Estimado sì sì no no,

en el año académico 1967-68, en la facultad de Letras de la Universidad de mi ciudad, tuve que estudiar un curso monográfico de literatura latina dedicado por el docente al género literario del mimo en la época de Julio César (siglo I a. C.). En unas lecciones de un aburrimiento infinito, el profesor ilustró lo que queda de la obra de Décimo Laberio y Publilio Sirio: el primero era un “caballero romano”, que vivió entre el 106 y el 43 a. C.; el segundo era un esclavo venido de Antioquía – de donde su nombre de Sirio – y más tarde liberado y circundado de celebridad. Gracias a ellos, en la comedia entró el mimo, breve acción escénica burlesca de carácter realista-popular, a menudo y pronto inclinada a la obscenidad, dispuesta a llevar a la escena los hechos y las bromas y los juegos más triviales, aquellos que, por ejemplo, se hacían en las tabernas y en los cuarteles sobre la piel de los más débiles.

Podía suceder que el mimo contuviera elementos sentenciosos, tomados de los hechos representados, aptos para transmitir no tanto sabiduría – que de sabiduría no se puede hablar – sino las normas comunes de la plebe, “un saber hacer” popular, que no ahorraba el sarcasmo y los dardos a los poderosos del tiempo, siempre dispuestos, entonces como hoy, a hacer daño y lentos para beneficiar.

El mimo se distinguía de las demás representaciones teatrales porque los actores aparecían sin máscaras, más aún, a menudo vestidos casi solo de su piel, fueran varones o mujeres. Famoso es el episodio del encuentro de los dos mimógrafos citados, Laberio y Publilio, en el 46 a. C., cuando César, para vengarse de las satíricas alusiones con las que había sido señalado por Laberio, quiso que el viejo caballero romano aceptase el desafío de su adversario y pisara personalmente el escenario como comediante.

En aquel curso universitario de letras italianas, aprendimos que de la obra de Laberio habían quedado solo algunos fragmentos (por suerte), mientras que de Publilio habían llegado hasta nosotros sus sentencias (¡lo gnómico!), todo recogido por el docente en un libraco titulado precisamente Mimo e gnome / Mimo y gnoma, que tuvimos que estudiar entre bostezos. Pasado el examen y archivado en el trastero aquel texto (ahora desde hace muchos años acabado en el cubo de la basura), como de costumbre, me hice una pregunta, si acaso algo de aquel libro, de la obra de aquel libro, de la obra de aquellos dos escritores menores, tuviera algo que ver con Jesús. Del Beato Contardeo Ferrini (1859-1902), profesor eximio de universidad, había aprendido ya a referir todo a Jesús, porque Christus venit semper (Cristo viene siempre): es necesario descubrirlo y verlo por todas partes, porque Él lo llena todo.

Pero no obtuve una respuesta inmediata. Algunos años después, leyendo la obra historiográfica y exegética de Carster Peter Thiede, descubrí que aquellos mimos “al estilo de Laberio” eran representados también a pocos kilómetros de Nazaret, en al cercana ciudad de Séforis, surgida en los años de la vida oculta de Jesús por obra de Herodes y de los gobernadores romanos, ciudad donde parece que el mismo José, esposo virginal de María Santísima y padre putativo de Jesús, trabajó como carpintero. Jesús mismo supo con certeza de estas representaciones, también porque los piadosos israelitas eran invitados por la Ley (“No cometerás actos impuros”) a desertar de aquellos ambientes públicos donde los cuerpos se convertían en objeto de placer y de diversión colectiva. Jesús, el joven Jesús, todo de Dios, más aún, Hijo de Dios, Candor de Luz eterna, el Virgen y el Santo por excelencia, tuvo que sentir indignación y reprobación, también por que había quien, entre sus correligionarios, no se abstenía de “ir a ver” lo que sucedía en los teatros de los romanos ocupadores.

Pero hay más aún. C. P. Thiede ilustra cómo Jesús, en la noche entre el jueves y el viernes antes de su muerte en la cruz, precisamente como narran los cuatro Evangelios, sufrió sobre Sí la truculencia de los guardias del Sanedrín  y de los soldados romanos, como era ejercida en los cuarteles contra los últimos llegados o los más jóvenes y representada en los mimos en el teatro, también en el teatro de Séforis. Los insultos y los esputos, los golpes propinados a Jesús, haberlo despojado de sus vestidos y revestido de una tela de púrpura, su coronación de espinas, las burlas contra Él por parte de los soldados era lo que el peor mimo pagano llevaba al escenario.

Pero Jesús, tratado por reyes con burla y como loco, despojado, revestido de una tela purpúrea, como para un juego macabro, abofeteado y escupido, golpeado a muerte, los venció a todos con la pureza de su amor, de su sacrificio, de su Cuerpo santísimo ofrecido como Víctima, en la certeza absoluta y divina de que nadie le habría podido nunca acusar de pecado. En una palabra, “el mimo de Laberio” sufrido por Jesús por la locura de sus enemigos torturadores, es transfigurado por Él en redención del mundo, en divina realeza sobre las almas y sobre las naciones. La mísera sentenciosidad popular de Publilio, el “gnoma” del esclavo antioqueno, todo es superado por la vida y la doctrina sublime de Jesús, Camino, Verdad y Vida.

Incluso el miserable “mimo y gnoma” esperaba a Jesucristo, el compendio y el cumplimiento de todo, “Christus venit semper”.

Tarcisius

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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