ADELANTE LA FE

No sé rendirme

Hace días que en nuestra Patria Argentina vivimos en vilo, pendientes de la suerte de los 44 marinos tripulantes del ARA San Juan. Enhorabuena que todavía quede conciencia para causas nobles que no tienen que ver con falsos originarios sino con verdaderos defensores de la Patria dispuestos a dar la vida por ella. Casos como este conmueven las fibras íntimas de un pueblo, hace tiempo adormecido, que sólo muestra algún rasgo viril con ocasión de los mundiales de fútbol pero que la mayor parte del tiempo corre tras el consumismo idiotizante de los Ciber Monday o de los Black Friday. Con esa mentalidad reinante ¿cómo entender lo profundo del hecho que nos conmueve? ¿Cómo entender que pueden existir, hoy también, compatriotas como los de antaño que no bailan a ese compás mundialista del consumo sino que, por vocación y amor a la Patria, son capaces de dejar todo y sepultarse bajo una masa enorme de mar austral para defender nuestras fronteras? Parecen los nuestros, tiempos ajenos a la epopeya hasta que la desgracia nos sacude y nos coloca de repente ante la realidad de que el patriotismo sigue existiendo y sigue siendo una virtud cristiana. Es que debemos enseñar a las nuevas generaciones el valor de estos conceptos olvidados: patriotismo, soberanía, independencia, heroicidad.

Esta herencia sublime que habremos de depositar en el alma de las futuras generaciones. Cuando el mundo les diga que no hay nada más importante que las cosas materiales y el comprar y vender; nosotros munidos de la historia les mostraremos la virtud del patriotismo encarnado en tantos grandes hombres que con sus vidas heroicas tejieron la trama vital de la Patria. Cuando el mundo les diga que no existe el señorío, el dominio de sí y de sus pasiones, que todo vale y que el desenfreno es la regla; nosotros debemos enseñarles que los hombres y las patrias son dueños de sí, son soberanos de sí mismos, no se dejan manipular ni se someten por intereses ni comodidades. Cuando el mundo les diga que la independencia no existe, que todos estamos conectados, on line, que tener ideales los hace distintos y eso es una agresión a la enorme masa de iguales; nosotros les tenemos que mostrar que la independencia es la soberanía ad extra y que la única igualdad que vale es la que nos hace hijos de Dios, mientras en el resto de las cosas somos profundamente desiguales producto de nuestras decisiones de vivir arrastrados por la masa o dignamente parados en nuestras convicciones.

Parecería que el esfuerzo contracultural de enseñar y vivir contra corriente fuera un esfuerzo vano, imposible e impensable. Pero no es así. La historia justamente nos inspira para hacerlo, inspira nuestra capacidad de resistencia. Seguramente el San Martín de los mares, el Almirante Brown, que supo construir nuestra primera flota guerrera de la nada o el Capitán de Fragata Pedro Edgardo Giachino que supo dar la primera sangre en la recuperación de nuestras Islas Malvinas habrán sido los ejemplos inspiradores de los 44 submarinistas.

Como la gesta de la reconquista española contra el Islam invasor sigue siendo la inspiración de un puñado de patriotas que se convocaron el pasado viernes con antorchas ante la estatua del rey San Fernando III, en Sevilla. Según nos relata la crónica: “Así, las antorchas volvieron a prenderse para conmemorar la reconquista de Sevilla por Fernando III, ilustre e imprescindible gentilhombre en la Historia de la ciudad que se encuentra a orillas del río Guadalquivir. El fuego prende el fuego que aún se encuentra alojado en los corazones descontentos ante el olvido y la desidia que el mundo moderno contempla. Los discursos se sucedieron (…) y fue clara la alusión imprescindible a la fortaleza y valentía de Fernando III, hoy inexistente en la población sevillana y en España en general”. Cuando la tiranía de género somete al mundo, a Europa y a España en especial; cuando el separatismo individualista divide el alma de la nación española San Fernando III inspira la reacción encendida, como sus antorchas, de este puñado de patriotas que quieren seguir siendo fieles a la España eterna.

La Batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, desde su lejano día ha sido, sin embargo, inspiración para que un grupo de los más importantes intelectuales europeos firmara el 7 de octubre de 2017 la “Declaración de París” preocupados por el estado de salud de la política, la sociedad y la cultura europeas, cada vez más afectado por el actual proceso de secularización y la perversidad del relativismo ético. Esta declaración pública reafirma fuertemente los principios y valores fundadores de Europa. Han denunciado a los partidarios de la falsa Europa que: “repudian las raíces cristianas de Europa. Al mismo tiempo, que tienen mucho cuidado de no ofender a los musulmanes, imaginando que van a abrazar con alegría la mentalidad profana y multiculturalista. Dedicada al prejuicio, la superstición y la ignorancia, además de ser cegada por las perspectivas vanas y autoproclamadas de un futuro utópico, mediante la reflexión condicional, la Falsa Europa sofoca la disidencia. Todo, por supuesto, en nombre de la libertad y la tolerancia”. Así el espíritu de Lepanto sigue vivo hasta hoy.

El mismo espíritu que llevó al General polaco Sobieski comandando a la Liga Santa, compuesta por las fuerzas combinadas del Sacro Imperio Romano Germánico y la mancomunidad Polonia-Lituania, a derrotar el 12 de setiembre de 1683 al Imperio Otomano tras dos meses de asedio a la ciudad de Viena. Con este triunfo cristiano el poderío Otomano entró en su declive. De este modo la Batalla salvó nuevamente a Europa de la expansión islámica, hasta hoy. Ese espíritu presente en los patriotas polacos es lo que ha inspirado a quienes han celebrado el pasado 11 de noviembre la independencia polaca lograda en 1918, después de 123 años de ocupación por Prusia, Rusia, Austria y Alemania. Cuando el mundo parece creer como en un dogma en el nietzscheano “Dios ha muerto”, miles de polacos han salido a la calle a celebrar su independencia bajo el lema “Queremos a Dios”.

La historia no está muerta. Como dice Chesterton: “dejemos de leer a hombres vivos que hablan sobre temas muertos. Leamos sólo a los hombres muertos que hablan de sus tópicos vivos”, no leamos a los historiadores sino a la historia misma. Leamos en la historia lo que ella tiene que decirnos, el mensaje que en sus entrañas guarda para nosotros.  Entonces sí la historia seguirá siendo para nosotros inspiradora de nuevas hazañas.

El Papa León XIII nos dice que: “es importante (…), dedicarse con empeño a fin de que las disciplinas históricas, tan nobles como son, no se transformen en una fuente de grandes males, públicos y privados. Los hombres de bien, documentados y competentes en estas materias, deben dedicarse con esmero a escribir textos de historia con el fin preciso de hacer aparecer aquello que es auténticamente verdadero y de refutar, con doctrina, las injurias criminales que ya hace demasiado tiempo vienen acumulándose. A la endeble narración se opongan la fatiga de la investigación y la reflexión; a la temeridad de las afirmaciones, la prudencia del juicio; a la ligereza de los prejuicios, la profunda clasificación de los hechos. Con todo esfuerzo deben ser repudiadas las mentiras e invenciones, ateniéndose a las fuentes; en la mente de quien escriba esté bien presente en cada momento, que “la primera ley de la historia es que no se ose decir nada falso, ni esconder nada de la verdad[1]”.

Éste debe ser nuestro compromiso.

Esta es la fuerza de la Verdad histórica, y somos conscientes de que la Verdad es la que nos hace libres. La historia verdadera sigue así inspirándonos lecciones para el presente.

El general Palafox, duque de Zaragoza, que luchó contra los franceses durante la Guerra de la Independencia española, fue el encargado de la defensa de la ciudad de Zaragoza y de la resistencia al asedio de las tropas francesas. Cuando los sitiadores le enviaron emisarios intimándole la rendición recibieron por respuesta: “Capitular? No sé rendirme, después de muerto, hablaremos”. El ejemplo de Palafox fue seguido por el argentino Sargento Mario “Perro” Cisnero, que en su libreta de comando tenía anotada esta frase. Con esa inspiración supo hacer lo que debía en la Guerra de Malvinas y convertirse así en héroe de la Patria.

Que seamos siempre capaces de entender lo que nos enseña la historia. Que tampoco nosotros sepamos nunca rendirnos.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Patria!

Dra. Prof. Andrea Greco de Álvarez

[1]primam esse historiae legem, ne quid falsi dicere audeat, deinde ne quid veri abscondere audeat” (n. 54). La frase es de Cicerón, De oratore 2,15Cit. en: Leone XIII, Saepenumero considerantes, 18 de octubre de 1883 (con ocasión de la Apertura de los Archivos Vaticanos a los historiadores)

Andrea Greco

Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.