O, gente mía, / ¿pueden oír el llamado del viento que aúlle /y el balar de las ovejas?  ¿Pueden ver el cielo oscurecido /y  lo atenuado de la luna? / ¿Pueden oír a las mujeres llorar cuando el fuego quema /y los niños lloran / y las flechas vuelan /y los muros se derrumban?

Primera Parte

Las madres cristianas: el blanco principal del infierno

La cultura católica está arruinada. Ha sido puesta patas arriba, vuelta del revés. Nada significa ya lo mismo. Nada tiene sentido. Hay una batalla en nuestras mentes y la Iglesia Militante está perdiendo. No hay deseo de luchar, no hay estandarte para cargar, no hay trompetas que hacer sonar ni cornetas que tocar. El mundo católico ha sido hundido. El abandono está imparable como un toro por la ciudad.

Esto no pasó de la noche a la mañana y no empezó con el Concilio Vaticano II. La muerte de la cultura católica es el resultado de décadas, de incluso de siglos, de tendencias filosóficas idiotas, de literatura degenerativa y, por más insignificante que parezca, la negación del sentido común[1]. Durante mucho tiempo, la gente católica estaba protegida de estos asaltos intelectuales y culturales; había enseñanzas claras en contra del error; había advertencias e interdictos y excomuniones. Los pastores hacían su trabajo; se mantenían a los lobos acorralados.

Pero eso cambió. La sociedad católica perdió su filo, su distinción. Escasamente difiere de la cultura predominante. Las actitudes, las costumbres, las aspiraciones, todas cambiaron, todas mezcladas, fundidas en la vida global y difusa del mundo moderno.

Los seres humanos siempre han tenido la tendencia a desordenarlo todo, pero esto es diferente. Este desastre fue ideado. Engañados, atraídos por un mundo brillante, Roma les abrió las puertas a los agentes del cambio, a los que traían ideas falsas y morales degeneradas. Se le pasó la segadora por encima del cerco de protección, las viñas fueron desarraigadas y se dejaron pudrir las uvas.

La gente no hizo esto, les fue impuesta la revolución. Apresurándose a ser uno con el mundo, los revolucionarios en las altas esferas rechazaron la base de la filosofía Occidental, las enseñanzas de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino, la realidad es lo que es. Se propusieron crear una nueva realidad, una nueva comprensión, una nueva religión. Los corderos fueron puestos de lado.

La vieja religión está muerta

No quiero decir la Fe, nada puede matarla porque es Verdad, ni nadie puede destruir la Iglesia. Tenemos la promesa de Nuestro Señor en eso. Quiero decir religión.

La vieja religión está muerta.

Nuestra fe católica es lo que creemos. Nuestra religión católica es cómo vivimos.

Es por esto que usamos el término católico practicante. Pero, ahora, la gente ha perdido la distinción, han perdido el significado de las palabras o han juntado todo como un sinónimo amorfo. Dicen que es todo lo mismo. Pero no lo es. La fe es el alma del catolicismo, su corazón y su mente; la religión es su cuerpo.

La palabra religión viene del latín religare que quiere decir unir fuertemente. Originariamente, se refería al estado monástico en la cual la gente estaba atada por votos, (aún se usa en este sentido cuando decimos cosas como “Él ha entrado en la religión” o “Ella es una religiosa”). Después, la palabra se extendió para referirse al estado general de la gente unida por un credo o creencia, una ley y una disciplina en común, en vez de votos formales. Indicó una creencia en lo divino e impuso una obligación moral. La religión es en sí misma una regla de vida.

Eso es lo que se ha matado: nuestra forma de vida católica.

El cumplimiento de la predicción diabólica de Alta Vendita[2] se levanta amenazadoramente delante de nosotros: «Habrán predicado una revolución en la tiara y en el aguantarse, marchando con la Cruz y con el estandarte; una revolución que necesitará sólo un poco de empuje para hacer arder las cuatro esquinas de la Tierra….Nuestro fin último es el de Voltaire y de la Revolución Francesa: la destrucción final del catolicismo e, incluso, de la idea cristiana.»[3]

Antes del levantamiento desatado por los revolucionarios eclesiásticos, los católicos estaban  unidos  por un grupo de comportamientos, expectaciones, creencias y obligaciones. Cada uno aceptaba las regla, tanto si las seguían o no. Si marchaban con el Ejército de Cristo o se quedaban atrás, cortejando al mundo, nadie discutía las reglas. Nadie cuestionaba lo que se debía hacer para salvar las almas. El Cielo era la promesa, si es que éramos fieles.

Todo estaba dispuesto para nosotros. Cada quién tenía su lugar; cada uno de nosotros tenía su armadura y su espada. Podíamos ir a cualquier lugar en el mundo y reconocer al hermano soldado.

