- de ese modo asombroso al que el Papa nos tiene acostumbrados y que no para de desconcertarnos.

2. En efecto, es reseñable que el pensamiento del Papa Francisco camina siempre, más o menos, a través de las metáforas, es decir, a través de imágenes que interpelan sobre todo a la imaginación. Ciertamente, el uso de estas figuras es benéfico e incluso necesario [2], pues es conforme a la naturaleza del hombre la de elevarse hasta ideas inteligibles a partir de las realidades sensibles y concretas. El ejemplo ilustrado que es la metáfora representa entonces una herramienta preciosa, gracias a la cual el espíritu de los lectores o de los oyentes puede acceder a la comprensión de las definiciones y distinciones. Pero aún es preciso que estas últimas se hallen presentes en el curso de lo expuesto que se apoya sobre la expresión metafórica. Esta última interviene solo a veces antes de que sea dada la definición, y para preparar al espíritu para comprenderla, a veces después de que se haya enunciado la definición para confirmarla. En ambos casos, para preparar y para confirmar, la imagen juega el papel de un ejemplo o de una ilustración. Pero es obvio que la ilustración supone la idea abstracta que se quiere ilustrar y que el ejemplo supone la noción general que se quiere concretar.

3. Sin embargo, estamos obligados a constatar que el discurso pontificio presente se contenta demasiado a menudo con el recurso a fórmulas, sin ninguna duda seductoras a fuerza de originalidad, pero que se quedan en el plano de la metáfora. Allí donde se esperaría una explicación o una prueba, un argumento supuesto para explicar, a los ojos de la razón, la afirmación susodicha, no se encuentra más justificación que la de una imagen y ésta decepciona demasiado la espera del oyente como para no parecer más que una pirueta.

4. Por ejemplo, en el Discurso que pronunció con motivo del encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, el 11 de Octubre de 2017, el Papa comienza por afirmar que la Tradición es “una realidad viviente” y que “sólo una visión parcial puede considerar al depósito de la fe como algo estático”. La idea está presente y ella misma es repetida no sólo hasta la saciedad, sino incluso podríamos decir usque ad nauseam: “La palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva, que progresa y crece hacia un cumplimiento que los hombres no pueden entrever”. Y todavía: “Esta ley del progreso pertenece a la condición particular de la verdad revelada tal como está transmitida por la Iglesia”. Al mismo tiempo, el Papa afirma que esta ley del progreso “no significa en absoluto un cambio de doctrina”. ¿Cómo va a explicar el vínculo que debería explicar ambas afirmaciones: idea de un dinamismo e idea de ausencia de cambio? En lugar de dar una explicación digna de ese nombre, el oyente se debe contentar con una metáfora: “La Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina, como si se tratase de una vieja colcha de la que es preciso alejar a los parásitos”.

5. Otro ejemplo interesante de este rumbo nos lo proporciona el “Documento de trabajo para la etapa continental”, publicado el último mes de Octubre por la Secretaría General del Sínodo, en el Vaticano. Titulado “Amplia la anchura de tu tienda” en referencia al versículo de Isaías LIV,2, este texto conduce a la siguiente reflexión en su párrafo 99: “El Pueblo de Dios expresa el deseo de ser menos una Iglesia de mantenimiento y conservación y más de ser una Iglesia que parte en misión”. Las palabras que aparecen aquí: “mantenimiento”, “conservación”, “partir”, hablan a la imaginación. Desembocan ciertamente en la idea de una oposición que va a atrapar a la inteligencia: oposición que tiene lugar entre una actitud negativa, que corresponde a la crispación de los que querrían mantener y conservar todo a lo que están atados, y de otra parte, la actitud positiva de una apertura y de un progreso. Sin embargo, la inteligencia de esta oposición no proviene -al menos directamente- de un atento examen de la realidad: la inteligencia del feligrés está más bien motivada por las imágenes que se esconden tras las palabras y de las que se convierten en inseparables, por haber estado ya asociadas en el marco de un consenso mediático. Y la imagen determina ella misma el afecto, la emoción, positiva o negativa.

