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De la Anunciación de María Santísima Señora nuestra

Para el jueves de la tercera semana de Adviento

PUNTO PRIMERO. Considera quién, y a quién, y a qué viene esta embajada: quien la envía es Dios omnipotente, a quién la envía es a una Virgen purísima y Santísima y retirada, y escondida en la pequeña ciudad de Nazareth: a qué viene, es a pedirle su consentimiento para vestirse en su purísimo seno del tosco gabán de nuestra carne, porque muchas veces espera Dios nuestra voluntad y deseo para hacernos las mayores mercedes: quien trae esta embajada es un ángel de los mayores príncipes del cielo: vino a la Virgen Santísima María, estando desposada con san José, porque fuese no sólo Virgen en cuerpo, y en el alma, sino también en la fama de santa y buena opinión: llegó a la sazón que estaba en altísima contemplación, como dice san Buenaventura[1], pidiendo a Dios que abreviase los tiempos , y enviase el Mesías deseado para redención del mundo; en que tienes mucho que aprender, y lo primero saca de este punto grande estima de la oración, y propósitos de ejercitarte en ella, viendo las grandes mercedes que alcanzó por ella la Reina del cielo: saca amor al recogimiento y retiro de los hombres, que es el medio para ser más conocido y familiar a Dios: aprende a cuidar del buen nombre, que como dice el sabio[2], es de mas estima que el oro y la plata de las Indias; y sobre todo a estimar la virtud, pues por ella fue elegida esta Santísima doncella para madre de Dios, dejando tantas como había en el mundo de grande majestad y grandeza á los ojos de los hombres.

PUNTO II. Mira con los ojos del alma a la Virgen Santísima recogida en su retiro en altísima contemplación, y al arcángel san Gabriel postrado en el suelo con suma reverencia en el ángulo opuesto de su cámara, y toda la corte celestial a la mira con júbilos y alegrías por ver acercarse el tiempo de la restauración de sus sillas y redención del mundo. Oye con atención las palabras del arcángel, y medítalas una a una, rumiándolas como un panal de miel en provecho de tu alma: Ave gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus: Dios te salve llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres; y que todas, y cualquiera encierran grande misterio, enseñanza y devoción.

PUNTO III. Considera la turbación de la Virgen, no de ver u oír al ángel, pues estaba acostumbra da a tratar familiarmente con ángeles, sino de oírse alabar, y que había de tener hijo y parir; porque su grande humildad y el bajo concepto que tenia de sí misma no le permitía pensar, ni creer cosa honrosa de sí, y su extremada pureza la obligaba a extrañar cualquier sombra o imaginación que desdijese de ella. Oh Virgen Purísima que ni de boca de un Arcángel sufristeis vuestras alabanzas, ni pudisteis oír palabra que desdijese de vuestro castísimo propósito, alábente todos los Serafines y todas las criaturas ensalcen vuestra santidad, vuestra humildad y vuestra pureza que vence a los mismos cielos, y alcanzadnos gracia para imitarla y seguirla, y para despreciar todas las honras del mundo y todas sus dignidades y grandezas por el amor de la virtud.  

PUNTO IV. Considera cómo la confortó el Arcángel, intimándola que aquella era la voluntad de Dios, y ofreciéndole la virtud del Altísimo y la asistencia del Espíritu Santo que había de obrar tan alto misterio en su seno; a lo que la Purísima Virgen se rindió con profundísima humildad, diciendo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí su voluntad. De quien debes aprender a rendirte a la voluntad de Dios en lo que te ordenare, aunque sean cosas difíciles y sobre todas tus fuerzas, confiando en las divinas, por las cuales podrás lo que no alcanzas por las tuyas, y el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te asistirá y confortará, si te fías de su palabra, y confías firmemente en su gracia: pídesela con humildad, y pondera cuánto ensalza Dios a los humildes, pues a la que se puso en el último lugar, estimándose por esclava del Señor, la sublimó á la mayor dignidad de Madre suya: humíllate más que el polvo de la tierra, y hallarás gracia en el acatamiento de Dios.

Padre Alonso de Andrade, S.J

[1]  San Buenaventura, med. 3. de Vita Christi.

[2] Eclesiastés 41.




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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