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El Mensaje de Fátima y el problema de la falsa obediencia

por el Padre Nicholas Gruner, B. Comm., S.T.L., S.T.D. (Cand.)

Estoy muy agradecido por la oportunidad de escribir sobre este asunto. Si sólo más publicaciones católicas estuviesen abiertas a una busca de la verdad en aquello que es, en el ambiento post-conciliar, el asunto más “políticamente incorrecto”:  El Mensaje de Fátima y su relación con la actual crisis en la Iglesia y en el mundo.

Introducción

Los asuntos de este artículo son: (1) La supresión evidente de un texto del Tercer Secreto de Fátima que explicaría y acompañaría la visión del “Obispo vestido de blanco” publicada bajo los auspicios (con bastante extrañeza nuestra) del Secretario de Estado del Vaticano el 26 de junio de 2000. (2) El otro asunto es la Consagración de Rusia que, obviamente, no fue hecha y sobre la cual el Cardenal Bertone nos había prohibido de hablar.

Pero no es mi objetivo enumerar aquí todas las pruebas que llevaron Antonio Socci, el famoso católico italiano que estaba determinado a probar que este texto-llave  no existía, a “rendirse”, como él dice, a concluir – juntamente con aquellos que él antes puso de lado como siendo “Fatimistas” – “que es cierto que existe una parte del Secreto que no fue revelada, sobre la cual no se puede hablar”. 1

En la versión más larga de este artículo, puse en apéndice un sumario de los hechos-llave (*Véase “The Fatima Message and the Problem of False Obedience en Fatima Exclusives) que elimina toda y cualquier duda razonable de que, como escribe Socci, “la parte explosiva del ‘Tercer Secreto de Fátima’ existe, y hasta hoy está bien escondida…” En verdad, Socci ayudó a hacer historia al escribir un libro sobre este asunto que, esencialmente, acusa el Secretario de Estado del Vaticano de haber suprimido las palabras de la Madre de Dios Misma.

En vez de hacer una revisión de las pruebas, hoy voy a centrarme en un gran obstáculo al cumplimiento de los imperativos del Mensaje de Fátima: la falsa obediencia.2 Permítanme una breve reseña del contexto en que este obstáculo surgió.

El papel de la falsa obediencia en la crisis post-conciliar

Desde el Concilio Vaticano II ha sido una división sin precedentes de la Iglesia en campos de batalla que levantan las respectivas banderas por detrás de fortificaciones impenetrables. La emergencia de estos campos es el resultado directo de la supuesta “nueva orientación” de la Iglesia desde el Concilio – un espejismo, evidentemente, pero un espejismo que provocó un daño terrible en la Iglesia. La existencia misma de una distinción, hasta allá no mencionada, entre católicos Novus Ordo y “Tradicionalistas” nos dice que las “reformas” del Concilio Vaticano II han causado una casi-cisma desastroso en el seno de la Iglesia.

Ahora, los “Tradicionalistas” son simplemente los católicos que no cambiaron, mientras los líderes de la implantación del Novus Ordo defienden las novedades de los últimos cuarenta años como si hubiesen sido definidas como dogmas de la Fe, aunque el Papa Benedicto XVI había expuesto la fraude total de esta posición, al declarar que la Misa antigua “nunca había sido abrogada” y que su uso por cualquier sacerdote de la Iglesia “siempre fue y continúa a ser permitido”.

La imposición de estas novedades sobre la Iglesia – y, con ellas, la oposición “oficial” al Mensaje de Fátima – depende, precisamente, de una falsa noción de obediencia a la autoridad eclesiástica. Y fue precisamente el actual Papa Benedicto XVI quien expuso esta falsa noción, cuando él era aún el Cardenal Ratzinger:

El Papa no es un monarca absoluto cuyo voluntad es la ley, sino es, sí, el guardián de la autentica Tradición y, consecuentemente, el primer garante de la obediencia…Es por eso que, con respecto a la Liturgia, él tiene la tarea de un jardinero, no la de un técnico que construye máquinas nuevas y echa las viejas a la basura.

Aquí, el Cardenal Ratzinger estaba comentando aquello que hasta el Nuevo Catequismo declara: que “aun la autoridad suprema de la Iglesia no puede alterar la Liturgia arbitrariamente, pero sólo en la obediencia de la Fe y con un religioso respecto por el misterio de la Liturgia”3 (CCC Nº 1125, p. 256) Y lo que es verdad a respecto del Papa – que su poder y autoridad están limitados por la obediencia de la Fe – aun es más verdad a respecto de sus subordinados. Entre ellos, hasta hoy, la Obediencia de la Fe fue largamente sustituida, en la época post-conciliar, por la obediencia a la autoridad de los respectivos superiores en interés propio. El positivismo (mi voluntad es la ley) y el nominalismo (lo que yo quiero es bueno, porque soy yo que quiero) han invadido la Iglesia, encapotando sus abusos en la virtud de la obediencia, que parece haberse tornado la única virtud sobre que insistía la autoridad eclesiástica.