6. Tal tipo de discurso está construido primero y antes que nada, no sobre proposiciones inteligibles, es decir, afirmaciones o negaciones, las cuales se apoyan sobre definiciones o distinciones. El discurso al que recurre el papa Francisco, como la mayoría de los que intervienen en el campo mediático de hoy, está construido, preferentemente, sobre palabras, que se comportan como desencadenantes de reacciones emocionales, y que comunican ideas ya preestablecidas, pues están ya imbuidas por reflejos afectivos. “Las ideas”, escribió en ese sentido un observador de la época contemporánea, “son también afectos. En particular, la aceptación del cambio y la fe en el futuro son unas disposiciones de sentimiento a la par que de pensamiento” [3]. También decir que cada vez que leemos la prosa del papa Francisco, no es preciso buscar afirmaciones nítidas, llenas de razonamiento -lo que sí se podía hacer con su predecesor-. El discurso debe, sin embargo, entenderse en el plano que es el suyo, y que es, lo más a menudo, el plano de la retórica. En este plano, son las palabras cargadas de imágenes y de emociones que representan la parte principal del lenguaje. Estamos lejos del Discurso del 22 de Diciembre de 2005. Sin reconocerle una confianza que no merece por su carácter evolucionista, sí que es preciso reconocer que el pensamiento de Benedicto XVI se despliega sobre la base de un utillaje conceptual al que cada vez es más ajeno el de Francisco. Por una parte, en el caso del anciano profesor de teología dogmática, teníamos un discurso cuyos elementos de base son unas proposiciones, con las cuales se expresan juicios, afirmativos o negativos. Por la otra, nos encontramos, sin embargo, con el soberano pontífice de la actualidad, con un discurso desconcertante donde los elementos de base son palabras sacadas de un molde, que se dirigen a la inteligencia mediante afectos emocionales.

7. En la Homilía ya citada del 11 de Octubre pasado, el Papa dice aún: “Volvamos al Concilio para salir de nosotros mismos y sobrepasar la tentación de la autorreferencia, que es una forma de ser mundana”. Nunca el Papa nos explica, con toda la precisión necesaria y suficiente, en qué consiste esta “autorreferencia”, tampoco por lo que entiende por “una Iglesia de mantenimiento y conservación”. La imagen eventual de la naftalina y de la vieja colcha no dice nada más que las palabras antes citadas. La oración final que el Papa dirige a Dios al término de esta Homilía se inscribe en el mismo registro: Te damos gracias, Señor, por el don del Concilio. Tú que nos amas, líbranos de la autoexclusión de la unidad. Tú que nos pagas con ternura, haznos salir del encierro de autorreferencialidad. Tú, que quieres que seamos un grupo unido, líbranos del artificio diabólico de las polarizaciones, de los “ismos””. Más allá de la liberación que es aparentemente el objeto de la petición, son sobre todo las palabras coloridas las que hablan, para suscitar una reacción de rechazo.

8. Se nos puede objetar que se trata precisamente de una Homilía o un sermón, y que el propósito es el de recurrir a un lenguaje pastoral en este tipo de alocuciones, muy diferente al de las Encíclicas o Constituciones apostólicas. A eso, responderemos que precisamente este tipo de alocuciones es el que se dirige al conocimiento de la mayoría. La enseñanza de un Papa tocará y convencerá más fácilmente a los fieles católicos por medio de una homilía o de un sermón, de dimensiones relativamente breves, y fácil de comprender, que por un documento de una importancia –y de una dificultad- mayor. La mayoría de los católicos no habrá leído íntegramente las cinco grandes Encíclicas del Papa actual o no sabrán de ellas más que por la repercusión muy resumida –con cierta simplicidad- que hacen los medios de comunicación, a la cabeza de los que estaría la Sala de Prensa del Vaticano. Por el contrario, todos han retenido las expresiones prolijamente ilustradas con las que Francisco siembra sin descanso los discursos de orden más pastoral. Y por otra parte, cuando se examina con cierta profundidad las tres principales Encíclicas del Papa Francisco, Evangelii gaudium del 24 de Noviembre de 2013, Laudato si del 24 de Mayo de 2015 y Fratelli tutti del 3 de Octubre de 2020, se da uno cuenta que la misma lógica de fondo descrita anteriormente se encuentra en la obra. Ciertamente, sí, encontramos propósitos que, por permanecer normalmente dentro del orden pastoral, se presentan bajo una forma relativamente más elaborada. ¿Pero cuáles son los elementos de esta elaboración? Son las consignas del Concilio, el recuerdo incesante de la necesidad de poner verdaderamente en marcha el aggiornamento  decidido por Juan XXIII y demasiado poco realizado hasta aquí. Y para convencernos, en lugar de basarse en las fuentes de la Revelación, Francisco se contenta con repetirnos la mala canción del Vaticano II. Y cuando avanza un razonamiento o una conclusión, ésta se apoya inevitablemente sobre una expresión ilustrada y metafórica.

