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Mateo, Él no nos dejará huérfanos

Tal como venía contándoles en la entrega anterior, mi hermano cura estaba con una enorme curiosidad acerca de cuál había sido el otro desencuentro de ese día. Nos habíamos trasladado a su ermita luego de la misa, y ahí nos encontrábamos conversando. Yo me levanté de mi asiento junto a la estufa a leña que el cura tenía encendida y me puse a contemplar un hermoso ícono ruso que mi hermano había traído desde esta lejana tierra. Era uno de los íconos de Rublev: la Ascensión del Señor. El cura se acercó a mí y se puso él también a mirar la imagen.

– Me encanta este ícono. Cristo se va al Cielo, pero no nos deja huérfanos. Va a sentarse en el Trono junto a su Padre, sin embargo nos prometió al Paráclito – dijo Cristián y en mis oídos quedaron dando vuelta sus palabras: no nos deja huérfanos.

– Entonces, Cristián, si no nos deja huérfanos ¿por qué siento que me estoy quedando cada día más arrinconado y más desamparado y solo, viviendo en una especie de gueto, amordazado por la “opinión pública católica reinante” por querer defender la verdadera doctrina? ¿Por qué me siento como si Cristo durmiera en esta barca que es conducida por un imprudente e inepto piloto en medio de una tormenta y que nos conduce directamente hacia el desfiladero? – Le dije esto a mi hermano con mi espíritu lleno de una angustiosa amargura. Sacudí mi cabeza y antes que él respondiera a mis preguntas, comencé a contarle aquel otro acontecimiento me había ocurrido en el colegio:

– Deja que te cuente la segunda parte de mi día fatal. Todavía estaba conmocionado por la pelea que había visto cuando llegué al colegio. Casi sin darme cuenta y conducido prácticamente como por inercia llegué a la oficina del rector, el cual me esperaba junto al profesor de religión y a un apoderado. Por sus graves rostros supe de inmediato que algo había pasado y que estaban a punto de someterme a un interrogatorio. No me equivoqué. Estaban ahí para quejarse por el catecismo que les doy a los jóvenes que están por confirmarse. Como has de saber, estos cursos los hago voluntariamente, no forman parte de mis obligaciones con el colegio y con mis clases propiamente tal, sin embargo lo hago porque me siento obligado a entregar gratis aquello que he recibido gratis y sin ningún mérito de mi parte: la Fe.

Ellos estaban muy molestos conmigo porque uno de mis alumnos le había contado a su papá, el apoderado que se encontraba presente, parte de lo que les estaba enseñando sobre la noción de pecado. Les indique a mis acusadores que a los alumnos de catecismo les había enseñado sobre los pecados que claman al Cielo, y que en especial les había hablado sobre el pecado de sodomía.

Cuando estos tres individuos escucharon esto, abrieron sus ojos de par en par y luego me lanzaron encima la “nueva visión” que tiene, según ellos, la Iglesia acerca de la homosexualidad. Me dijeron que yo era un homofóbico, que San Pablo se había equivocado (sic), que la Iglesia estaba revisando toda su doctrina sobre las parejas del mismo sexo, y que ellas también están llamadas a “ser un aporte a la sociedad”. De nada me sirvió citar el Evangelio, ni el Antiguo Testamento, ni el Catecismo, y algunos documentos que la Iglesia ha formulado. Seguí manteniendo mi posición al respecto, esto es, que el acto sodomita es una abominación a los ojos de Dios. Tal como lo ha señalado San Pablo es un acto que nos es compatible con ser católico, aunque ahora parezca como algo aceptado por la sociedad. No porque la gripe sea algo común va a dejar de ser una enfermedad y voy a tener que aceptarla como algo normal. El pecado de sodomía siempre va a ser un pecado aunque los que la practican hayan salido del armario y se sientan como sujetos de derecho. Yo no acepto esto como algo normal porque no lo es: es un pecado. Si alguno tiene un desorden enfermizo en su cabeza que lo lleva a tener una tendencia homosexual, ha de luchar por mantenerse casto. Tendrá que luchar del mismo modo como lo hace un hombre casado que tiene la tendencia a ser mujeriego. Si este homosexual con la gracia de Dios logra dominar sus pasiones y sus tendencias y muere en gracia podrá estar entre los santos del Cielo como cualquier católico que logra morir al mundo para vivir en Cristo.