No es coincidencia que esta invasión de la Iglesia por el positivismo y el nominalismo coincida con “la invasión de la Iglesia por el pensamiento mundano”, que el Papa Pablo VI lamentó – pero demasiado tarde, porque la “abertura al mundo” había comenzado ya a infligir su incalculable daño, y el “humo de satanás” que él también lamentó demasiado tarde, había entrado ya en la Iglesia por las “fisuras” de que el Papa sólo se dio cuenta después que el humo hubiese entrado.

Verdadera obediencia: La obediencia de la Fe

Claro que aquello que es verdad cuanto a la Liturgia también es verdad cuanto a todo lo más en la Iglesia: hay una obediencia de la Fe que es más alta de que la obediencia a los hombres, más alta aun de que la obediencia al Papa, como Benedicto XVI ha observado. Tal como el primer Papa ya había observado: “Debemos obedecer a Dios, antes que a los hombres”. (Actos 5:29)

En verdad, toda la autoridad deriva de la autoridad divina, porque, si Dios no existiese, no habría ninguna base según la cual un hombre pudiese ejercer autoridad sobre otro, antes sólo diversos “contractos sociales” dependiendo en el “consentimiento”. Toda la autoridad sobre la tierra, tanto temporal como espiritual – de los padres a los policías y a los políticos, del sacerdote al prelado y al Papa – deriva, en última instancia, de la autoridad divina. Todos quienes ejercen cualquier autoridad, hasta la autoridad papal, deben ejercerla en conformidad con la Voluntad Divina. Y todos los que obedecen a una autoridad, sea la que sea, deben obedecer primero a la autoridad divina.

La falla en reconocer y aceptar la obediencia que es absolutamente debido a Dios, encima de toda la autoridad humana, es lo que está errado en la noción moderna de la autoridad. Y eso resultó en el caos moral, político y social de nuestro tiempo. Y fue ese mismo caos que Pablo VI lamentó demasiado tarde, porque infectó el propio elemento humano de la Iglesia, produciendo la situación paradoxal de pedirse que se respecta la “autoridad” que es contraía a la propia base de toda la verdadera autoridad: la Voluntad Divina para el hombre.

Por lo tanto, una vez que toda la autoridad viene de Dios, nosotros obedecemos a los hombres porque – y sólo porque – su autoridad se basa, al final, en la autoridad de Dios. Y esta obediencia, siempre que ella no sea contraria a la ley de Dios, es en la realidad un acto de justicia – por darse a otro, y en última instancia a Dios, lo que es debido. Pero Dios no entrega a cualquier hombre la autoridad para mandar, ni a cualquier uno el derecho de obedecer a una orden que sea contraía a las órdenes que Él nos dio, incluyendo el Decálogo y la ley de los Evangelios, que es la “ley positiva” de Cristo Rey.

Más aún: toda la autoridad en la tierra es limitada por decreto de Dios. Ni aun el Papa tiene una autoridad ilimitada. Nosotros conocemos los límites de la autoridad del Papa, a través de la Revelación, de las Sagradas Escrituras, de la Tradición, de las enseñanzas del verdadero Magisterio, tanto Ordinario como Universal, bien como las enseñanzas del Magisterio Extraordinario, en sus definiciones dogmáticas.

La obediencia de la Fe y el Mensaje de Fátima

Claro que, como dice San Agustín, “Dios es orden”. Por consiguiente, existe una jerarquía de autoridad. Y una orden de la autoridad más alta – cuando está dentro del ámbito de su jurisdicción – sobrepone a la orden de una autoridad inferior. Hay una jerarquía de ángeles, una jerarquía de seres en la naturaleza y una jerarquía de autoridad en la Iglesia. La autoridad de Nuestra Señora, después de la de Su Divino Hijo, es la autoridad más alta en la Iglesia y en el mundo. Da a entender que la Bienaventurada Siempre Virgen María, en la cualidad de Reina del Cielo y de la Tierra y Madre de todos los vivos, tiene una verdadera autoridad, maternal y real, sobre cada uno de nosotros, cada uno de los miembros de la raza humana, y particularmente cada católico, incluyendo todos y cada uno de los sacerdotes, Obispos y Cardenales, y, finalmente, el Papa mismo.

El 13 de octubre de 1917, la Reina del Cielo y de la Tierra se impuso al sol, y hasta el sol Le obedeció. Así deben hacer todos Sus hijos, sea cual sea su posición en la Iglesia. El Mensaje de Fátima, con sus prescripciones para la Iglesia, es precisamente un ejercicio de Su autoridad sobre toda la Iglesia, incluyendo el Papa. Y es imposible, para la Inmaculada y Siempre Virgen Madre de Dios, poseída por la Visión Beatifica de un modo único e inigualado, abusar o exceder Su autoridad. Consecuentemente, cuando la Señora da una orden, nosotros debemos obedecerle. Hasta el Papa Le debe obedecer.