9. Así, en Evangelii gaudium, en el número 95, el Papa denuncia la mundanidad de los que querrían “dominar el espacio de la Iglesia”, espíritu de dominación que se expresa en un “cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina o del prestigio de la Iglesia”, sin que se logre “la real inserción del Evangelio en el Pueblo de Dios”. De este pasaje ¿Qué retendrá el católico de a pie? Que la ostentación de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia corresponde a una actitud mundana. Y el término medio (o la prueba lógica) que autoriza esta conclusión es que esta actitud equivale a “dominar el espacio de la Iglesia”. La expresión es impactante y se va a imponer a los espíritus mediante una imagen cargada de emoción: “¡Dominar el espacio!”. Habría que añadir: “dominar el espacio vital del Pueblo de Dios” y, haciendo así, no estaríamos muy alejados del verdadero pensamiento del Papa. Éste continúa, por otra parte, describiendo este espíritu multiplicando las metáforas. Es así que en el número 96, estigmatiza “la vana gloria de los que se contentan con tener algún poder y que prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que continúa combatiendo”. Y para terminar, el remedio que se impone para curarse de este espíritu de dominación está dado por una expresión ilustrada: “Esta mundanidad asfixiante se cura saboreando el aire puro del Espíritu Santo, que nos libra de permanecer centrados en nosotros mismos, escondidos tras una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!”.

10. En resumen, puede uno preguntarse sobre el objetivo, o al menos el sentido, de esta manera nueva de expresarse tan propia del Papa Francisco. Su discurso habitual, da en efecto la impresión que no se trata para él de decir algo sino de hacer reaccionar, de crear una dinámica, apelando a los afectos de los oyentes. Sesenta años desde el inicio del concilio Vaticano II, no es el momento de adaptar la presentación de la doctrina para hacerla accesible a la mentalidad del hombre moderno, como lo declaró Juan XXIII en su Discurso de inauguración. Más bien parece que ha llegado la hora, como afirma el “Documento de trabajo” citado en su número 102, de emprender un “camino de conversión y de reforma”. Se trata, a partir de ahora, de “caminar juntos en tanto que pueblo de Dios” (número 100) y esto exige que el Pueblo de Dios reconozca “la necesidad de una conversión continua, individual y comunitaria”. Asunto importante y decisivo, siempre en el mismo sitio, el Documento añade que “sobre el plano institucional y pastoral, esta conversión se traduce en una reforma también continua de la Iglesia, de sus estructuras y de su estilo, sobre la base de la voluntad de un aggiornamento permanente, preciosa herencia del Concilio Vaticano II hacia el que somos llamados a volvernos con ocasión de su sexagésimo aniversario”.

11.  ¿Es preciso poner en evidencia la intención fundamental de todas las declaraciones del Papa, intención que conduce a recurrir a este nuevo estilo de discurso? Tal es la cuestión que conviene ahora abordar.

Padre Jean-Michel Gleize

Traducido por Duque de las Llaves

Fuente: Courrier de Rome N° 660 JANVIER 2023


[1] La homilía fue pronunciada durante la misa memorial del “santo” Juan XXIII, canonizado por Francisco, al mismo tiempo que Juan Pablo II. A este respecto, ver el número de Enero de 2014 del Correo de Roma.

[2] Santo Tomás lo explica en la Summe théologique, 1ª part, cuestión 1, artículo 9.

[3] Paul Bénichou. Le Temps des prophètes. Documents de l´age romantique. Paris Gallimard 1977, p 117. Paul-Isaac Bénichou (1906-2001) es un universitario francés de origen judío, especialista en historia de la literatura. Profesor en el Liceo Condorcet hasta 1958 y adjunto investigador del CNRS. Conoció la consagración académica en los Estados Unidos, convirtiéndose de 1959 a 1979 en profesor titular de literatura francesa en la universidad de Harvard a razón de un semestre por año; en el seno del departamento de Lenguas y literaturas románicas, enseña literatura francesa clásica, así como poesía española.

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