Pero la forma de vida católica, esa atadura compartida, ha desaparecido. Es cada uno para sí mismo; cada cual, es un ejército en sí mismo, como decía el obsoleto eslogan de reclutamiento del ejército de los Estados Unidos.

La gente dice que tenemos que mantener la tradición.

Yo digo que no podemos, se ha ido. Lo que queda de nuestra tradición es como un tronco flotando en un mar tempestuoso.

No puedes hacer tu propia tradición, la tradición es entregada como herencia. Eso es lo que significa la palabra, del latín tradere, entregar, dar en herencia. La tradición une al pasado con el presente y hace brillar una luz sobre el futuro. Sostiene a la gente unida a través del océano y de los siglos. Transciende naciones e imperios. Es por eso que la Iglesia la resguardaba, no sólo las grandes tradiciones de dogma, jerarquías y sacramentos, sino también las tradiciones de menor importancia, las cosas simples como las devociones, los calendarios y las costumbres antiguas. Santa Teresa dijo una vez que ella daría su vida por la tradición más pequeña de la Iglesia. ¿Qué diría ahora?

Si la tradición no se transmite, nada se sostiene. Eso es lo que ha pasado. No se hizo la entrega, fue dejada de lado por un paquete nuevo, un catolicismo manufacturado. Cosas preciosas, tesoros incalculables, fueron destruidas y recicladas para el hombre moderno.

Pero, ¿cómo sucedió esto? ¿Cómo se pudo desbaratar todo de este modo?

Se liberó al Ángel del Abismo.

Los primeros ataques no fueron en contra de la Fe, sino en contra de la forma de vida católica; y fueron lanzados, para el horror de aquellos que tenían ojos para ver y oídos para oír, por la jerarquía, los príncipes de la Iglesia, hasta arriba, hasta la Silla de Pedro.

Mucho antes de la imposición del Novus Ordo y de los violentos abusos, tanto morales como espirituales, se rompieron tres cosas vitales para cualquier ejército: la disciplina, la moral y la unidad cohesiva.

El primer blanco fue la mujer

¡Era tan fácil! Mientras los hombres construyen y gobiernan y luchan, las mujeres llevan la cultura. Dan la vida, la nutren y la sostienen; son las primeras maestras, las primeras en llevar el estandarte. Por lo tanto, antes de que devastara al Ejército viril de Cristo, la serpiente se deslizó por la puerta principal y envenenó al hogar.

Mientras que las mujeres hicieran las cosas que siempre habían hecho, mientras que mantuviesen el fuerte y guardaran el fuego del hogar, la cultura estaba a salvo. Pero no lo hicieron. No podían. Les fue arrebatada.

No fue la liberación femenina, el traje-pantalón y las carreras profesionales que las empujaron de su lugar de dignidad y de honor y que las hicieron esclavas de las corporaciones, de las políticas y de la industria. Esas fueron las consecuencias y no las causas. A pesar de los desvaríos, llenos de ira, de mujeres no católicas como Germain Greer, Gloria Steinem y la peor de todas, Betty Friedman, las esposas y las madres no empezaron esto; no fueron las revolucionarias.

Los devaneos de las feministas no podrían haber destruido al hogar católico y, consecuentemente, a la ciudad católica sin un ataque directo a la fundación de la fuerza hogareña: la vocación femenina. Su poder para dirigir y guiar, de gobernar su casa, de crear y enseñar, de nutrir y proteger, fue subvertido. Fue un ataque del infierno. Y vino desde arriba.

Todos fueron cogidos desprevenidos. El ataque fue tan insidioso que, al principio, nadie sabía qué estaba pasando. El Maligno, el retorcido ángel caído, el enemigo infatigable de la Iglesia, había declarado, una vez más, la guerra a la mujer. Primero, regulando la vida diaria; segunda, en los ritmos del año; tercera, y ésta es la más devastadora, en el orden de la maternidad.

Las saetas encontraron su marca y la noche cayó sobre la Cristiandad.

Susan Claire Potts

[Traducción: Tina Scislow. Artículo original]

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[1] Para entender el fondo y futuro de este desastre, hay dos libros fundamentales: La Muerte de la Cultura Cristiana, de John Serior, PhD, publicado en 1.978 y La Profecía Católica, de Yves DuPont, publicado en 1970.

[2] Es la logia más importante de Carbonari, la sociedad secreta italiana.

[3] La Instrucción. Permanente de la Ata Vendita. Impreso en Inglaterra en 1855, el mismo año el Papa Pío IX ordenó la publicación de una versión italiana anterior a la inglesa.