Por lo tanto obediencia al Mensaje de Fátima, lo que significa obediencia a la Madre de Dios, se encuentra subordinado bajo el concepto de obediencia de la Fe, obligando hasta el Papa a actuar a favor de la Fe, encima de todo para la salvación de las almas. Y esto me lleva a la cuestión del Tercer Secreto, en particular, y su relación con el problema de la falsa obediencia.

La obediencia de la Fe  contra la falsa obediencia con respecto al Tercer Secreto

Ahora, sabemos muy seguramente que el texto del Secreto que falta – aquello que está “bien escondido” en el Vaticano – contiene las famosas palabras de Nuestra Señora registradas en la Cuarta Memoria de Sor Lucía: “En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe etc.” Y sabemos que un Jesuita Austriaco, el Padre Joseph Schweigl, enviado por Pio XII en 1952, con la misión de interrogar a Sor Lucía sobre el contenido del Secreto, reveló que el Secreto  “tiene dos partes: Una dice respecto al Papa. La otra, lógicamente – aunque no deba decir nada – tendría que ser la continuación de las palabras: ‘En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe’”.4

Por lo tanto sabemos que el texto que comprende la segunda parte que falta del Tercer Secreto, registra las preciosas palabras de la Santísima Virgen que Sor Lucía ocultó con su “etc”.

Pero el Cardenal Bertone, entonces Secretario de Estado del Vaticano, continúa a mantenerse la ficción de que es “difícil de descifrar” 5 la visión del “obispo vestido de blanco”, visión ésta que recibió una multitud de interpretaciones contradictorias, y que es todo lo que hay del Tercer Secreto de Fátima. Se rechazó firmemente, lo que es muy significativo, a preguntar a Sor Lucía el significado del famoso “etc.”, aunque hubiese tenido todas las oportunidades de hacerlo durante los cinco años de controversias desde el tiempo en que la visión fue publicada en 2000 – ante el escepticismo generalizado cuanto la cuestión del Vaticano habiendo o no divulgado la totalidad – hasta la muerte de Sor Lucía en 2005. O tal vez hubiese preguntado, y tenga en su posesión información que juzgó ser conveniente no revelar.

Ahora, sin embargo, los partidarios de una obediencia falsa y ciega a la autoridad nos aconsejaron a olvidar las palabras de la Madre de Dios porque un funcionario del Vaticano las consideró dispensables. Uno de estos portavoces, Antonio Borelli,6 de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP), que se profesa ser un campeón de Nuestra Señora de Fátima declara que las palabras que se refiere a aquel “etc.” revelador “permanecerán para siempre como un misterio inexplicable” y que  “Fue una gran decepción no haber sido posible resolver la cuestión del ‘etc’, pero tenemos que trabajar con ese hecho concreto inevitable”. ¿Ah, sí? ¿Y por qué?

Según el Sr. Borelli, la respuesta es: simplemente, y sólo, porque una autoridad humana así lo quiere. Y una autoridad humana, aun por encima, que no tiene autoridad en este asunto, porque el Secretario de Estado del Vaticano es una creación de hombres, y no de Dios, y no hace parte, de manera ninguna, de la constitución divina de la Iglesia. En verdad, Pio XII dispensó con el oficio durante su pontificado.

Cuando él sirvió como Secretario de Estado para Pio XI, el futuro Pio XII hizo una declaración sorprendente y profética:

Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a la pequeña Lucía de Fátima. Esa  persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa alterar la Fe en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu… Oigo a mi alrededor innovadores que desean desmantelar el Santuario, apagar la llama universal de la Iglesia, rechazar Sus ornamentos y hacer que sienta remordimientos por Su pasado histórico. 7

Llegará un día en que el mundo civilizado negará a su Dios, en que la Iglesia dudará, como dudó Pedro. Ella será tentada a creer que el hombre se tornó Dios. En nuestras iglesias, los cristianos buscarán inútilmente la lamparilla roja en donde Dios los espera. Como María Magdalena llorando ante el túmulo vacío, se preguntarán: “Adónde Lo han llevado?”8

Parece más que probable que esta catástrofe que el futuro Pio XII previó esté profetizada en gran detalle en las palabras de la Virgen de Fátima que se refiere a ese incómodo “etc.” Pero los partidarios de la falsa obediencia argumentan que debemos olvidar el asunto, para conformarnos con los deseos del Cardenal Bertone y de todos aquellos que no tienen autoridad para esconder cualquier parte del Mensaje de Fátima

