Reverendos sacerdotes, señoras, señores, profesor de Mattei, amigos todos:

En la presentación de este libro del profesor de Mattei sobre el Concilio Vaticano II es preciso iniciar el análisis no por el libro sino por el Concilio. Han transcurrido más de 50 años desde su clausura y aquel acontecimiento saludado como el más importante de la Iglesia en aquel siglo, y hasta en todos los siglos apenas existe ya .

No es citado, no es seguido, apenas debe quedar en este mundo algún obispo que haya participado en él, cardenales salvo error mío sólo Pimiento, que está a punto de cumplir cien años, el próximo 18 de febrero, y tal vez ya ni recuerde que fue padre conciliar y Sfeir que el 15 de mayo cumplirá 99. Obispos, salvo error u omisión por mi parte, viven todavía siete que fueron padres conciliares, naturalmente todos eméritos: el chilena Bernardino Piñera, arzobispo emérito de La Serena, de 103 años, el obispo más anciano de toda la Iglesia, el francés Georges Dupont OMI, obispo emérito de Pala en Tchad, de 98 años, el canadiense Laurent Nöel, obispo emérito de Trois Rivières, de 98 años, el uruguayo Roberto Cáceres, obispo emérito de Melo, de 97 años, el mejicano José de Jesús Sahagún de la Parra, obispo emérito de Ciudad Lázaro Cárdenas, de 96 años, el español Eloy Tato Losada, obispo emérito de Magangué (Colombia) de 95 años y el italiano Luigi Bettazi, obispo emérito de Ivrea, de 94 años. Es evidente que, retiradísimos todos, no pueden ser memoria viva de nada.

Y aunque sin voto conciliar jugaron un importantísimo papel los peritos que asistían a la Congregaciones generales aunque sin derecho a voto y que fueron capitales en el apoyo de las tesis progresistas y en su difusión mediática. Una relación de nombres de los más significados, varios de los cuales llegaron más tarde al cardenalato y uno incluso al papado creo que da más que suficiente idea de lo que aquella maquinaria al servicio de las ideas más rompedoras supuso: Rahner, Küng, de Lubac, Danielou, Ratzinger, Chenu, Congar, Schillebeeckx, Häring… no pocos con tachas doctrinales en el pontificado de Pío XII aunque fue en los días conciliares y posteriores cuando sus nombres pasaron de ambientes especializados a un conocimiento mucho más general.

Los medios, laicos e incluso eclesiales, se pusieron incondicionalmente, las excepciones fueron mínimas, al servicio de la revolución de la Iglesia popularizando aquel hecho puramente eclesial sobre el que pasaron a opinar amplios sectores de población en muchos lugares del mundo.

Y fueron muchísimos los libros que se escribieron sobre el Concilio que tuvieron innumerables lectores, ciertamente mayoritariamente eclesiásticos y religiosas pero también un número significativo de laicos. El profesor de Mattei nos da una amplia lista bibliográfica de obras citadas en su trabajo en las páginas 497 a 499.

Y no digamos ya los textos oficiales del Concilio cuyas ediciones conocieron abultadísimas tiradas y que curiosamente hoy ya nadie, salvo algún estudiante que lo precise para una tesis doctoral, solicita en las librerías y que ya sólo se encuentran en las muy especializadas.

Se ha pasado del infinito al cero, apena aparece en los medios, casi desapareció de las homilías y cada vez se encuentra menos en los mismos textos pontificios y sin embargo su influjo en la Iglesia fue y sigue siendo inmenso y nocivo. No tanto por sus documentos sino sobre todo por lo que al rebufo del Concilio y vendido como su espíritu ha supuesto de revolución, demolición y debilitamiento doctrinal y moral en la Iglesia.

Sobre ello el profesor de Mattei ha escrito un libro que nos parece Imprescindible sobre el Concilio Vaticano II y más temas conexos y cuya edición española, la italiana es de 2010 y existen una inglesa y otra portuguesa y tal vez alguna más, hoy presentamos:

 

Roberto de Mattei: Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita. Homo Legens, Madrid, 2018, 519 pgs.

Estamos ante un libro muy importante para conocer lo que fue aquel Concilio y también para lo que había antes y lo que ocurrió después. Todo verdaderamente sorprendente para muchos lectores y cuya importancia no se escapará a quienes lean el libro. Que está escrito además desde un conocimiento exhaustivo de hechos y fuentes. Absolutamente abrumador. Y así como muchas de las obras que trataron del tema fueron escritas por teólogos o periodistas esta es elaboración de un historiador. Estamos pues ante un acabado texto de historia aunque escrito desde sólidos conocimientos teológicos y con ágil pluma cuya lectura verdaderamente engancha.

Escrito desde posicione llamémoslas conservadores o tradicionales nos parece que ello enriquece el libro por el empeño del autor de referir minuciosamente la actuaciones del otro bando y todo ello en base de realidades acontecidas y no de retóricas ideológicas.

