ADELANTE LA FE

María Inmaculada

La Inmaculada Concepción de nuestra Madre la Virgen María, es una verdad revelada: que Ella fue concebida en el seno de su madre, sin mancha de pecado original.

I. Pecado original

Para poder precisar el alcance de este singular privilegio de la Virgen, hemos de recordar lo que la Iglesia nos enseña sobre el pecado original, modo de transmisión y sus consecuencias en el hombre.

El libro sagrado declara por boca de Eva, el diálogo entre la primera mujer y la serpiente, a quien Eva le revela que Dios es espléndido con ellos, solamente les ha prohibido, que entre los atractivos frutales del paraíso, no comieran del fruto del árbol en medio del jardín: No coman de él, ni siquiera lo toquen, porque si lo hacen morirán.

La astuta serpiente y presenta a Eva un argumento sutil: «De ninguna manera moriréis; pues bien sabe Dios que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal».[1]

Ha tocado la ambición humana, los primeros padres tiene condiciones más que prodigiosas, pero aún anhela mayor perfección: ser como Dios.

La vanidad les hace olvidar la prohibición de Yahvé y le desobedecen. Dios los castiga arrojándolos del paraíso y anunciándoles una serie de sufrimientos y pesares.

Venció la serpiente. En adelante será la reina de la humanidad: todas las personas que nazcan hasta el fin de los siglos llevarán su sello infernal, como lo llevan los animales señalados a fuego para que se conozca su dueño.

Venció la serpiente en el primer combate, dejando a la humanidad víctima del pecado original con tristes consecuencias, pero mientras la serpiente se alegra de su triunfo, y los primeros padres salen humillados del paraíso, resuena la promesa: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar».

Satanás se siente vencido, ahora con el aviso de Yahvé; luego con la realidad de la Mujer.

II. Inmaculada

El pecado original es el pecado de infidelidad y desobediencia a Dios, cuyas consecuencias hemos heredado, todos nacemos en ese estado y el sacramento del Bautismo es el medio por el cual somos liberados de él.

María Santísima nunca vivió en ese estado, fue exceptuada de él por un designio… por un decreto eterno de Dios y según este eterno decreto el que había nacido desde toda la eternidad, nació en el tiempo para salvarnos y la redención de María fue entonces resuelta de esta manera especial que llamamos Inmaculada Concepción (Ella fue redimida en previsión de los méritos de su Divino Hijo).

Ahora bien, si el pecado original se transmite por generación natural de padres a hijos entre los descendientes del primer hombre que libremente perdió la gracia, y hallándose María Santísima entre los descendientes de este hombre; y siendo concebida como todos por vía natural de acto conyugal entre sus padres, cabe preguntar si también Ella incurrió en el pecado común, si también Ella estuvo privada de la gracia santificante en el momento de la Concepción y con las mismas y desastrosas consecuencias que para los demás hombres. La fe nos responde que no.

Como explica el arzobispo Fulton J. Sheen:

El vocablo «inmaculada» no deriva del «nacimiento habido de la Virgen», sino de dos palabras latinas que significan «no manchada». «Concepción» quiere decir que en el momento en que fue concebida en el seno de su madre, nuestra Bendita Madre fue preservada del pecado original en virtud de los méritos de la redención de su Hijo.[2]

La razón teológica es que repugna que la Madre de Cristo, vencedora de Satanás y del pecado, haya sido sujeta al uno y al otro, ni siquiera por un instante.

En efecto: «Si Dios escogió a María por Madre desde la eternidad, convenla a su divina grandeza que fuese preservada del pecado que condenaba a muerte a toda la raza de Adán. Repugna a la razón y a la bondad divina, que el Hijo de Dios que venía a destruir el pecado, hubiera querido revestirse de una carne manchada en su origen. La pureza y la santidad por excelencia no podían habitar ni un solo instante en un tabernáculo en que el pecado hubiese dejado sus inmundas huellas y donde Satanás hubiere tenido su asiento y ejercido su imperio».[3]

El Papa Pío IX explicó la íntima e indisoluble unión de María con Nuestro Señor Jesucristo en su triunfo redentor sobre Satán, profetizado en el Protoevangelio,[4] en la Carta Apostólica que infaliblemente definió la Inmaculada Concepción:

