Del capítulo 12º de la carta de San Pablo a los Romanos:

“Vivid en armonía los unos con los otros; no seáis altivos, … nunca seáis presuntuosos. No reparéis mal con mal, sino procurad el bien ante todo; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, vivid en paz con todos los hombres… no os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien”.

San Pablo escribió estas palabras a los cristianos de Roma a modo de instrucciones sobre cómo vivir como seguidores de Jesucristo en un mundo pagano, pagano no solo en el sentido de la religión oficial de Roma sino también en el sentido de las diferentes sectas que formaban parte de la sociedad de aquel tiempo, y también reconociendo el profundo cinismo de aquellos que profesaban creencias en cierta forma religiosas, pero que en realidad no creían en nada más que en ellos mismos. Estas palabras se dirigen también a nosotros hoy día de una manera real e importante, por cuanto lo que conocemos como cultura Occidental difiere cada vez más y más de sus raíces cristianas, cuando surgen por doquier sectas de religiosos entusiastas, cuando la gente se vuelve hacia gurús de la auto-ayuda para resolver sus problemas, cuando un secularismo militante fuerza a la fe a salir fuera del espacio público y permanecer en un guetto privado, cuando los jóvenes oscilan entre una vaga religiosidad sin raíces ni contenidos, y el ateísmo.

Por su misma esencia el Cristianismo nos llama a testimoniar públicamente a aquellos que profesamos la fe en Jesucristo y su Iglesia. Como nos dice San Pablo, este testimonio debe darse siempre con humildad y de forma que trate de preservar siempre la paz, incluso con aquellos que nos provoquen o insulten. “No reparéis mal con mal, sino procurad el bien ante todo.” Me encanta esta frase de San Pablo: “procurad el bien ante todo”. Procurad el bien. Resulta evocador usar tales palabras.

Hace pocas semanas sufrimos la horrible matanza de unos periodistas franceses en París por representantes de lo que se denomina el Islam radical. Uno no puede dejar de conmoverse ante las fotografías de TV e Internet que muestran la realidad de la sangrienta carnicería que sacudió e indignó al mundo. La gran respuesta pública a esta tragedia fue la marcha de París convocada por el gobierno francés y apoyada por muchos países europeos, cuyos líderes marcharon en lo que se entendió como una muestra de testimonio al mundo, testimonio de solidaridad contra el terror, testimonio de una de las más importantes libertades de la sociedad democrática: la libertad de expresión.

La solidaridad se resumió en una frase: “Yo soy Charlie Hebdo”, el nombre del periódico francés famoso por sus tiras cómicas satíricas contra políticos y líderes religioso … todo y todos es considerado objetivo legítimo por parte de Charlie Hebdo. Al decir “Yo soy Charlie Hebdo” no solo estoy proclamando mi solidaridad con la humanidad violada de los dibujantes asesinados. No solo estoy proclamando mi solidaridad con aquellos que rehúsan doblegarse ante la amenaza del terror. Estoy también proclamando mi solidaridad con el derecho de libertad de expresión, y específicamente como era y es practicado por Charlie Hebdo.

Decidí mirar estas tiras cómicas que han concitado tanta controversia no solo en el mundo islámico sino también en el cristiano. Lo que encontré me molestó profundamente, no porque yo sea mojigato o fácilmente impresionable, sino por la deliberada crudeza y naturaleza ofensiva de los tiras. No se trata de sátira. No se trata de comentario social. Las tiras van en contra de las palabras de San Pablo: “procurad el bien ante todo.” La sátira no significa ser amable. Significa ser hiriente y así debe ser. Pero la sátira se hace sobre un rasgo sesgado de algo o alguien que ha traicionado una causa noble, algo que es profundamente hipócrita, que niega la libertad, y todo eso. La religión no es inmune a la sátira, y así debe ser. De hecho, actualmente la Iglesia Católica actúa con una saludable dosis de sátira procedente de aquellos que la aman y de aquellos que no.

En el contexto de lo que pasó en Paris, debemos pensar en lo que significa nuestro apoyo a la libertad de expresión, en lo que ésta significa. No hay aquí nadie, eso espero, que no crea que debamos ser libres de decir lo que deseemos decir sin miedo a represalias del gobierno o de grupos opuestos a nuestras creencias. Pero el hecho de que uno tenga esta preciada libertad no significa que uno pueda usarla de forma difamante e injuriosa. El papa Francisco respondió lo siguiente a una pregunta sobre la libertad de expresión y libertad religiosa: “supongamos que tú insultas a mi madre; yo te daría un puñetazo en la nariz”. Este comentario del papa, que incluso se presta a realizar cometarios, fue entendido por algunos como una denegación de la libertad de expresión sobre las creencias personales y, específicamente, de las religiosas.