Y escrito además desde una distancia en el tiempo que permite un análisis más desapasionado y que nada tiene que ver con la euforia conciliarista del aluvión que nos inundó en los años del Concilio e inmediatamente posteriores. No estamos ante el relato de un quinceañero que se enamora de una mujer que aparece en su vida sin pensar si tiene el sida o va simplemente por su dinero sino de concienzudo trabajo profesional de un experto forense sobre un cadáver del que se desconocen las causas de la muerte.

El libro del profesor de Mattei tiene además a su favor que no incide en los tópicos que nos contaron cientos de autores sobre las maravillas de un Concilio que iba a suponer un rejuvenecimiento de la Iglesia que había envejecido en 2000 años y que cincuenta años después del superensalzado evento contemplamos mucho más decrépita que cuando el Concilio se convocó.

El profesor italiano, inserto en la línea minoritaria de Ralph Wiltgen (1921-2007) con su El Rhin desemboca en el Tiber, o de Romano Amerio (1905-1997) y Iota Unum me atrevería a decir que incluso les supera. Aceptando que sin duda su habrá aprovechado de sus aportaciones.

Muchos se quedaran perplejos al ver tanta preparación y entendimiento entre el sector contestatario, totalmente compenetrados obispos y peritos y todos decididos a imponer otra Iglesia. Encabezados los primeros por nombres muy importantea: Frings, Alfrink, Suenens, Bea Döpfner, Lercaro. König, Helder Camara, Leger, Liènart, Máximos IV y de los segundos ya hemos mencionado los principales nombres.

Esa maquinaria perfectamente engrasada que contó con la colaboración de los dos pontífices del Concilio logró imponer sus tesis, aunque algunas algo más aguadas de lo que los más radicales pretendían, haciéndose con el Concilio frente al sector contrario desorganizado, desunido y desmoralizado.

De los dos Papas conciliares el que lo convocó desde una ingenuidad irresponsable ni sabía lo que quería ni se enteró de lo que había montado. La muerte le ahorró disgustos que además no sabría cómo enfrentarlos.

Pablo VI era mucho más consciente de los derroteros que pretendía el Concilio y en gran parte los compartía. Sólo al final se vio obligado a introducir alguna corrección a las tesis más arriesgadas.

Frente a todos ellos el efuerzo muy notable de los cardenales Ottaviani y Ruffini, Siri anduvo muy inencontrado, y el intento de organizar una oposición al descarado progresismo verdaderamente revolucionario de los antes mencionados, de un obispo francés, Marcel Lefebvre y dos brasileños, Geraldo de Proença Sigaud y Antônio de Castro Mayer, con su Coetus Internationalis Patrum, que fue algo así como intentar imponerse a un ejército numeroso y fuertemente armado con una partida mínima que apenas disponía de espadas y piedras aunque tuvieran ciertamente mucha voluntad, fue incapaz de evitar un línea muy programada y meditada aunque algún pequeño resultado consiguieran ante la radicalidad de lo que los otros intentaban..

Bien se les puede aplicar aquel volteriano dicho: vinieron los sarracenos y les molieron a palos. Que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos.

Los otros tenían nombres conocidísimos y medios sobrados, una organización excelente y experimentada, el apoyo de los medios y la moral de ir de triunfo en triunfo desde el mismo día que se inició el Concilio. Los conservadores o tradicionales llamaban a la resistencia desde una organización improvisada, encabezada por tres obispos absolutamente desconocidos por la mayoría de los padres conciliares y que además tenían el enorme inconveniente de vender una mercancía, por buena que fuere y aunque la compartieran muchos padres conciliares, que parecía contraria a lo que querían los dos Papas del Concilio: Juan XXIII y Pablo VI. La tarea parecía imposible y lo fue.

Sin embargo, pese al poder del adversario, de la oposición manifiesta de ambos Papas, de conciliábulos, oscuras maniobras en contra, trapacerías y hasta desautorizaciones pontificias manifiestas, aunque dentro de la sutilidad vaticana, consiguieron que e el resultado fuera menos malo de lo que las fuerzas conjugadas se proponían. Y el mismo Pablo VI, con alguna tardía y muy moderada reacción, vino a acoger algunos de los postulados de esta oposición al progresismo conciliar que desde una minoría poderosa y ciertamente inteligente arrastraba a la mayoría de los padres conciliares aunque bastantes de ellos con disgusto pero aceptando lo que veían era la voluntad papal.

Curiosamente esa aceptación de entonces, que en último extremo también aceptaron Lefèbvre y Castro Mayer al concluir el Concilio,su resistencia fue posterior, ha terminado llevando a la mayor quiebra de la autoridad pontificia desde hace muchos años. Y no por virtud de la colegialidad destacada por el Concilio que, sin embargo, y contradiciendo el peligro que veía en ella la resistencia conservadora, nos ha llevado a extremos de monarquía absoluta universal como jamás había conocido la Iglesia.

El Papa Francisco tiene unos poderes de facto, que no pocos reclaman como procedentes del Espíritu Santo, verdaderamente absolutos. Y no faltan quienes desde elevados cargos los justifican y animan.

