Dice el sagrado Evangelista (1), que bajando Jesús del monte se llegó a él un leproso y le pidió salud: extendió Cristo la mano, lo toco, lo sanó y lo envió a mostrarse al sacerdote; y a ofrecer la ofrenda que mandó Moisés, encargándole que callase el milagro que con él había obrado.

PUNTO PRIMERO. Considera tres afectos que causó la lepra en este enfermo: el primero de humildad reconociéndose por leproso y postrándose a los pies de Cristo; el segundo de deseo de la salud, y el tercero de oración pidiéndola al Salvador; y habiendo considerado esto despacio, vuelve a ti los ojos y mira tu alma enferma de tantos años con la lepra de tus pecados, y los afectos que debe despertar en ti de humildad delante de Dios y de los hombres, deseos de alcanzar salud y verte libre del contagio y lepra de los vicios, y de oración pidiéndosela a Dios con todo el afecto de tu alma. Hora tu negligencia y el miserable estado en que te hallas, y aprende de este leproso a procurar tu salud con toda presteza y diligencia.

PUNTO II. Coteja la lepra espiritual del alma con la material del cuerpo, y considera la diferencia que va de una a otra, y cuanto más grave es la espiritual que la corporal y de mayor riesgo, pues la corporal amenaza la ruina del cuerpo corruptible, que dentro de poco ha de estar en la sepultura; pero la espiritual amenaza la ruina del alma, que es eterna y ha de ser presentada delante de Dios y de sus ángeles: mira la tuya en su presencia cubierta de la asquerosa lepra de los pecados, y que Dios y los ángeles se cubren los ojos por no verla, y te mandan lanzar de su acatamiento, y llora tu desdicha y procura tu remedio: mira las diligencias que haces para sanar de la lepra del cuerpo, que no dejas medicina ni remedio que no intentes; y busca la salud de tu alma con tanta mayor diligencia, pues te va más en ella: acompaña a este leproso y busca con él a Cristo, que es el médico de las almas, y arrójate a sus pies pidiéndole la salud con el verdadero deseo de alcanzarla.

PUNTO III. Considera las palabras que dijo el leproso a Cristo, nacidas de su viva fe y grande confianza en la bondad del Salvador; Señor, si queréis, me podéis sanar. Con sola vuestra voluntad podéis, si queréis darme la salud, como hicisteis el cielo y la tierra y a todas las criaturas, porque quisisteis hacerlas; así podéis sanarme a mí con sola vuestra voluntad; y al peso de la fe correspondió Cristo diciéndole: Yo te quiero sanar, y luego sanó. Considera cuán muerta está en ti la confianza en Dios y la fe viva que debes tener de su poder, piedad y misericordia, que por falta de esta persevera en ti la lepra de tus pecados, y no alcanzas lo que pides de su divina bondad: discurre por las cosas que has pedido y no has alcanzado, y cree que ha sido la causa la falta de confianza: aviva tu fe y esperanza, y pide al Señor que te la dé para saber pedir y orar como debes a su Divina Majestad.

PUNTO IV. Considera cómo le sanó Cristo extendiendo la mano y tocándole, y diciendo que le quería sanar: bastaba, como dice Beda, su palabra para darle salud; pero quiso añadir la obra extendiendo la mano y tocando la lepra, para enseñarnos a extender las nuestras a los leprosos, enfermos y necesitados, y a no desdeñarnos de tocarlos y curarlos, como quisiéramos que nos curaran a nosotros: mira cuántos pobres enfermos hay a vista de tus ojos en el lugar donde vives, y por ventura vecinos a tu propia casa o dentro de puertas y cuán poca piedad tienes de ellos, y aprende del Salvados a compadecerte de tus hermanos y extender la mano liberalmente para ellos, si quieres que él extienda para ti franqueándote sus dones inestimables: ponte ante su ojos con llagas, dile con él: Señor, si queréis vos podéis sanar; extended la mano a este leproso pobre, mendigo y necesitado: no desmerezca yo esta misericordia de vos; usad con este mendigo lo que usáis con este leproso, y salga yo de vuestra presencia tan sano como él salió.

Padre Alonso de Andrade, S.J

(1) Mateo 8