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No, en Portugal NO se conservará el dogma de la fe

El mundo podrá hundirse y con él la Iglesia pero hay un lugar singularmente protegido. O eso nos parece.

Lo dijo Nuestra Señora en Fátima con aquellas palabras que recogió sor Lucia en la cuarta memoria, “en Portugal se conservará siempre el dogma de la fe”. Y así Portugal se alza en el horizonte del incierto mañana como el lugar en el que, pase lo que pase, se podrá vivir la fe a pesar de las persecuciones laicistas o la locura eclesial que pueda depararnos el futuro. Como un leit motiv para la esperanza: siempre nos quedará Portugal.
No obstante, lo que voy a narrar es todavía poco conocido, pero de una dimensión enorme, más aún en estos tiempos en los que los destinos de muchas naciones están pendientes de resultados electorales, próximos o inminentes.

Ya había advertido el maquiavélico cardenal Bertone que la celda de sor Lucia era frecuentemente visitada por el Cielo. Y que por ello el misterio Fátima no se podía dar por concluso. Pero lo que calló el cardenal Bertone para vergüenza de la historia nos lo han contado las hermanas carmelitas de Sor Lucia en el no muy conocido libro de memorias que se escribió a su muerte: Um camino sob o olhar de Maria. El libro data de 2013 y si bien de su explosivo contenido algunos articulistas hemos dado cuenta, hay que reconocer el mérito al enemigo del Papa Francisco, Antonio Socci, que lo rescató a la opinión pública global.

Y sí, es cierto que existía esa hoja de una sólo cara en la que sor Lucia recogía el tercer secreto y de la que había hablado el cardenal Ottaviani o el mismísimo Mons. Venancio, entonces auxiliar del obispo de Leiria Mons. Correia da Silva, que hablaba de esas 30 ó 40 líneas. Y es cierto que esa visión del castigo que vio sor Lucia, y que tanto preocupara al Papa Juan Pablo II, es explosiva.

Pero es más cierto que el detalle inédito y quizá más importante es que en Portugal NO se conservará el dogma de la fe.

Los últimos años de vida de la última vidente de Fátima, sor Lucia, coincidieron con una atroz campaña en los massmedia y en los partidos políticos portugueses a favor del aborto. La ley del aborto fue aprobada en Portugal el año 2007. Sor Lucia murió el 2005, por lo que es de imaginar que su preocupación fuera, en esos años finales, grande. Sus hermanas de religión simplemente han narrado lo que les dijo sor Lucia viva voz en aquellos años.

Si Portugal no aprueba el aborto, entonces estará a salvo, pero si lo aprueba tendrá mucho que sufrir. Por el pecado de la persona, la persona es responsable y paga por él, pero por el pecado de la nación toda la gente paga por ello, porque los gobernantes que promulgan las leyes injustas lo hacen en nombre de las personas que los eligieron. Hoy Portugal está bajo el peso de tres pecados sociales que requieren la reparación y conversión: el divorcio, el aborto y el matrimonio civil entre personas del mismo sexo. Es una gran crisis moral que explica todas las otras crisis. Un cuerpo enfermo con gangrena mejora con los tratamientos, pero mientras que la enfermedad puede mejorar, si el tratamiento no erradica la fuente del mal, la muerte será el fin”.

En este párrafo está condensada una mirada global y certera sobre la situación civil y eclesiástica actual. Pero sor Lucia, como todas las figuras gigantes que la divina providencia en su misericordia dona a un mundo decadente, no se anda con chiquitas. Lo que estamos viendo día tras día en las televisiones, en los mítines políticos de cualquier signo, en el avión papal de Francisco -o tantas mitras- exige el mismo diagnóstico de sor Lucia: es una gran crisis moral que explica todas las otras crisis. ¿Cuál gran crisis moral? El divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual. Y es tal la crisis que sor Lucia es tajante, si el tratamiento no erradica la fuente del mal, la muerte será el fin.

Y esta gran crisis moral exige una mirada sincera y valiente a las dos realidades sobre las que transitamos los creyentes: el mundo y la Iglesia.

No podemos, entonces, y al menos en España, enorgullecernos. Hemos votado el mal menor, yo el primero, dando nuestro voto a partidos que han consentido y protegido el aborto, el divorcio y los matrimonios homosexuales (el PP como mal menor, pero otros llamados católicos directamente votando PSOE, Podemos, Ciudadanos o cualesquiera otro del arco parlamentario español que tuviera representación). ¿Qué diferencia había entre votar mal menor y mal directo? Según sor Lucia ninguna. Eligiendo a gobernantes que han promovido, defendido y legislado a favor del aborto, el divorcio y el matrimonio homosexual, hemos asumido -al igual que gritaron los judíos ante la muerte de Cristo Nuestro Señor- que su sangre, la sangre del mal causado, caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

No. No hay mal menor en la política. Hay mal y pagaremos sus consecuencias. De hecho las estamos pagando (al menos en España).