Curiosamente fueron Lefèvbre y Castro Mayer quienes años después se enfrentarían a Juan Pablo II ordenando sin mandato pontificio a cuatro obispos por lo que incurrieron en excomunión sin colegialidad que les valiera. Años después a los cuatro obispos ordenados y excomulgados el Papa Benedicto XVI les levantó la excomunión en lo que fue decisión personalísima suya y nada colegial. Aquella ruptura de la comunión le trajo sin cuidado a muchos seguidores de monseñor Lefèbvre que les llevó a una situación diremos que cuasicismática al menos por las apariencias. Aunque muchos de los que en teoría permanecían en la Iglesia estuvieran mucho menos en comunión con su doctrina y no digamos ya con su moral que los seguidores de monseñor Lefèbvre.

Esa ruptura se ha agudizado hasta extremos verdaderamente llamativos con el Papa Francisco a quienes no pocos denigran y algunos hasta no le reconocen como Papa. Al respecto siempre he sostenido dos para mí verdades. El Papa hoy es Francisco. Guste o no guste. Y al Papa se le puede criticar siempre que la crítica tenga fundamento y con el respeto debido. Es una verdadera estupidez sostener que al Papa lo elige el Espíritu Santo. Y que todo lo que hace o dice es Dios quien lo hace y quien lo dice.

El análisis exhaustivo de todas las sesiones, de sus intrigas y manejos, de los protagonistas de los mismos y de las oposiciones es verdaderamente una historia nunca escrita. Sin restar importancia a algunas obras de la misma línea ya citadas verdaderamente capitales.

De todo ello da cumplida reseña el profesor De Mattei en un relato brillantísimo y que me parece de inexcusable lectura por parte de quien quiera conocer la realidad del Segundo Concilio Vaticano y de sus consecuencias en la Iglesia de hoy. Que las sigue teniendo aunque hoy ya nadie lo lea o lo cite.

El libro tiene más cuestiones importantes y algunas de enorme actualidad. El Concilio, a más de medio siglo de su clausura, parece hoy, como decimos, más que olvidado. Sobre todo tras su inmenso fracaso. La primavera eclesial que prometió desde la infantil ingenuidad de Juan XXIII ha sido un invierno helado y prolongado que apenas ha dejado nada vivo. Sin embargo el mar de fondo que lo removió sigue hoy amenazando a la Iglesia y todavía más crecido. Sin duda para llevarse lo poco que todavía queda.

En la Iglesia que afrontó el Concilio seguía vivísimo el virus modernista con el que San Pío X, pese a todos sus esfuerzos, no consiguió acabar. Los nombres que hemos citado, y otros muchos, estaban dispuestos a imponer los principios que la Iglesia había reprobado pero que seguían vivos y con notabilísima fuerza. Tanta que hasta impusieron la mayoría de sus postulados. El relato de Mattei es concluyente. Y no cabe echarle las culpas a un espíritu del Concilio que no se había celebrado ni a una malvada misa modernista pues todos los implicados sólo celebraban la de San Pío V.

También analiza el profesor italiano el posconcilio hasta 1978, año del fallecimiento de Pablo VI. El Papa murió habiendo comprobado el tristísimo resultado de sus ilusiones con angustia evidente. El asesinato de su amigo Aldo Moro fue el último sorbo a un cáliz muy amargo que tuvo que apurar. Su también cercanísimo Maritain, tan presente asimismo en el Concilio, había hecho pública confesión de su desencanto preocupado con su Le paysan de la Garonne publicado ya en 1966, cuando el Concilio estaba recientísimo. El amarguísimo reconocimiento del Papa Montini de que el humo de Satanás había entrado en la Iglesia creo que es manifiesta confesión de su fracaso. Cuarenta años después ese humo es todavía más denso y más irrespirable. Del Concilio y de su “espíritu” proviene en buena parte.

Recomiendo muy vivamente su lectura. Aunque más de un lector se asombrará de lo que fue aquello. Aunque en estos días en los que vivimos ya haya muchos que no se asombren de nada. Ni de abismos de abyección.

La Iglesia, después del Concilio y de su “espíritu”, nada santo por cierto, se encuentra ante una de las mayores crisis que ha padecido en 2.000 años. Y en la que la mentira parece reinar en la misma. Citaré una sola que nos repiten todos los años. Y que a fuerza de tramposa ya no se cree nadie, tampoco el Papa Francisco, aunque muchos la repiten como mantra tranquilizador. Somos mil millones y un pico largo y creciendo. Pues somos unos cuantos cientos de millones y bajando.

No se puede considerar católico al que fue bautizado pero que lleva muchos años sin pisar una iglesia y reniega públicamente de la misma, de su doctrina y de su moral. Eso es un autoengaño , que no lo creo, y una estupidez con la que se quiere enganchar no se sabe bien en qué a Pichotes y Abundios.

Libros como el del profesor de Mattei contribuyen a poner las cosas en su sitio aunque el sitio sea tan malo. La culpa evidentemente no la tiene el libro sino quienes nos han llevado a él.

Léanlo quienes no lo hayan leído y divúlguenlo los que lo compartan. Es una obra pro Ecclesia.

 

InfoVaticana –  

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