El resultado final de tan amarga reunión fue ponerme contra la espada y la pared: o cambiaba mi catecismo o tenía que dejar de ser catequista. No tolerarían a un homofóbico-tradicionalista-inmisericordioso-facista enseñando a jóvenes semejantes doctrinas medievales. Dicen que como Iglesia no podemos dejar fuera a gente como los “gay” y que ellos están llamados a aportar a la sociedad como lo hacen muchas de estas parejas que viven en fidelidad.

– Cada uno sabe con quién se va a su cama- me dijo el apoderado ahí presente– Así como a mí no me gusta que se metan en mi vida y en lo que hago con ella, así tampoco yo me meto en la vida privada e íntima de los demás. Si ellos son felices y realizados con una pareja de su mismo sexo, si son personas honestas y trabajadoras, ¿qué daño pueden hacer con su conducta? ¿Qué derecho tenemos nosotros para discriminarlas? El Santo Padre ya lo ha dicho, ¿quién soy yo para juzgarlas?

– Usted confunde varias cosas. Usted confunde el ámbito privado y con el público, además el asunto del trato a estas personas. El trato que cada uno le dé a una persona homosexual siempre debe ser caritativo, pero con firmeza. Segundo, cada cual sabe lo que hace, es cierto, cada uno tendrá que dar cuenta de sus actos a Dios. Ellos pretenden que la sociedad –el ámbito público – avale y reconozca su unión civil – ámbito privado. Los derechos que estas personas reclaman competen al ámbito social donde todos estamos relacionados de una u otra manera. Nosotros como católicos no le podemos dar derechos a actos inmorales y tampoco podemos permitir que ellos, con sus malos ejemplos y su pecado, se presenten ante los niños, por ejemplo, como algo normal, como una familia más. Atenta contra el orden natural y contra el orden social. Verá usted, cuando una sociedad comienza a ver lo anormal como normal corre el riesgo de enfermarse moralmente y ahí comienza siempre el derribamiento de este edificio social. Si se quiere destruir una cultura, una sociedad, comience por destruir el orden moral. Ejemplos tenemos se sobra partiendo por el Imperio Romano. Podrá usted decirme que hay sociedades actuales donde conviven perfectamente estas distintas concepciones de familias, pero le aseguro que esa aparente armonía de va a quebrar, cuando los derechos de unos choquen con los derechos de otros. Una sociedad liberal choca contra sus propios principios. Por eso le vuelvo a repetir: un católico no puede aprobar una legislación pro homosexual, ni promoverla ni tampoco hacer vista gorda. Al error y al pecado se le combate, no se le disfraza con justificaciones falaces para poder aprobar conductas incompatibles con las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia.

-Señores – continué – sé que no nos vamos a poner nunca de acuerdo entre nosotros, porque tenemos cosmovisiones y principios que se oponen. Ustedes parecen tener los pies demasiado anclados sobre la tierra y creen que la felicidad y nuestra satisfacción personal es nuestro propósito en este mundo. Yo por mi parte creo que la felicidad es imposible de encontrar en este mundo. Hemos sido creados para el Cielo y para llegar a ahí hay que renunciar a muchas cosas, a los placeres, por ejemplo. Si les hablo de castidad y de control de nuestros naturales impulsos sexuales, me mirarán como un pasado de moda, como alguien que pide imposibles. Sin embargo, las enseñanzas que nuestro Señor nos ha mostrado para llevarnos al Cielo, son eternas e inmutables. Cristo no nos ha dejado ordenado nada que no podamos cumplir, pero nos hemos acostumbrado a lo fácil, a lo inmediato, a lo que no implica sacrificio y por eso la castidad en los homosexuales a algunos les parece casi imposible.

La cara con que me miraban era de completo desagrado. Como yo no puedo cambiar el catecismo, tuve que renunciar y así como vamos, terminarán echándome del colegio. El círculo se me está cerrando y cada día que pasa me siento como viviendo dentro de una Iglesia que se avergüenza de ser lo que es y que está queriéndose abrazar al mundo con todas sus abominaciones. Cada vez que defiendo la Doctrina, la Doctrina de siempre, aquellas verdades inmutables, la gente me mira como si estuviera loco, como si me hubiera quedado en otro siglo, como si viviera una religión que ya no existe. ¡Estoy tan enrabiado! ¡Me siento tan impotente con toda esta basura de mundo!

