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“México, tierra de Mártires”. San Toribio Romo. Sacerdote a los 22 años, Mártir a los 27

El P. Toribio Romo González no había aún cumplido 27 años cuando fue fusilado en una taberna abandonada en el municipio de Tequila, Jalisco, luego llamado Agua Caliente, y llevaba cuatro como sacerdote, pues había sido ordenado muy joven, a los 22 años. Hijo de campesinos del rancho de Santa Ana de Guadalupe, Jalostotitlán, Jalisco, pasó su niñez como pastor. Era un muchacho muy jovial, entró primero en el Seminario de San Juan de los Lagos y luego pasó al de Guadalajara, donde mostró una sensibilidad especial para los problemas sociales y sindicales. Sus cuatro años de sacerdote los pasó trabajando en varias parroquias.

Trabajó con denuedo en el ministerio sacerdotal durante los años de persecución, especialmente con los niños y los obreros, pero estando en Yahualica se le ordenó recluirse en su casa y le prohibieron rezar públicamente el rosario y celebrar la misa. Lo destinaron a Cuquío, donde encontró un párroco santo, el futuro Mártir P. Justino Orona. Con él “vivió una vida por demás azarosa, siempre a salto de mata y esperando de un momento a otro la muerte […] siempre alegre y procurando cada día mayor intensidad de espíritu y constante oración por la Iglesia”.

Tuvo que esconderse en una fábrica abandonada de tequila que había en un rancho cerca de Tequila, acogido por sus propietarios. Desde su escondite, fundó varios centros clandestinos de catequesis, visitaba los ranchos, y por las noches entraba en el pueblo, visitaba a los enfermos de su parroquia y celebraba la Eucaristía en las casas. En Cuquio, junto con su párroco, otro de los Mártires, el P. Justino Orona, organizó numerosos centros de formación catequética. Los testigos hablan de él dando una lista de cualidades y de virtudes que lo igualan a los demás Mártires: fuerte espíritu de caridad, pasión por la Iglesia, amor a la Eucaristía -sobre todo se le veía esto en su manera de celebrar la Misa- y a la Virgen de Guadalupe, celo apostólico, amor a obreros y a los niños, pobreza, austeridad. Vivía en una zona de cristeros y sin embargo, aún comprendiendo sus motivaciones y su dolor, se mantuvo al margen de la lucha. Durante la persecución, cuenta un testigo, “el día de Cristo Rey se concentraron en el pueblo unos quince mil fieles que asistieron en un cerro abierto a Misa y juraron ante el Santísimo expuesto de defender la fe, aún a costa de la propia vida. La montaña se estremeció con los gritos de ¡Viva Cristo Rey!”

El viernes 24 de febrero de 1928 pasó el día retirado y el sábado 25 quiso celebrar la Misa a las cuatro de la mañana, pero se caía de sueño. Se fue a descansar un rato, vestido como estaba y se quedó dormido. La masonería local lo buscaba con rabia y odio criminal. Había sido delatado. Los soldados lo detuvieron en su escondite el 25 de febrero de 1928, acribillándolo a balazos inmediatamente en su mismo cuarto al grito de “¡Muera el cura!” Cayó en brazos de su hermana que se encontraba en la casa. “Valor, padre Toribio, Jesús misericordioso recíbelo… ¡Viva Cristo Rey!”,  fueron las palabras que su heroica hermana gritó ante los asesinos.

Los vecinos del rancho improvisaron con palos y ramas una camilla y así condujeron el cuerpo a Tequila, en medio de la tropa que cantaba canciones vulgares y silbaba. El cadáver iba manando sangre. Detrás del cadáver iba su hermana María rezando el rosario, descalza y a pié. Al llegar al pueblo tiraron el cadáver en la plaza y a la hermana la llevaron detenida al cuartel de los soldados en otro poblado.

Mientras tanto, la gente del pueblo quería su cuerpo, pero los militares lo impedían; con mucha dificultad un cristiano del pueblo, tras violenta discusión, logró el permiso de retirar el cadáver y llevarlo a su casa donde lo amortajaron. La gente empezó a llegar. Muchos tomaban algodones y los mojaban en la sangre que aún manaba de sus heridas para guardarla como reliquia. Durante dos días la sangre permaneció fresca y sin mal olor. Todo el pueblo condujo el cadáver del Mártir en silencio al cementerio, llevándolo a hombros. Era su canonización popular.

Extracto del libro “México, tierra de Mártires”, del P. Fidel González F.




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