La falsa obediencia contra la Consagración de Rusia

De la misma manera, proponen una obediencia ciega y falsa a la autoridad humana, ordenándonos o pareciendo ordenarnos que dejemos de enviar peticiones al Papa 9 para la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, que Nuestra Señora de Fátima prescribió para la paz en el mundo y la salvación de las almas en nuestros tiempos. Hacen esto sólo porque la autoridad humana declaró una sustitución de lo que la Reina del Cielo pidió. En vez de la Consagración de Rusia, hubo una consagración del mundo y de “todos los pueblos” en 1984. El Papa, siguiendo sus consejeros humanos falibles, evitó cualquier mención de Rusia, con miedo de ofender los Ortodoxos Rusos, transgrediendo el protocolo “ecuménico”.10 Y así el Papa – cuya vida fue salvada por la Santísima Virgen, como él mismo reconoció públicamente en Fátima en 1982 – consagró el mundo y “todos los pueblos” precisamente para que no pareciese  que Rusia, en particular, estaba siendo consagrada. Fue inducido a hacer esto para evitar ofender los hombres, al mismo tiempo que se desvió del pedido de la Santísima  Virgen, lamentando más tarde (como fue noticiado en L’Osservatore Romano) que había intentado “hacer todo lo que fue posible en las circunstancias concretas”.11

Basado en una “consagración de Rusia” que se rechazaba a mencionar a Rusia, la autoridad humana – no el Papa, pero un funcionario del Vaticano, el entonces Arzobispo Bertone – declaró, al mismo tiempo de la publicación de la visión en 2000 que “toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior” para la Consagración de Rusia “carecen de fundamento”.12 ¡Toda discusión, así como cualquier petición ulterior! Un hombre del Vaticano, que no tiene autoridad en verdad en este asunto, nos dice a ni discutir lo que la Virgen Madre de Dios, hablando también como Madre de la Iglesia, dijo que la Iglesia hiciese para la salvación de las almas y la paz en el mundo. ¡Debemos callarnos!

Además de esto, con esta declaración “oficial” nos dicen de facto que no ejerzamos nuestro derecho, dado por Dios y definido por el Segundo Concilio de Lyon y por el Concilio Vaticano I, de pedir al Papa una resolución obligatoria y con autoridad sobre este asunto.

El Mensaje de Fátima nunca puede ser suprimido

En respuesta al murmurar justificado de los Fieles, que no quedarían “callados”, la burocracia del Vaticano presentó el 8 de octubre de 2000 otro sustituto humano para lo que la Madre de Dios pidió: una “dedicación” papal a María de prácticamente todos y todo sobre la faz de la tierra aparte de Rusia. Esta idea de una “dedicación”, en vez de la consagración que Nuestra Señora pidió, sería una “enmienda” de la prescripción del Cielo para atender a las objeciones que ciertas autoridades humanas tenían en relación a la consagración de cualquier cosa al Inmaculado Corazón que consideraban teológicamente injustificable.

Este desdén de la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María reflecte un desdén de los acontecimientos de Fátima en general, de parte de los que siguen la “nueva orientación” de la Iglesia, y un deseo de poner Fátima de lado una vez por todas – dando al mismo tiempo, claro está, la apariencia de considerarlo seriamente, para aplacar los “simples Fieles”, como ellos les gusta llamarlos.

Pero no consiguen verse libres de Fátima, porque el Mensaje de Fátima viene de Dios. Papa tras Papa ha testificado el carácter sobrenatural de las apariciones y del Mensaje de Fátima en particular. Hasta el Papa Benedicto XVI, que, cuando era el Cardenal Ratzinger, prestó su nombre a la campaña del Secretario de Estado para persuadir los Fieles de que los acontecimientos predichos en el Tercer Secreto “ya pertenecen al pasado”,13 se contradijo y empezó a hablar de Fátima como un señal viniendo del Cielo, apuntando aún al futuro – un futuro en que el triunfo y la tragedia están en la balanza. En Belén en 2009, Benedicto XVI se refirió al Triunfo del Inmaculado de María como un evento que aún está para realizarse.

Prometiste a los tres pastorcitos de Fátima que “por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará”. ¡Qué así sea! ¡Qué el amor triunfe sobre el odio, la solidaridad sobre la división, y la paz sobre todas las formas de violencia! Qué el amor que tienes para Tu Hijo nos enseña a amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra fuerza y toda nuestra alma. Qué el Todopoderoso nos conceda Su misericordia, nos fortaleza con Su poder,  y nos llene de todo lo que es bueno. (cf. Lucas 1:46-56)

El 13 de mayo de 2010, en Fátima, el Papa rezó para que el Triunfo del Inmaculado Corazón de María se realice antes del año 2017.

Así, el Papa Benedicto XVI mismo rechazó la idea absurda de la “autoridad” humana (como el Cardenal Bertone) en cómo la ceremonia de 1984 era la “Consagración de Rusia”14 que Nuestra Señora había pedido, y que lo que vemos hoy en Rusia – una dictadura neo-estalinista y tres abortos por cada mujer – y lo que vemos hoy en el mundo – un colapso moral, espiritual, político y económico – es el Triunfo del Inmaculado Corazón que Ella prometió para después que le sea consagrada Rusia.

Que el Mensaje de Fátima viene de Dios es la razón que hace, en las palabras bien expresadas de un escritor católico, que Fátima continúe subiendo a la superficie, como un corcho sumergido en el agua. Lo que ciertos hombres que, excediendo su autoridad, intentan sumergir – Fátima – vuelve a la superficie una y otra vez, y el Papa mismo está frustrando el esfuerzo de mantenerlo sumergido.

