Esto me lo dijo Doña “Chita” Santucci al terminar la celebración del Jueves Santo, en la vereda de la Iglesia de mi pueblo. No es teóloga recibida, pero sabe mucho de las cosas de Dios, con sus ochenta y siete años, su cara cara surcada por arrugas profundas, su buen porte y su absoluta lucidez.

Quienes por estos días vivimos en ciertas ciudades de la Argentina y queremos asistir a una celebración verdaderamente católica,  debemos ingeniarnos para viajar a lugares distantes. Jueves y Viernes Santo fui a mi pueblo natal, a menos de una hora de viaje de casa, sabiendo que el cura del lugar es un hombre piadoso y de Fe, que celebra dignamente el Novus Ordo. Sin guitarras, con un cancionero razonable, con incienso, respetando el canon y predicando un sermón con contenidos teológicos.

Al finalizar la Misa, luego de  trasladar –con mucho recogimiento- el Santísimo Sacramento desde el altar al monumento de adoración, el sacerdote rezó el Tantum Ergo en latín. Quien siguió toda la secuencia, orando con absoluta soltura fue Doña “Chita”, ante el silencio ignorante del resto –incluido quien esto escribe-.

Al salir a la vereda entablé diálogo con la anciana –quien me conoce desde que nací-, destacándole la admiración –y emoción- que me produjo verla rezar en latín, y le pregunté cuánto recordaba de las viejas celebraciones. Me respondió:

Me  acuerdo completa toda la Misa antigua, así como los responsos,  Regina Caeli,  Tantun Ergo y las demás oraciones.

-¿Y añora esos tiempos?, inquirí

Por supuesto. Para estas fechas de Semana Santa la iglesia estaba colmada con mucha gente que quedaba  afuera del templo; en las calles había montones de sulkys, carruajes y caballos de la gente que se llegaba desde el campo.

Para rematar -antes de irse del brazo de su hija- concluyó:

Ahora todo cambió, pero mi religión es la de antes.

Mi abuela – Doña Fenicia Tittarelli-, nacida a principios del siglo XX y fallecida hace menos de una década, siempre tenía otra afirmación tremenda: -“Ya no hay más católicos”. Y me contaba, apenada, que del templo habían sacado muchas imágenes de santos, que ya no se rezaba en latín, que las mujeres iban sin mantilla y con hombros descubiertos, que no se respetaba el ayuno antes de comulgar, que los fotógrafos invadían los bautismos y que los sacerdotes todo lo toleraban. Pero lo que más la irritaba eran los curas en mangas de camisa.

Mi generación nació con el Concilio Vaticano II y recién por estas épocas, luego de los desquicios que se fueron dando en la Iglesia Católica, estamos conociendo el tesoro de la Tradición. Al principio pensaba que la queja de mi abuela se debía a la muletilla que todo tiempo pasado fue mejor, pero sin dudas que ella -que hasta su muerte rezó el Santo Rosario en latín- como su amiga “Chita” sufrieron el tremendo cambio que significó, incluso, hasta la reforma material (y brutal) de los templos.

No quiero mentir, ni mentirme, pensando que hace medio siglo mi pueblo era una representación de la Cristiandad medieval, porque es una sociedad que se nutrió de muchas corrientes inmigratorias, entre ellos italianos garibaldinos y vascos ateos que nada querían saber con el catolicismo. Pero la presencia de la Iglesia no pasaba desapercibida. Había un luto respetuoso en Semana Santa, incluso de los no creyentes. Y el cura era autoridad.

Hoy el pueblo –de algunos pocos miles de habitantes- se ha modernizado grandemente. Calles asfaltadas e iluminadas, construcciones modernas, además de todos los servicios públicos de cualquier ciudad desarrollada. Pero el templo generalmente está  casi vacío. Unas sesenta personas dieron el marco a las celebraciones. Al mismo tiempo una secta evangélica acampó en un parque y convocó casi el mismo número, con música bullanguera y pantalla gigante. También por esos días llegó al pueblo, promocionado por una radio del lugar, un monje tibetano que invitaba los habitantes “a armonizar su existencia”, previo pago de cuatrocientos pesos.

Gran parte de la población se había tomado la Semana Santa para vacacionar, al igual que otros dos millones de argentinos. Entre los que se quedaron había reuniones en bares y casas de familia, sin escatimar música, jolgorio y asados.

Como en todos lados de nuestra patria los católicos practicantes son una pequeña minoría. Al regresar a mi ciudad las colas para asistir al estreno cinematográfico de “Rápidos y Furiosos 7” llenaban varias cuadras. Un cálculo rápido –y optimista- nos permite concluir que no más de dos o tres por ciento de la población participó activamente del culto en el Triduo Pascual.

Las dos ancianas que mencioné –quienes tal vez ni concluyeron la escuela primeria-  advirtieron que una religión suplantó a la otra.

Y –digo yo- que “a la de antes” se la prohíbe y persigue, pues como bien me lo advirtió el Sacristán de mi pueblo, al escuchar mi conversación con la viejita, que no se llegue a enterar al Obispo del uso del latín porque el cura correría la misma suerte que otros sacerdotes que se empeñan en mantener la Tradición y que ya fueron “misericordiados” con arbitrarios traslados.

Mientras el episcopado argentino se jacta de ser “faro para el mundo” (según escuchó el Profesor Maquiaveli de boca del ordinario del lugar) y estima que se está viviendo una nueva primavera eclesial, la gente viaja, se divierte, sale y está ajena a la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero la “porción del Pueblo de Dios” que va de los cuarenta a los setenta años se encuentra totalmente imbuida del “espíritu del concilio”, situación que se agrava en damas piadosas que conjugan, sin complejos, adoraciones eucarísticas con misas carismáticas que son verdaderas celebraciones protestantes. Esta “porción” mira con desconfianza –o directamente rechazo- todo atisbo de restauración tradicional.

Pero Doña Chita dijo algo esperanzador: su religión aún “Es”, aunque sea de muy antes. Afortunadamente algunos religiosos y laicos –muchos de ellos jóvenes- aún sostienen el Tesoro de la Tradición, que bien valoran los muy ancianos que conocieron la Iglesia preconciliar.

Hildebrando Tittarelli