«Por esta divina profecía, el misericordioso Redentor de la humanidad, Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, fue claramente preanunciado; que Su beatísima Madre, la Virgen María, fue proféticamente indicada; y, al mismo tiempo, la misma enemistad de ambos contra el Malo fue significativamente expresada. De ahí que, tal como Cristo es Mediador entre Dios y hombre, asumió forma humana, borró lo escrito en el decreto existente contra nosotros, lo clavó triunfalmente en la Cruz, para que la Santísima Virgen, unida a Él en el más íntimo e indisoluble vínculo, fuera, con Él y por Él, eternamente enemistada con la maligna Serpiente, y más completamente triunfara sobre ella…».[5]

«Dios no ha hecho ni formado nunca más que una sola enemistad, mas ésta irreconciliable, que durará y aumentará incluso hasta el fin, y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer, de suerte que el más terrible de los enemigos que Dios ha creado contra el demonio es María».[6]

Si a todos nos ha vencido Satanás, porque por el pecado original arribamos a este mundo bajo su mancha y su propiedad, la profecía de Yahvé suena clara: «pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar», si la serpiente hubiera vencido a María con el pecado original, no se hubiera cumplido la esperanzadora profecía.[7]

En el paraíso terrenal, enlodado con el pecado, surge un ambiente de pureza: es la promesa de una mujer que realizará la mayor hazaña de la humanidad: vencer al enemigo infernal que atacó hasta al mismo Dios en el paraíso del cielo, de donde fue arrojado vilmente, y que también tentó al Dios que se hizo hombre. Ahora la serpiente, Satanás, se enfrenta inevitablemente con una Mujer y con su descendencia: será vencida, humillada, derrotada.

En la profecía del Protoevangelio, la Mujer aparece como enemiga, lo que supone que en ningún momento tuvo amistad con la serpiente, hasta el punto de admitir las insinuaciones del diablo, como sucedió con Eva. La Mujer y su descendencia aplastarán la cabeza de la serpiente, demolerán su reino, debilitarán su dominio, destruirán sus proyectos de esclavizar a toda la humanidad.[8]

III. Anticristo y Antimaría

Dos banderas se disputan el mundo: Satanás y la raza de los malos, María y la raza de los buenos, la ciudad del bien y la ciudad del mal.

La batalla de estos dos bandos no conoce reposo. Bienaventurados quienes militan bajo el estandarte de la Inmaculada, en esta lucha milenaria que ha de concluir con al triunfo de la Mujer y de su descendencia.

Entre los ejércitos de María y de Satanás la lucha es encarnizada, son dos opuestos que se odian a muerte, y mientras se organizan los ejércitos del mal, cada vez más numerosos, también aumentan los apóstoles de los últimos tiempos profetizados por San Luis María de Montfort.[9]

«Todo lo que hay en el mundo, nos dice San Juan, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de la vida, no viene del Padre». La sensualidad, la codicia y el orgullo son las características principales del mundo.

El demonio fomenta la funesta tendencia a la codicia, explotando a los ojos de los mortales cuanto hay de seductor en las criaturas, que buscan la felicidad en los bienes materiales. San Pablo afirma que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

La predominancia del cuerpo sobre el alma, de la bestia sobre el ángel, se deja sentir más aún en el campo de la pasión sexual, que Dios ha querido para asegurar el mantenimiento de la propagación de la raza humana.

«En Lourdes Nuestra Señora, conmovida en todos sus miembros, declaró ser “la Inmaculada Concepción”. Habría podido decir igualmente: “Yo soy la pureza virginal”, de tan identificada como está con la castidad más completa. Cuando hablamos de pureza, la imagen radiante de María se presenta al punto a nuestro espíritu. Ella no sólo no conoció el pecado impuro, ni la menor sombra de esta falta, sino que también estuvo exenta de la misma concupiscencia de la carne, y por lo tanto de la inclinación al pecado que deja en nosotros».[10]

El «orgullo de la vida» es una enfermedad del alma, enraizada más profundamente que las otras dos concupiscencias. Se arraiga en la sobrestima de sí mismo, y más tarde producirá indudablemente estragos más temibles en nuestra vida espiritual. Esta enfermedad consiste, pues, en la búsqueda desordenada de la estima, consideración y alabanza de los demás.