Ningún hombre puede silenciar a Dios

“En verdad os digo, que si éstos callan, los mismas piedras gritarán”. (Lucas 19:40) Así respondió Nuestro Señor a los Fariseos que exigieron que El mandase callar Sus discípulos, que proclamaban: “Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor”. Los Fariseos, que un poco después organizaría la ejecución del Mesías por quien ellos y la raza judaica estaban esperando, intentaron primero una solución de compromiso: obedécenos, a nosotros, tus superiores religiosos. Cállate, como exigimos, y nosotros te dejaremos en paz.

Pero el silencio no era posible; porque nadie puede silenciar a Dios. Si todos los discípulos hubiesen sido intimidados a callarse, con aquel abuso farisaico de autoridad, hasta las piedras del camino predicarían el Evangelio en lugar de ellos. ¡Y ay de quien recomendase el silencio en nombre de la obediencia a la autoridad humana! Poco después de este encuentro con los Fariseos, al llegar a Jerusalén, Nuestro Señor pronunció su terrible juicio en relación a los que no quisieran oír el Evangelio:

“Al llegar cerca de Jerusalén, poniéndose a mirar esta ciudad, derramó lágrimas sobre ella, diciendo: ¡Ah! Si conocieses tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz; mas ahora está todo ello oculto a tus ojos. Que vendrán sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán, con los hijos tuyos, que tendrás encerrados dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado”.  (Cf. Lucas 19:40-43)

El Mensaje de Fátima no debe ser silenciado

Y así es con el Mensaje de Fátima, que contiene “lo que puede atraerte la paz; mas ahora está todo ello oculto a tus ojos” – o sea, de los ojos de las personas que tienen el deber de escuchar y de dar a conocerlo, tal como sucedió con los Fariseos, que exigieron el silencio de los discípulos, pero que tenían el deber de escuchar y seguir el Mesías.

Esto no equivale, por supuesto, a proclamar que el Mensaje de Fátima es el Evangelio, antes que el Evangelio mismo obliga la Iglesia a escucharlo como una autentica profecía: “No apaguéis el Espíritu. No despreciéis las profecías”.15 Porque, como Santo Tomás de Aquino nos recuerda, Dios nos envía profetas en todos los tiempos, “no para enseñar alguna doctrina nueva, sino para dar la orientación de los actos humanos”.16

El Mensaje de Fátima fue dado a la Iglesia precisamente para la orientación de los actos humanos en nuestros tiempos: la Consagración de Rusia, las devociones de los Cinco Primeros Sábados, incluyendo la Comunión reparadora, haciendo sacrificios por los pecadores, y rezando devotamente el Rosario. ¿Y qué mayores credenciales proféticas podrían haber que las de la Madre de Dios Misma y del Milagro del Sol – el mayor milagro público desde la Resurrección – que Ella se dignó obtener en respuesta a los que La burlaron y desafiaron, para que “todos puedan ver y creer”?

Tenemos que decir, con toda sinceridad, que somos víctimas de un abuso de autoridad de parte de ciertos eclesiásticos que desprecian la profecía de Nuestra Señora de Fátima (es decir, la totalidad del Mensaje de Fátima), a pesar de que los Papas mismos lo hubiesen reconocido como obligación para toda la Iglesia. He aquí una explicación papal que Juan Pablo II dio en 1982 en el lugar de las apariciones de Fátima. El Papa proclamó exactamente lo que yo había dicho aquí – que el deber de obedecer a Fátima procede de los Evangelios y de la Sagrada Tradición, las dos fuentes de la Revelación:

El llamamiento de la Señora de Fátima tiene sus raíces tan profundamente en los Evangelios y en toda la Tradición que la Iglesia se siente interpelada por el Mensaje.17 (13 de mayo de 1982, en Fátima).

Antonio Socci lo dijo muy bien, en el libro en que acusa, con justicia, la autoridad humana errónea de ocultar parte del Tercer Secreto y de impedir la Consagración de Rusia.: “El acontecimiento de Fátima recibió de parte de la Iglesia – que en general es siempre muy cuidadosa en el caso de fenómenos sobrenaturales – un reconocimiento sin igual en la historia del Cristianismo…Es realmente imposible – después de todo esto – continuar a hablar en una ‘revelación particular’ y en la importancia relativa del Mensaje”.18

Aquí debo referir, en nota, al hecho notable de que el Papa Benedicto XVI, después de recibir el libro de Socci acusando la autoridad humana de este abuso de poder verdaderamente farisaico, le haber agradecido por los “sentimientos que la sugirieron” palabras que Socci dijo que son “confortantes ante los insultos y las torpes acusaciones” que Bertone le lanzó.19

El deber de rechazar la falsa obediencia con respecto a Fátima

 ¿Qué debemos hacer, entonces? Debemos hacer lo que los discípulos hicieron, cuando confrontados con la exigencia de una obediencia falsa e inmoral: respetuosa pero firmemente, rechazar a obedecer.20 Enseña San Tomás de Aquino que tenemos el derecho, y aun el deber, de desobedecer a ciertas órdenes de los superiores de la Iglesia, por las mismas razones que no debemos obedecer a los dirigentes políticos en todas las cosas.

