(Sandro Magister, L’Espresso – 4 de abril 2020) Myanmar limita con China y depende económicamente de ella. Pero esto no ha impedido que el arzobispo de la capital, Yangon, el cardenal Charles Maung Bo, critique abiertamente a su poderoso vecino.

Lo ha hecho en una declaración que ha sido hecha pública el 2 de abril en la página web de la archidiócesis.

Reproducimos a continuación la declaración íntegra. Es muy severa y detallada en su denuncia de la culpabilidad del régimen chino en la expansión de la epidemia del coronavirus,  cuyas “mentiras y propaganda han puesto en peligro a millones de vidas en todo el mundo”.

También critica duramente al régimen de Pekín y a su “omnipotente” déspota Xi Jinping por la creciente represión de la libertad religiosa, con “la destrucción de miles de iglesias y cruces y el arresto de, por lo menos, un millón de musulmanes uigures que han sido internados en campos de concentración”.

Monseñor Bo fue hecho cardenal por el papa Francisco en 2015, que viajó a Myanmar en otoño de 2017. En la rueda de prensa que dio en el vuelo de vuelta a Roma tuvo palabras muy amigables para China, precisamente mientras estaba en curso en Pekín una sesión de la comisión mixta que llevaría, al cabo de un año, al acuerdo secreto con la Santa Sede.

El problema que hay que superar –dijo el papa en esa ocasión– es “esa historia sobre la Iglesia patriótica y la Iglesia clandestina”.
Es decir, precisamente esa parte de la Iglesia china que, de manera más dramática, sufre la represión que hoy denuncia con firmeza el cardenal Bo.

 

Declaración del cardenal Charles Bo, arzobispo de Yangon, Myanmar

El viernes pasado, el Papa Francisco estaba ante una plaza de San Pedro vacía, hablando a millones de personas de todo el mundo que veían la transmisión en directo o en streaming. La plaza estaba vacía, pero los corazones están llenos, en todo el mundo, no solo de miedo y dolor, sino también de amor. En su maravillosa homilía y posterior bendición Urbi et Orbi, nos ha recordado que la pandemia del coronavirus ha unido a la humanidad. “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos“, dijo.

Ningún rincón del mundo se ha salvado de esta pandemia, ninguna vida ha quedado incólume. Según la Organización Mundial de la Salud, hay casi un millón de personas contagiadas hasta el momento. Y más de 40.000 fallecidos. Cuando esto termine, se prevé que la cifra global de muertos sea de millones.

Desde todo el mundo se alzan voces en contra de la actitud negligente mostrada por China y por el despótico partido comunista chino (PCCh) liderado por su hombre fuerte, Xi [Jinping]. El London Telegraph escribió el 29 de marzo de 2020 que el ministro de salud británico había acusado a China de ocultar las verdaderas cifras del coronavirus. Consternado, también había informado de la reapertura de los mercados «humedos», identificados como el origen de la propagación del virus. James Kraska, estimado profesor de derecho, en el último número de War on the Rocks afirma que China es legalmente responsable del COVID 19 y que las demandas podrían alcanzar cifras de miles de millones. (War on Rocks, 23 de marzo de 2020).

Un estudio epidemiológico de la Universidad de Southampton ha descubierto que si China hubiera sido responsable y hubiera actuado una, dos o tres semanas antes, el número de afectados por el virus se habría reducido en un 66%, 86% y 95%, respectivamente. Su negligencia ha desatado un contagio global que está matando a miles de personas.

En mi propio país, Myanmar, somos extremadamente vulnerables. Estamos en la frontera con China, donde apareció el primer caso de COVID-19; somos una nación pobre, sin los recursos de salud y asistencia social de las naciones más desarrolladas. En Myanmar hay cientos de miles de desplazados por el conflicto que viven en campamentos o en nuestras fronteras, sin servicios sanitarios, medicamentos o cuidados adecuados. En estos campamentos superpoblados, las medidas de “distanciamiento social” implementadas por muchos países son imposibles de aplicar. Los sistemas de salud en los países más desarrollados están abrumados, así que imaginen los peligros en un país pobre y conflictivo como Myanmar.