Todo esto que estamos viendo y escuchando a diario, Cristián, es asqueroso, y es imposible quedarse tranquilos y seguir tolerando aberraciones de este tipo. Pero lo que más me molesta es el silencio cómplice de aquellos que están obligados en razón de su cargo y de sus promesas a Dios a defender Sus derechos y Sus santas leyes. ¿Por qué este afán de querer quedar bien con el mundo, con lo que está de moda, con los grupos de presión? Esa obsesión por querer tirarle guiños al mundo con el afán de…de no sé qué cosa me tiene irritado.

Con mi hermano nos quedamos un instante en silencio hasta que el cura suspiró y comenzó a ponerse un abrigo y una boina para salir.

– Tú sabes perfectamente cuál es el afán de esta gente. Quieren destruir la Iglesia, ¿qué otra cosa puede ser? Pero no podrán porque combatimos una guerra donde ya sabemos quién va a ganar, y sabemos también que para ganar tendremos mucho que sufrir y perder. El grano de trigo tiene que morir para brotar. Si nuestro Señor tuvo que morir en la cruz para vencer al mundo, nosotros no podemos ser menos que el Maestro. Así que prepárate porque la apostasía y la confusión se pondrán peores. Recuerda Mateo las palabras del Apóstol cuando dice que por no haber aceptado para su salvación el amor a la verdad, “Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen con la injusticia” (2 Tel. 2, 11) Contempla con calma, Mateo, las señales de los tiempos. Desde hace mucho que venimos sufriendo la infiltración de doctrinas definitivamente perversas. Las han dejado entrar y cada día son más descarados. Se aprovechan de la ignorancia religiosa de la gente causada por su misma pereza: no les importa ni les interesa conocer acerca de las cosas de Dios y menos piensan que Cristo va a volver.

Mi hermano me invitó a salir y cerró toda la ermita. Lo llevé en mi auto hasta el terminal de buses donde iba a abordar uno para irse al sur. Antes de despedirse de mí me dijo:

– Hay personas que creen que esto que vemos en la Iglesia es una crisis más como tantas que ha tenido a lo largo de la historia, como cuando un día el mundo fue arriano salvo por unos pocos que se mantuvieron fieles. Yo creo que esta crisis es mucho más profunda y no me cabe la menor duda que estamos viviendo tiempos apocalípticos. Hay una guerra contra Cristo, contra el catolicismo. El mundo no soporta tener a este enemigo conviviendo junto a él e intentará hacer todo lo posible por erradicarlo de raíz. ¿No te parece sospechoso que occidente sabiendo los atroces martirios que están padeciendo nuestros hermanos en medio oriente a manos del Isis no haga nada por detenerlos? Las potencias occidentales comparten con ellos el mismo enemigo: Cristo y no harán nada por los cristianos porque les interesa aniquilarlos.

-Yo también lo creo así. Todo esto me tiene muy mal anímicamente.

– Mateo, no te mortifiques, no pierdas la esperanza. Paciencia, mucha paciencia y una fe firme. Nuestro Señor nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos y cumplirá su promesa aunque la Iglesia quede reducida a su más mínima expresión.

Quedamos en juntarnos en mi casa cuando volviera. Me encantaría poder compartir con él mi percepción acerca estos apocalípticos tiempos actuales. Esperé a que el bus se fuera para ver donde iba sentado. Ahí estaba el cura junto a la ventana. Levantó su mano y me bendijo, y luego me mostró el rosario que tenía en su mano para rezarlo durante el viaje. Volví a mi casa algo más tranquilo, pero con esta abrumadora sensación de molestia que me acompaña cada día.

Beatrice Atherton




Beatrice Atherton
Beatrice Athertonhttp://bensonians.blogspot.com.es/
Esposa y madre de seis hijos, nací en Viña del Mar, Chile en 1969. Aunque egresé de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi vida giró posteriormente hacia otro rumbo y ahora vivo en un campo donde me he dedicado a la familia y a la casa. Amo la Liturgia Tradicional y me encanta colaborar en su promoción. ​ En mis tiempos libre intento escribir, que es lo que me apasiona aunque soy una aficionada. Tengo el blog Bensonians dedicado a difundir la obra de Monseñor Robert Hugh Benson

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