En primer lugar, la “Caridad”, dice San Tomás de Aquino, “es una virtud mayor que la obediencia”.21 La mayor caridad es la salvación de las almas. Dijo Nuestra Señora en Fátima: “Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz”.22 (13 de julio de 1917) Y, como la Santa Iglesia enseña y profesa, la salvación de las almas es su primera ley. (Canon 1752º). Por lo tanto, el Mensaje de Fátima pertenece a la primera ley de la Iglesia – la ley a la cual tienen que conformar todas las otras leyes de la Iglesia.

En segundo lugar, es materia del sentido común – y nadie tiene más sentido común que San Tomás de Aquino – que ni los gobernadores de la Iglesia recibieron de Dios cualquier autoridad que les permita exceder el ámbito de su autoridad, que fue lo que el Secretario de Estado del Vaticano hizo en el caso de Fátima. Ninguna autoridad de la Iglesia puede pedir obediencia a las órdenes injustas y contrarias al bien común de la Iglesia o a la Ley divina misma, o a un simple bien humano si de ello resultase un mal indebido. Por ejemplo, hasta si el Papa diese orden para todos los católicos que durmiesen en el suelo durante el resto de la vida como penitencia, podríamos rechazar a obedecer a una tal orden, por representar una carga indebida sobre el bien humano y la necesidad del sueño.

En tercer lugar, como enseña San Tomás de Aquino, hay tres tipos de obediencia: la obediencia suficiente para la salvación; la obediencia perfecta o superabundante; y, finalmente, aquella obediencia a que él llama indiscreta, que es la obediencia hasta en materiales ilícitas. La obediencia indiscreta es contraria a la ley de Dios y, consecuentemente, es un tipo de obediencia que nosotros nunca debemos prestar. La obediencia indiscreta es, pura y simplemente, un pecado.

Aun cuando hablamos de religiosos profesos, que tienen el grado más alto de obediencia en la Iglesia, San Tomás de Aquino enseña que un religioso debe obedecer a su superior sólo con respecto a las cosas que pertenecen a su modo de vida religiosa – esa obediencia limitada es suficiente para la salvación. Si una persona sujeta a otra quiere obedecer en otros asuntos, demostraría una superabundancia de la virtud de la obediencia. Pero esa obediencia superabundante no debe ser “contraía a Dios o a la regla que profesa, porque la obediencia sería ilícita en estos casos”.23 Repito: San Tomás de Aquino enseña que sería ilícito, aun para un religioso profeso, bajo el voto estricto de la obediencia, obedecer a una orden contraria a Dios o a la regla que él profesa ante Dios.

Obedecer a una orden a callarse, viniendo de aquellos que desprecian la profecía de la Madre de Dios en Fátima, es también despreciar aquella profecía, lo que contraria la regla que todos los católicos profesan en el Bautismo y en la Confirmación: la regla de la Fe, que nos obliga a no despreciar la profecía, y a rechazar a seguir aquellos que desprecian la profecía. Seguir quien desprecia la profecía es, en efecto, desobediencia de la peor especie – seguir los hombres en vez de Dios, lo que llevará a nuestra destrucción con no menos certidumbre de lo que llevó a la destrucción de Jerusalén. Como Nuestra Señora de Fátima nos avisó: “Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas”.

¿Creemos o no en esta profecía? Si creemos, como debemos, el silencio o la inacción como respuesta a las tentativas a alterarla o enterrarla no es una opción, y mucho menos un deber de “obediencia”, antes un pecado de omisión. Nuestro deber, por lo tanto, es de no obedecer a los que quieren ser libres de Fátima, pero, al contrario, rezar sin cesar, enviar peticiones, y exigir, con todo el debido respeto, que la voluntad humana ceda a la voluntad divina, que el Tercer Secreto de Fátima – un mensaje precioso y aviso a la Iglesia y a todo el mundo – sea revelado en su totalidad, y que Rusia sea consagrada al Inmaculado Corazón de María.

Las consecuencias que enfrentamos

¿Cuáles son las consecuencias si los eclesiásticos continúan ignorando lo que Nuestra Señora de Fátima ordenó? Sencillamente: serán culpados ante Nuestro Señor, la Santísima Virgen y ante su próximo por el castigo resultante de su desobediencia. Ya explique todas las implicaciones de esta responsabilidad en otro tratado.24 Pero aquí basta si consideramos el ejemplo del Rey de Francia. Sí el Rey de Francia hubiese sido sujeto a la obediencia al Sagrado Corazón de Jesús cuando recibió el 17 de junio de 1689, a través de Santa Margarita María, la orden para consagrar a Francia al Sagrado Corazón no habría justificación para el castigo de su sucesor, Luís XVI, el 17 de junio de 1789 – exactamente cien años después – cuando el Tercer Estado derribó su autoridad y declaró la Asamblea Nacional, comenzado así la Revolución Francesa, que llevó a la ejecución de Luis XVI en 1793.