Examinando el daño ocasionado a tantas vidas en todo el mundo debemos preguntarnos: ¿quién es el responsable? Por supuesto, en todos los países hay criticas a las autoridades. Muchos gobiernos están siendo acusados de no haber actuado a tiempo cuando el coronavirus apareció en Wuhan.

Sin embargo, hay un gobierno que es el principal responsable, como resultado de lo que hizo y lo que pudo haber hecho, y ese es el régimen del partido comunista chino (PCCh) en Pekín. Voy a ser más claro: el PCCh es el responsable, no el pueblo de China, y nadie debe responder a esta crisis con odio racial hacia los chinos. De hecho, los chinos fueron las primeras víctimas de este virus y durante mucho tiempo han sido las principales víctimas de su régimen represivo. Merecen nuestra simpatía, nuestra solidaridad y nuestro apoyo. La represión, las mentiras y la corrupción del PCCh son las únicas responsables.

Cuando el virus apareció, las autoridades chinas ocultaron la noticia. En lugar de proteger a la población y apoyar a los médicos, el PCCh silenció a los denunciantes. Peor que eso, los médicos que intentaron dar la voz de alarma, como el Dr. Li Wenliang del Hospital Central de Wuhan, que advirtió a sus médicos el 30 de diciembre, recibieron la orden de la policía de “dejar de hacer comentarios falsos“. Al Dr. Li, un oftalmólogo de 34 años, le dijeron que lo investigarían por “difundir rumores“ y la policía lo obligó a firmar una confesión. Murió tras contraer el coronavirus.

Los jóvenes periodistas que intentaron informar sobre el virus desaparecieron. Li Zehua, Chen Qiushi y Fang Bin se encuentran entre los que se cree que fueron arrestados simplemente por decir la verdad. El experto jurídico Xu Zhiyong también fue detenido después de haber publicado una carta abierta criticando la respuesta del régimen chino. Cuando la verdad salió a la luz, el PCCh rechazó las ofertas iniciales de ayuda. Pekín hizo caso omiso al Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. durante más de un mes. Y la Organización Mundial de la Salud, a pesar de colaborar estrechamente con el régimen chino, fue inicialmente ignorada.

Además de todo esto, existe la profunda preocupación de que las estadísticas oficiales del régimen chino minimicen significativamente la magnitud de la infección en China. Al mismo tiempo, el PCCh ha acusado al ejército de Estados Unidos de haber provocado la pandemia. Las mentiras y la propaganda han puesto en peligro millones de vidas en todo el mundo.

La conducta del PCCh es índice de su naturaleza cada vez más represiva. En los últimos años hemos asistido a una intensa represión contra la libertad de expresión en China. Abogados, blogueros, disidentes y activistas civiles han sido detenidos y han desaparecido. En particular, el régimen empezó una campaña de persecución religiosa cuyo resultado ha sido la destrucción de miles de iglesias, de cruces y el encarcelamiento en campos de concentración de, al menos, un millón de musulmanes uigures. Un tribunal independiente de Londres, presidido por Sir Geoffrey Nice QC, que procesó a Slobodan Milosevic, acusa al PCCh de extracción forzosa de órganos de presos de conciencia. Y Hong Kong –antes una de las ciudades más abiertas de Asia– ha visto erosionadas dramáticamente sus libertades, los derechos humanos y el estado de derecho.

Debido a su inhumana e irresponsable gestión del coronavirus, el PCCh ha confirmado, como muchos pensaban, que es una amenaza para el mundo. China es un gran país, con una antigua y gran civilización que, a lo largo de la historia, ha aportado mucho al mundo, pero este régimen es responsable, debido a su negligencia criminal y su represión, de la pandemia que se extiende hoy por nuestras calles.
El régimen chino liderado por el todopoderoso Xi y el partido comunista chino (PCCh) –y no su pueblo– nos deben una disculpa y una compensación por la destrucción que han causado. Como mínimo, debe cancelar la deuda de otros países para hacer frente al costo del Covid-19. Por el bien de nuestra humanidad común, no debemos tener miedo a que este régimen rinda cuentas. Los cristianos creen, como dice el apóstol [Juan], que “la verdad nos hará libres“. La verdad y la libertad son los dos pilares sobre los que todas nuestras naciones deben construir bases más seguras y sólidas.

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