Gérard Biard, el nuevo editor de Charlie Hebdo, respondió en una entrevista con Chuck Todd en la NBC a los controvertidos comentarios del papa Francisco sobre las relaciones entre la libertad de expresión y la fe religiosa con estas palabras: “Cada vez que dibujamos una tira sobre Mahoma, cada vez que dibujamos una tira sobre el Profeta, cada vez que dibujamos una tira sobre Dios, estamos defendiendo la libertad religiosa. Nosotros declaramos que Dios no debe ser una figura pública o política. Debe ser una figura privada. Nosotros defendemos la libertad religiosa. Si, también es libertad de expresión, pero se trata de libertad religiosa. La religión no debe ser un asunto político. Si la fe y los asuntos religiosos entran en la arena política, se convierten en algo totalitario. El secularismo nos protege de todo esto. El secularismo garantiza la democracia y asegura la paz. El secularismo permite a los creyentes y no creyentes vivir en paz, y esto es lo que nosotros defendemos.”

No. Está usted terriblemente equivocado, M. Biard. Yo no soy Charlie Hebdo. Yo soy un cristiano católico que deplora la violencia y que ama la paz y cuyo corazón se rompe por aquellos que fueron asesinados y por sus familias; y alguien que entiende que el pecado está realmente en el mundo y que se manifiesta muy a menudo con violencia. Yo soy un cristiano católico que se entristece por una cultura que ha olvidado que la sangre de Dios encarnado fue derramada por los pecados del mundo, que ha olvidado lo que significa y lo que exige el amor. Yo soy un cristiano católico que sabe que la “libertad, igualdad y fraternidad” nunca puede entenderse o basarse en el homo-centrismo sin dios que impregna la cultura contemporánea de Europa, y que cada vez más está presente en este país. Libertad, igualdad y fraternidad nunca puede ser el resultado o el producto de un sistema político de pensamiento donde “je suis” está por encima del “nous sommes”, donde “yo soy” está por encima del “nosotros somos”. Sólo con una cultura basada en la verdad de la fe cristiana, una verdad que no es un sistema sino una persona, una persona que es Dios en la carne; sólo con una cultura, con una civilización que estén verdaderamente imbuidos de la verdad de la fe cristiana y su moral, que exige que esté basada en el amor de Dios al hombre; sólo así puede entenderse lo que es libertad verdaderamente, lo que es igualdad verdaderamente, lo que es la fraternidad verdaderamente.

Aquella enorme concentración de París después de la terrible masacre de los periodistas, ¿qué significó al final? ¿Solidaridad con los periodistas, mostrando resolución ante el terror? Sí. ¿Pero defendiendo la libertad de expresión? ¿Es ésta la libertad por la que murieron en suelo europeo aquellos que lucharon en las dos guerras mundiales? ¿Libertad para ridiculizar de forma cruda y escatológica las creencias religiosas de aquellos con quienes afirman estar ligados y a quienes llaman sus hermanos en la fraternidad?

Comparad la concentración y manifestación de París con la encabezada en Selma por Martin Luther King. Los que se manifestaron en París lo hicieron de una forma sentimental autocomplaciente, pero que realmente no tenían nada que perder con su participación. Sin embargo, la manifestación de Selma estuvo motivada por un profundo sentimiento cristiano de libertad, igualdad y fraternidad, que estaba en profundo conflicto con la sociedad en la que vivían los que se manifestaron, una sociedad que irónica y trágicamente se llamaba cristiana a sí misma, pero que en realidad negaba el significado de la Cruz de Cristo y de la libertad de la Cruz, comprada en nombre del Amor. Y costó, costó muchísimo participar en la manifestación de Selma. Fueron insultados, escupidos, algunos fueron golpeados y muchos fueron a la cárcel. Pero ellos sabían que por lo que se manifestaban, por lo que luchaban, era verdad, no porque esto fuera parte de su ideología sobre la libertad, sino porque el centro de su causa era el Dios que les amaba a ellos y a sus enemigos de tal manera que murió por ellos para que fueran libres. “Por la libertad Cristo te ha hecho libre”, dice San Pablo.

Esto no es solamente religión, no es solamente una creencia privada. En breves momentos nosotros, vosotros y yo, afirmaremos en esta iglesia que somos cristianos católicos y que, por lo tanto, somos hombres y mujeres libres de participar en todos aquellos actos que nos hacen libres; como cuando participamos en el Sacrificio del Hijo al Padre, que compró nuestra libertad al mayor coste posible, no sosteniendo el cuchillo como con Abraham e Isaac; como el Calvario que este altar representa y la gracia vivificante que se derrama y nos envuelve a todos por la aceptación del sacrificio del Hijo por el Padre, altar gloriosamente tocado por la gracia, perdido en la maravilla, en el amor y en la alabanza.

Padre Richard Cipolla

[Traducido por Alberto Torres Santo Domingo. Artículo original]