De la misma manera, si el Papa y los Obispos no estuvieran estrictamente obligados por la obediencia a la Bienaventurada Siempre Virgen María y a Sus pedidos, que les fueron dados en el Mensaje de Fátima, el castigo del Papa y de los Obispos, predicho en la visión del “Obispo vestido de blanco” – siendo ejecutado por un grupo de soldados fuera de una ciudad medio arruinada – no se justificaría por su fracaso de consagrar a Rusia o de revelar el Tercer Secreto en su integridad.

Pero fue precisamente la falta de obediencia de parte del Rey, en el primer caso, y será también del Papa y de los Obispos, en el segundo caso, que precipitará sobre sus cabezas un castigo divino. Como Nuestro Señor avisó a Sor Lucía en Rianjo: “Participa a Mis ministros que, en vista de seguir el ejemplo del Rey de Francia, en la dilación de la ejecución de Mi petición, también lo han de seguir en la aflicción”.

Si el Papa quiere seguir consejeros falibles en vez de la Madre de Dios, entonces, como aconteció al Rey de Francia, él será llamado a pagar el precio de su acto. De la misma manera, si los Obispos, por su indolencia, rebelión o falsos consejos, persisten impidiendo la realización de los imperativos para la Iglesia presentados en Fátima, se encontrarán en aquel monte, fuera de la ciudad medio arruinada, de que habla la visión, junto con el “Obispo vestido de blanco”, que será ejecutado. Y también con ellos, sucederá lo mismo.

¡Y que Dios tenga misericordia de todos nosotros! Porque si hayamos negligentes en desempeñar el papel atribuido a cada uno de nosotros, según nuestro lugar en la Iglesia, compartiremos del castigo debido, por no reconocer nuestro momento de gracia y perdón y el momento de nuestra “visitación” [Lucas 19:43], que está aproximándose rápidamente al fin. Tal como los Evangelios – efectivamente, a causa de los Evangelios – el Mensaje de Fátima debe ser gritado de los tejados. No las piedras del camino, sino los católicos de todo el mundo deben proclamar el Mensaje de Fátima hasta que sus imperativos divinos hayan sido oídos y obedecidos por los dirigentes extraviados de una Iglesia que nos han conducido a una crisis sin precedentes. Sólo entonces podrá la Iglesia y el mundo evitar el destino de que fuimos bien avisados por la mayor de los profetas, después de Nuestro Señor: Su Madre sin pecado, Mediadora de todas las Gracias, incluyendo la gracia de Fátima.

 

NOTAS: 

