Para el sábado de la segunda semana de Adviento

Punto I. Considera cómo en cumpliendo los ocho días, conforme a la costumbre de los he­breos, la pusieron por nombre María, nombre dado de la mano del Altísimo y misterioso, según las varias significaciones que tiene. Y lo primero considera, que, como dice San Bernardo, este nom­bre de María significa estrella del mar, porque la beatísima Virgen nació para estrella y norte de la Iglesia, a quien deben mirar y seguir todos los que navegan por el mar de este mundo al puerto de la bienaventuranza, si quieren alcanzarle, y no ser anegados en las tempestades que continuamente se levantan y combaten las naves de nuestra navegación; de lo cual debes sacar, como dice el mismo San Bernardo: apartar los ojos, ni perder de Vista a esta celestial estrella, si quieres tener acer­tado y próspero viaje en la navegación del cielo. Tómala por tu guía, y pídela que te enseñe el ca­mino que has de llevar: tenla presente en todas tus acciones y procura imitar sus virtudes, que ella le alumbrará y ayudará con las celestiales influencias de su gracia.

Punto II. Contempla, que como dice San Buenaventura, este nombre de María significa mar amargo, mar por la inmensidad de gracias que recibió, y amargo por las muchas amarguras que pasó en este mundo hasta llegar al puerto de la gloria; verificándose en la Madre, como en el Hijo, que convino que padeciese para entrar en su gloria: y siendo esto así, contempla lo mucho que padeció la Beatísima Virgen desde la hora en que nació, hasta que subió al cielo, que cuando no padeciera más que el destierro de quien tan tiernamente amaba, era de grande sentimiento; y disponte a padecer a su imitación, si quieres entrar con ella en la gloria: ofrécete de corazón a su servicio y compañía: persuádete, que has de pasar por el mar amargo de los trabajos, si quieres llegar al puerto del descanso de la bienaventuranza.

Punto III. Considera, que este glorioso nombre de María significa Señora, no solo porque lo fue de los ángeles y hombres, sino mucho más de sí misma , sujetando todas sus pasiones y apetitos a la razón y a la voluntad del Altísimo, a quien debes imitar, si deseas ser su consorte en la corona de la gloria, sujetando tus apetitos a la razón, y tu voluntad a la de Dios, y procurando con valerosa mortificación que tu espíritu sea señor de tu carne y la tenga sujeta y rendida a su santa ley. Pídela su favor y su gracia para ello, y que te comunique una centella de aquel fuego sagrado que ardió en su pecho, para que te fervorice en el servicio de Dios y en su santa imitación.

Punto IV. Considera con cuánta razón canta la iglesia de María, que trocó el nombre de Eva, pues Eva se rindió a la serpiente, y María la venció y puso el pie sobre su cabeza: Eva se sujetó a su apetito, y María señoreó sus apetitos y los tuvo refrenados y sujetos a su espíritu: Eva cayó como flaca, y María venció como fuerte: Eva nos acarreó la muerte, y María nos acarreó la vida: Eva nos dio el fruto mortífero, y María el saludable de vida: Eva fue madre del pecado y ocasión de nuestro destierro y de infinitas miserias, y María Santísima fue Madre de gracia, Madre de misericordia y puerta del Paraíso; Eva provocó la ira de Dios contra nosotros, y María le inclinó a piedad y misericordia: Eva nos perdió la gracia, y María la restauró por medio de su intercesión, reconciliándonos con Dios : Eva fue afrenta de las mujeres , y María fue la honra de las muge- res y de todo el género humano : por Eva nos vino la maldición de Dios, y por María la bendición. Exclama de todo tu corazón, contemplando esta verdad, y dila con afecto cordialísimo, nacido de la estimación y agradecimiento que la debes: O Virgen Santísima y Purísima bendita eres tú entre todas las mujeres: tú eres la honra del género humano, a ti debemos en gran parte la restauración de nuestro bien, o Emperatriz Soberana, norte de nuestra navegación, guía de nuestro camino, luz que destierra las tinieblas, alambra mi alma y conforta mi espíritu, para que siga tus pasos y deje los de la primera Eva: dame tu favor para que desprecie todo lo terreno, ame y busque lo celestial, y sirva a tu benditísimo Hijo por todos los siglos de los siglos. Amen.

Padre Alonso de Andrade, S.J