[Imagen: San Clemente, Papa mártir]

Se han propuesto muchas teorías acerca del modo en que la Iglesia Católica podría salir de la actual crisis en que se encuentra. Me referiré a algunas de ellas y luego propondré la mía.

Reformar el laicado
Algunos sugieren que si el laicado estuviera mejor catequizado la iglesia podría salir de la crisis actual, ya que podría brindar mejores candidatos a la iglesia para la formación sacerdotal. Estos luego se convertirían en sacerdotes ortodoxos, obispos y hasta papas. Si bien una mejor catequización del laicado y mejores candidatos para el sacerdocio son muy importantes, esto solo no solucionaría la situación en que se halla la Iglesia.

¿Por qué? Porque la iglesia necesita sobre todo la ecclesia docens (la iglesia docente, es decir, a los obispos) para que la ecclesia discens (la iglesia que aprende, es decir, el laicado) sea bien catequizado. Hay mucho que algunos laicos podrían enseñar sobre la fe a otros laicos, pero se necesita el magisterio para sopesar aspectos actuales de doctrina y práctica, que no se han tratado en el pasado, pero son de vital importancia para permanecer firmes en la fe (de aquí la necesidad de un magisterio vivo).

Además, el laicado puede producir candidatos ortodoxos dignos de ingresar en el seminario pero si el seminario tiene gente que rechaza a los candidatos ortodoxos y sólo acepta a los candidatos disidentes esta teoría no funcionaría. Evidentemente, para que se produzca un cambio serio es crucial una reforma en la jerarquía.

Reformar a los sacerdotes
Esta teoría sostiene que el saneamiento de la crisis actual será posible mediante sacerdotes ortodoxos. Como mencionamos antes, existe el problema de la admisión de los candidatos ortodoxos al seminario, pero suponiendo que se produjera esta reforma con sacerdotes ya ordenados, aún no sería suficiente. Si un sacerdote se pusiera a “reconstruir la casa” en su parroquia, es decir, no permitiera al laicado llevar la batuta, celebrara la misa tradicional, predicara acerca de la conversión y de la necesidad de creer en Cristo y su Iglesia Católica como único medio de salvación, recibiría un llamado al día siguiente y sería silenciado o reducido al estado laical. Esto no significa que no tengamos necesidad de mejores sacerdotes; significa que no alcanza con reformar a los sacerdotes.

Reformar a los obispos
Algunos creen que si los obispos fuesen más ortodoxos la iglesia podría salir de la crisis actual en que se encuentra. Esto es controvertido porque tan pronto como un obispo intente reformar la iglesia en su diócesis, de acuerdo con los parámetros de ortodoxia normales, sería apartado por sus hermanos obispos, quienes rápidamente se dirigirían al Santo Padre y pedirían su remoción del cargo.

Imagínense si un obispo les dijera a todos sus sacerdotes disidentes que se vayan a casa, retornara a la liturgia tradicional, y comenzara a predicar la fe católica (que inevitablemente incluye un llamado al arrepentimiento del pecado y la exclusividad de la salvación sólo en la Iglesia Católica), se notificaría al Papa inmediatamente y se presionaría para removerlo de su puesto ( y hasta el momento los disidentes han obtenido todo lo que querían en este aspecto). Está visto que ésta no sería tampoco la solución del problema de la crisis actual.

Un Papa mártir
Parecería que la única esperanza real para un cambio serio (con excepción de una intervención divina) es que un Papa “reconstruya la casa”. ¿Por qué un Papa? Porque el Papa tiene el poder de hablar claramente sobre la doctrina y la práctica sin la posibilidad de ser removido, puede definir dogmas infaliblemente, excomulgar a los disidentes, reducir al estado laical a los clérigos rebeldes, etc. Sin embargo sin un Papa que quiera implementar cambios de radicales con mano firme, la iglesia permanecería atrapada en la crisis actual por los motivos ya mencionados.

¿Cómo podría un Papa reconstruir la casa en forma eficaz? Se podría lograr de la siguiente manera: El Papa podría encerrarse en una habitación con un fuerte dispositivo de seguridad y un catador de alimentos, redactar una lista de obispos disidentes del mundo y reducirlos a todos al estado laical inmediatamente. Luego podría reunir a un grupo selecto de clérigos bien ortodoxos, conocidos por oponerse férreamente al error, y emplearlos en encontrar nuevos candidatos para reemplazar a los obispos recientemente reducidos al estado laical.

Luego podría redactar una carta para todos los obispos que queden en el mundo para informarles que tienen una semana para reducir al estado laical a todos los sacerdotes disidentes en sus diócesis.

El Papa podría establecer un grupo selecto de clérigos sumamente ortodoxos para recibir cualquier queja contra herejías por parte de clérigos. Si existiera suficiente evidencia para demostrar que aún quedan obispos o sacerdotes disidentes en una diócesis, esto se llevaría ante el Papa quien inmediatamente reduciría al estado laical a tal obispo o sacerdote disidente.

Posteriormente el Papa podría escribir un nuevo syllabus de errores, condenando todos los errores de la iglesia moderna. También podría establecer una ley que obligue a todos los obispos y sacerdotes a celebrar exclusivamente la Misa Tridentina bajo pena de pecado mortal y reducción al estado laical (este Papa podría considerar la reforma de la Misa determinada por el Concilio Vaticano Segundo nula y sin efecto). Se podría otorgar un cierto tiempo para que aprendieran latin los sacerdotes que no lo conocieran. Mientras tanto se les permitiría decir la Misa Tridentina en su lengua vernácula pero sólo dentro del tiempo estipulado para el aprendizaje del idioma.

El Papa podría entonces crear otra comisión compuesta enteramente por clérigos verdaderamente ortodoxos para determinar qué actos de los anteriores Papas post conciliares necesitan ser declarados nulos. Después de esto se podría dirigir a todo el mundo con un documento llamando a todo el mundo a arrepentirse de sus pecados, a creer sólo en Cristo y a convertirse a la Iglesia Católica como la única esperanza de salvación.

Es cierto que, aún con el mejor dispositivo de seguridad, dicho Papa sufriría el martirio, pero antes habría puesto en marcha cambios serios, que permitirían a la iglesia superar la crisis actual. Es seguro que si tuviera lugar tal reforma, la iglesia se haría más pequeña de la noche a la mañana. Pero ¿no sería mejor tener una iglesia más pequeña compuesta casi en su totalidad por católicos con temor de Dios que una iglesia grande que arrastra mayormente peso muerto -que prácticamente la ha paralizado en su capacidad para llevar a cabo su misión? Quizás este sólo sea un sueño imposible de un laico católico naif, pero todavía espero contra toda esperanza que Dios algún día nos envíe un Papa así.

Michael Lofton

[Traducción Romina R. Artículo original]