  1. Antonio Socci, Il Quarto Segreto di Fátima [El cuarto secreto de Fátima] (Milano: Rizzoli, 2006), ed. en inglés, p. 162; ed. popular, p. 111; ed. italiana, págs. 172-173.
  2. Es de la estricta obligación de todos los católicos – incluyendo el Papa – creer y obedecer a todas las órdenes de Nuestro Señor y de Nuestra Señora en el Mensaje de Fátima; vea también los tratados del Padre Nicholas Gruner The Most Grave Obligation y “Do Not Extinguish the (Holy) Spirit. Do Not Despise Prophecy, en Fatima Priest (Pound Ridge, New York: Good Counsel Publications, 1997), Libro II (“In His Own Words”), Capítulos 56, 1ª Edición, págs. 275-301; 2ª Edición, págs. 262-288; en el Internet en http://www.fatimapriest.com/bIIch5.html e http://www.fatimapriest.com/bIIch6.html. Ver también Padre Joseph de Sainte-Marie, O.C.D., REFLECCIONES sobre el Acto de Consagración realizado por Juan Pablo II en Fátima, el 13 de mayo de 1982”, en Esclavización del mundo o paz… la decisión es del Papa (Fort Erie: The Fatima Crusader, 1988), Sección XV, págs. 534-582; publicado originalmente en Marianum (Roma: Ephemerides Mariologiae, 1982), Annus XLIV, Fasc. I-II, No. 128, págs. 88-142.
  3. El Concilio de Trento, en la Sesión 7ª, Canon 13º, “Sobre los Sacramentos en general”, define que ningún pastor, sea lo que sea su oficio – ni siquiera el Papa – puede alterar la Liturgia con nuevos ritos de la Misa. En las palabras de Canon 13: “Si alguien dice que los ritos recibidos y aprobados de la Iglesia católica, usados de costumbre en la administración solemne de los Sacramentos, puedan ser despreciados, o puedan ser libremente omitidos por los ministros sin pecar, o puedan ser alterados a otros ritos nuevos por cualquier pastor de la Iglesia, sea él quien sea, sea anatema”.
  4. Frère Michel de la Sainte Trinité, The Whole Truth About Fatima – Vol. III: The Third Secret (Buffalo: Immaculate Heart Publications, 1990, nueva publicación en 2001), pág. 710.
  5. Como el Cardenal Ratzinger le llamó, en El Mensaje de Fátima, pág. 32.
  6. Para una respuesta completa a la reflexión de Antonio Borelli sobre el Tercer Secreto de Fátima, vea la respuesta por Christopher A. Ferrara, “Friendly Reflections?” (en Internet en http://www.fatima.org/news/newsviews/ferraraexpose.pdf).
  7. Georges Roche, Pie XII devant L’Histoire (Paris: Éditions Robert Laffont, 1972), pág. 52., pág. 53.
  8. Cada miembro de los Fieles de la Iglesia católica tiene el derecho, definido por el Segundo Concilio de Lyon y por el Concilio Vaticano I, de suplicar al Papa en asuntos que pertenecen a la jurisdicción eclesiástica. Vea Dz. 466 (D.S. 861), Dz. 1830 (D.S. 3063) y Dz. 1831 (D.S. 3064).
  9. Ver la revista Inside the Vatican, noviembre de 2000.
  10. L’Osservatore Romano, 19 de mayo de 1982.
  11. “Introducción”, El Mensaje de Fátima (2000), “Comentario teológico”.
  12. El 25 de marzo de 1984, el Papa Juan Pablo II rechazó también esa idea absurda, diciendo después de la consagración: “Ilumina especialmente los pueblos cuya consagración y confiada entrega Tu estás esperando”, como se lee en la edición de 26-27 de marzo de 1984 de L’Osservatore Romano. Vea la reproducción fotográfica en Padre Paul Kramer, The Devil’s Final Battle, 2ª Edición (Buffalo: The Missionary Association, 2010), Apéndice I; La última batalla del diablo, 1ª Edición (2002), pág. 274. Ver también una reproducción fotográfica del artículo de L’Osservatore Romano que relata palabras semejantes, dichas por el Papa en una oración pública tres horas después, en The Devil’s Final Battle, 2ª Edición, versión en un solo volumen, sección de fotografías, pág. XVI; versión en dos volúmenes, pág. 287.
  13. 1 Tes. 5:19-22
  14. Summa Theologicae, II-II, Q. 174, Art. 6.
  15. Para una explicación, más detallada que el presente artículo, de la razón porque la Iglesia tiene el deber de obedecer a Nuestra Señora de Fátima, ver mis varios trabajos sobre este asunto, incluyendo “El Mensaje de Fátima impone una obligación a la Iglesia” http://www.worldenslavementorpeace.com/span/s5cp2.asp, Los Obispos tienen que obedecer a Nuestra Señora de Fátima (http://www.worldenslavementorpeace.com/span/s5cp3.asp y “La paz mundial depende de los Obispos católicos y de Usted” (http://www.worldenslavementorpeace.com/span/s5cp5.asp  en Esclavización del mundo o paz … la decisión es del Papa, págs.. 84-111, 117-134.
  16. Antonio Socci, Il Quarto Segreto di Fatima [El Cuarto Secreto de Fátima] (Milano: Rizzoli, 2006), ed. en inglés, págs. 7-9; ed. popular, págs. 13-14; ed. italiana, pág. 17. Ver también Padre Nicholas Gruner y otros expertos de Fátima, “La Iglesia (es decir los Fieles, los Obispos, el Papa) tienen la obligación de obedecer las peticiones de Nuestra Señora”, Esclavización del mundo o paz…la decisión es del Papa, Sección V, págs. 83-157.
  17. Antonio Socci, “Estimado Cardenal Bertone: ¿Quién es el mentiroso, usted o yo?”, 12 de mayo de 2007, en http://www.fatima.org/span/news/newsviews/sp_wholies.asp
  18. En verdad, San Roberto Belarmino, Suárez y Torquemada enseñan todos la obligación de resistir a una orden que sea contraria al bien común de la Iglesia. (Vitoria: Obras, págs. 486-487; Suárez: De Fide, X, sec. VI, nº 16; San Roberto Belarmino: de Rom. Pont., Libro 2, Cap. 29; Cornelius a Lapide: ad Gal. 2, 11, etc.)
  19. Summa Theologicae, II-II, Q. 104, Art. 3.
  20. Sor Lucía, “Cuarta Memoria”, Memorias de la Hermana Lucía (Vice-Postulação, Fátima, 3ª edición 1988) pág. 165. Ver también Frère Michel de la Sainte Trinité, The Whole Truth About Fatima – Vol. I: Science and the Facts (Buffalo: Immaculate Heart Publications, 1989), pág. 182.
  21. Summa Theologiae, II-II, Q. 104, Art. 5.
  22. Esclavización del mundo o paz…la decisión es del Papa y otros tratados referidos en estas notas.

(Fuente: fatima.org)




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