EL TESORO ESCONDIDO DE LA SANTA MISA

II. NECESIDAD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA PARA APLACAR LA IRA DE DIOS.

Por San Leonardo de Porto Maurizio

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7. ¿Qué sería del mundo si llegase a verse privado del sol? ¡Ay! No habría en él más que tinieblas, espanto, esterilidad, miseria horrible. Y ¿qué sería de nosotros faltando del mundo la Misa? ¡Ah! ¡desventurados de nosotros! Estaríamos privados de todos los bienes, oprimidos con el peso de todos los males; estaríamos expuestos a ser el blanco de todos los rayos de la ira de Dios. Admíranse algunos al ver el cambio que, en cierta manera, se ha verificado en la conducta de la providencia de Dios con respecto al gobierno de este mundo. Antiguamente se hacía llamar: El Dios de los ejércitos. Hablaba a su pueblo en medio de nubes y armado de ra­yos, y de hecho lo castigaba con todo el rigor de su divina justicia. Por un solo adulterio hizo pasar a cuchillo veinticinco mil personas de la tribu de Benjamín. Por un ligero senti­miento de orgullo que dominó al rey David, por contar su pueblo, Dios le envió una peste tan terrible, que en muy pocas horas perecie­ron setenta mil personas (1). Por haber mirado los betsamitas el Arca Santa con mucha curiosidad y poco respeto, Dios quitó la vida a más de cincuenta mil (2). Y ahora, he aquí que este mismo Dios sufre con paciencia, no sólo la vanidad y las ligerezas de la incons­tancia, sino también los adulterios más as­querosos, los escándalos más repugnantes y las blasfemias más horribles, que un gran número de cristianos vomitan continuamente contra su santo nombre. ¿Cómo, pues, se concibe esto? ¿Por qué tal diversidad de con­ducta? ¿Nuestras ingratitudes serán hoy más excusables que lo eran en otros tiempos? No, por cierto; antes al contrario, son mucho más criminales en razón de los inmensos beneficios de que hemos sido colmados. La verdadera causa de esa clemencia admirable por parte de Dios es la Santa Misa, en la que el Cordero sin mancha se ofrece sin cesar al Eterno Padre como víctima expiatoria de los pecados del mundo. He ahí el sol que llena de regocijo a la Santa Iglesia, que disi pa las nubes y deja el cielo sereno. He ahí el arco iris que apacigua las tempestades de la justicia de Dios. Yo estoy firmemente per­suadido de que sin la Santa Misa, el mundo a la hora presente estaría ya abismado y hu­biera desaparecido bajo el inmenso peso de tantas iniquidades. El adorable Sacrificio del altar es la columna poderosa que lo sostiene.

De lo dicho, pues, hasta aquí, bien puedes deducir cuán necesario nos es este divino Sacrificio; mas no basta el que así sea, si no nos aprovechamos de él en las ocasiones. Cuando asistimos, pues, a la Santa Misa, de­bemos imitar el ejemplo del célebre ALFONSO DE ALBUQUERQUE. Viéndose este famoso conquistador de las Indias orientales en inmi­nente peligro de naufragar con todo su ejérci­to, tomo en sus brazos un niño que se hallaba en la nave, y elevándolo hacia el cielo, dijo: “Si nosotros somos pecadores, al menos esta tierna criatura libre está ciertamente de pe-cado. ¡Ah, Señor! por amor de este inocente, perdonad a los culpables”. ¿Lo creerías? Agradó tanto al Señor la vista de aquel niño inocente, que, tranquilizado el mar, se trocó en alegría el temor a una muerte inminente. Ahora bien; ¿qué piensas que hace el Eterno Padre cuando el sacerdote, elevando la Sa­grada Hostia entre el cielo y la tierra, le hace presente la inocencia de su divino Hijo? ¡Ah! Ciertamente su compasión no puede resistir el espectáculo de este Cordero sin mancha, y se siente como obligado a calmar las tempes­tades que nos agitan y socorrer todas nues­tras necesidades. No lo dudemos; sin esta Víctima adorable, sacrificada por nosotros primeramente sobre la cruz, y después todos los días sobre nuestros altares, ya estaría decretada nuestra reprobación y cada cual hubiera podido decir a su compañero: ¡Hasta la vista en el infierno! ¡Si, sí, hasta volver a vernos en el infierno!… Pero, gracias al tesoro de la Santa Misa que poseemos, nues­tra esperanza se reanima, y nos asegura de que el paraíso será nuestra herencia. Debe­mos, pues, besar nuestros altares con respeto, perfumarlos con incienso por gratitud, y sobre todo honrarlos con la más perfecta modestia, puesto que de allí recibimos todos los bienes. No cesemos de dar gracias al Eterno Padre por habernos colocado en la dichosa necesidad de ofrecerle a menudo es-ta Víctima celestial, y todavía más por las utilidades inmensas que podemos reportar si somos fieles, no solamente en ofrecerla, sino en ofrecerla según los fines para que se nos ha concedido tan precioso don.

Notas:

(1) Par. 21, 1-17. (N. del E.)

(2) 1 Sam 6, 19. Sabre este pasaje, véase:
“Sin duda los betsamitas miraron el Arca con curio­sidad registrando su contenido y tocándolo todo lo cual estaba prohibido hasta a los levitas (Núm. 4, 5 y 20).
El número elevado de cincuenta mil muertos en una pequeña ciudad se debe a un error del copista. Flavio Josefo habla de setenta muertos”. (Nota de Straubin­ger).
“El texto masorético y la Vulgata ponen aquí un ‘estrago de setenta varones por un lado y cincuenta mil por otro, muertos por mirar el arca. Se impone la corrección del texto según la versión de los LXX, que reduce los muertos a setenta”. (Nota de Nácar-Colunga). (N. del E.).