Dice Montfort: «La sabiduría diabólica es el amor de la estima y de los honores. Los sabios según el mundo la profesan cuando aspiran, aunque secretamente, a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; cuando buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres; cuando en sus trabajos, afanes, palabras y acciones sólo ambicionan la estimación y alabanza de los hombres, al querer pasar por buenos cristianos, sabios eminentes, ilustres militares, expertos jurisconsultos, personas de mérito infinito y distinguido o de gran consideración; cuando no soportan que se los humille o reprenda; cuan-do ocultan sus propios defectos y alardean de lo bueno que poseen».[11]

No tienen desperdicio los escritos del gran obispo de Ratisbona, Monseñor Rudolf Graber (+ 1992),

En la Revolución Francesa colocaron en el altar mayor de Nuestra Señora de París, una ramera como diosa de la razón y se le tributó culto; así ahora gran parte de nuestros contemporáneos rinde culto al desenfreno sexual embriagándose con la diosa libido. Todo esto: drogas, pornografía, pildora, eros, destruyen la imagen humana y se dirigen en el fondo contra la dignidad de la mujer, defendida y elevada a su mayor esplendor por María. Siempre el diablo ha sido el adversario de Dios, pero hoy se vuelve principalmente contra María. El ha establecido su reino como Anticristo y Antimaría. El desfile de sus fuerzas domina la vida pública. El Viacrucis de María se va acercando a la decimatercera estación: «El cadáver de Cristo es bajado de la cruz y colocado en el regazo de María». El autor del ataque a la Pietá Dolorosa de Miguel Ángel, suprema expresión del arte en el Vaticano, fue declarado enfermo mental. Lo mismo da, locura o maldad.[12] La víctima ha sido la Santísima Virgen.

Yo tengo –decía Mons. Rudolph Graber- la no infundada sospecha de que el resquebrajamiento de la obediencia hoy, así como el criticismo inmisericorde, tienen uno de sus fundamentos en el apartamiento y rechazo de la veneración a María. La revolución en el interior de la misma Iglesia sólo puede ser atajada con el «sí» humilde y sencillo de la Virgen sacratísima… Y la crisis de fe que hoy padecemos tiene su origen en gran parte en el hecho de que nos hemos apartado de María, la Virgen fuerte en la fe… Y una última cosa: vivimos en una época en la que la impudicia hace gala de ostentación… A buen seguro habrá que ver en estas oleadas de lo sexual el resultado del retroceso en la veneración mariana, porque la Inmaculada es el más poderoso antídoto contra esta inmoralidad… Pues bien, en vez de profesarse rendidamente a María, a la vista de estas tendencias destructoras para la fe y la honestidad, lo que se hace es abandonar su nombre. Esto roza con la traición a la Iglesia, al pueblo y al futuro. En verdad son éstas “ora di tenebre et lampi” (horas de tinieblas y relámpagos).[13]

Sí, la Inmaculada es el más poderoso antídoto contra la decadencia moral.

Germán Mazuelo-Leytón

[1] GÉNESIS 3, 5.

[2] La Virgen Inmaculada.

[3] VERGARA ANTÚNEZ, P. ADOLFO, Mes de María Inmaculada.

[4] GÉNESIS 3, 15.

[5] PAPA PÍO IX, Ineffabilis Deus, 8-XII-1854.

[6] MONTFORT, San LUIS Mª GRIGNION DE, Tratado de la Verdadera Devoción.

[7] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La Mujer y la serpiente. https://adelantelafe.com/la-mujer-la-serpiente/

[8] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La Señora, el Dragón y el Anticristo. https://adelantelafe.com/la-senora-el-dragon-y-el-anticristo/

[9] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, Fátima y los últimos tiempos. https://adelantelafe.com/fatima-y-los-ultimos-tiempos/

[10] HUPPERTS S.M.M., J. Mª, Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana.

[11] Amor de la Sabiduría Eterna, nº 82.

[12] GRABER, Mons. RUDOLF, La lucha del dragón, Revista Roma N° 51 – marzo-1978.

[13] GRABER, Mons. RUDOLF, Charla a los congregantes marianos, 24-3-1968.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

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