Por ello, Portugal será castigado. Por ello Portugal conservaría el dogma de la fe sólo sí hubiera sido valiente contra esa tríada monstruosa: aborto, divorcio, matrimonio homosexual. Pero los portugués, que no Portugal, eligieron la senda de la sangre. Y la sangre será derramada tal como han elegido. Pero no sólo Portugal, sino cuantas naciones han tolerado que la gangrena no sólo no sea tratada sino que sea protegida contra toda cura.

La mirada moral debería bastar, pero el examen de los tiempos políticos también hubiera bastado. Porque si hace tantos años los católicos españoles hubiéramos rechazado toda componenda política con relación a esa tríada monstruosa, luchando contra el mal menor, votando en conciencia y valientemente, no habría ni sombras de PPs, PSOEs, y similares (cuanto más aún, ni Podemos ni Ciudadanos). Pero cuanto hoy tenemos es consecuencia de aplicar ese “mal menor”. O peor aún, de formar parte de gobiernos que han tolerado, promocionado y protegido esa tríada monstruosa. Se extraña entonces el todavía ministro interino Sr. Fernández Díaz de la campaña judicial actual contra su partido. No quisiera estar en su pellejo cuando deba rendir cuentas a Dios de lo que ha hecho manteniendo vivo el monstruo del partido que dice suyo, el PP, protector de esa crisis moral que amenaza gangrena en tan marchita nación.

Pero menos aún se entiende que nuestro querido santo Padre aduzca que el señor Trump no es cristiano al tiempo que dice no opinar sobre el matrimonio homosexual por que él no hace política.

¿Política? Curiosa forma de no hacer política opinando sobre un candidato político, al tiempo que dice no opinar del matrimonio homosexual que ha sacado a la calle en Roma a dos millones de ciudadanos en contra del matrimonio homosexual sin apoyo explícito del Santo Padre, porque eso sí sería hacer política. Y ahí estuvieron, en las calles de Roma, luchando contra la gangrena sin que el Obispo de Roma ni la Conferencia Episcopal Italiana apoyaran tal valentía.

Desgraciadamente esto diferencia lo gigante de la talla de sor Lucia de la menguante talla de Francisco. Porque no le parecía política a sor Lucia, que veía en ello, en el matrimonio homosexual, uno de los tres pecados sociales que explica todas las otras crisis, y que exigía de tratamiento para evitar la gangrena.

Pero no será por Francisco, no será por nosotros, ciudadanos católicos que consentimos el mal menor, permitiendo (y algunos alentando) que esa tríada monstruosa -aborto, divorcio y matrimonio homosexual- deje de atenazar la vida de las naciones, la vida de la fe, y el futuro de la humanidad.

Por ello, en circunstancias así se entendería una llamada universal de la Iglesia a la Misericordia si tras ello hubiera ese deseo de reparación y penitencia que reclamaba sor Lucia. Pero no. Tras ello, tras esa llamada la Misericordia del presente año de la Misericordia no se ve sino una intención de reseteo mundial. Como si los pecados del pasado, del presente y del futuro que -en el decir de Ratzinger en su Spe Salvi- amenazan riesgo de colapsar, pudieran ser olvidados o borrados con un llamamiento a una Misericordia que no trata de “convertir” sino de “consentir” la vida que cada cual lleve. Como si todo pudiera, simplemente, ser borrado o cuanto menos olvidado. Como si todo pudiera recomenzar en el mismo estado en el que esté, con independencia de las consecuencias, de los daños causados, de los males que permanecen operantes.

Por ello es la Sabiduría la que merece no un año sino un lustro.

Al menos, gracias a nuestras decisiones ya no podremos mirar a Portugal en busca de un destino de última hora. Porque es posible que en Portugal NO se conserve el dogma de la fe. Y si ciertamente no son palabras textuales de sor Lucia, no cabe duda que a la luz de lo revelado por sus hermanas del Carmelo de Coimbra, es posible que esa fuera la lógica conclusión.

César Uribarri




César Uribarri
César Uribarri
Padre de familia numerosa, abogado y abogado rotal, escribe en los medios desde 2004.

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