Tenemos ya tres pilares que se están levantando en nuestro edificio espiritual: la oración, el sacrificio y la Eucaristía. Comenzamos hoy a levantar el penúltimo: las virtudes. De este modo, la semana próxima acabaremos, si Dios quiere, con el último pilar: la devoción a María y a los santos.

No podemos hablar de todas las virtudes, pues nos llevaría mucho tiempo; es por ello que hablaremos de las dos virtudes más importantes y necesarias para nuestra edificación, y me refiero a la pobreza y a la humildad. Ustedes me preguntarán extrañados: ¿Y dónde está la caridad? No, no crean que se me ha olvidado. Ya sé que la caridad es la virtud reina; pero la caridad más que un pilar de nuestro edificio será “la correa” que rodee y una todo el basamento. La caridad es la virtud que “alimenta” la oración, el sacrificio, la Eucaristía, las virtudes y devociones. Como nos decía San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Si no tienes caridad eres como bronce que suena o címbalo que retiñe” (1 Cor 13:1). De ella hablaremos más adelante.

La virtud de la pobreza

Cuando se habla de esta virtud es muy fácil no llegar a profundizar en su auténtico significado. Hay muchas personas que reducen la pobreza al hecho de no tener nada material. Para otros, pobreza es sinónimo de miseria, descuido o dejadez. La auténtica virtud cristiana de la pobreza no tiene nada que ver con eso.

No olvidemos que Cristo pone la pobreza como la primera de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5:3). Por lo que la pobreza entendida según Cristo, no puede ser nada malo; es más, es necesaria para ser sus discípulos y llegar a la santidad.

Sinónimos de pobreza evangélica son desprendimiento, renuncia, entrega, darlo todo…

Fue la primera condición que Cristo puso a los que quisieran seguirle: “El que quiera ser mi discípulo niéguese a sí mismo, coja su cruz y me siga… Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8:34.36). Jesús dio ejemplo con su propia vida de cómo debíamos vivir esta virtud; pues Jesús “siendo rico, se hizo pobre por amor” (2 Cor 8:9). Renunciar a todo tiene sentido cuando se hace por amor.

La virtud de la pobreza, tal como Cristo la entiende, es esencial y primaria para cualquiera que desee crecer en su vida espiritual. San Juan de la Cruz nos pone un ejemplo sencillo pero muy gráfico donde nos habla de la importancia de esta virtud. “Imaginaos un águila que está atada por una pata a una roca en lo alto de un cerro, lo mismo da que la cuerda sea gruesa o delgada, si desea volar tendrá que romper la cuerda”. La virtud de la pobreza lo que hace es ayudarnos a romper con todas las “ataduras” que no nos dejan volar.

La pobreza no sólo se refiere al desprendimiento de las cosas materiales sino también, y en general, a todo aquello que nos pertenece, ya sea material, espiritual, tiempo, modo de vivir, propia opinión… Renunciar a todo ello es el primer paso para que luego Dios “nos llene” con su gracia.

El evangelio nos dice que aquél que encontró un tesoro en medio del campo tuvo que venderlo todo para poderlo comprar. Si queremos que Jesús sea nuestro tesoro tendremos que renunciar a todo (Mt 13:44).

La verdadera pobreza es como la verdadera humildad: escondida, no gusta de publicidad ni de propaganda. El hombre pobre puede vestir lujosamente o con harapos; es su corazón el que está libre de toda atadura.

Hay una pobreza franciscana, en la que se abandona todo, incluso las cosas materiales, para depender hasta en el sustento diario de la providencia de Dios. Y también hay una pobreza del hombre casado, el cual usa de las cosas materiales para cuidar de su familia, realizar su trabajo…, pero nunca se siente atrapado por ellas, sino que su corazón está libre para volar a Dios. La pobreza no consiste tanto en “no tener nada” cuanto en “no estar apegado a nada”. Ambas pobrezas, la franciscana y la del casado, son “extremos opuestos” pero ambas son auténtica pobreza cristiana. En una, la franciscana, no se tiene ni para el sustento diario; en la otra, se dispone de lo que se necesita para vivir y algún pequeño extra, pero uno nunca vive atado a ello.

El que es verdaderamente pobre no está atado a nada. Lo que tiene, lo pone a disposición de los demás; y lo que no tiene, lo consigue para entregarlo. No se queda nada para sí mismo, ni se aprovecha de nada para beneficio propio. Algo similar a lo que le ocurrió a Jesucristo. Recordemos que en el episodio de las tentaciones en el desierto, Jesús pasó hambre, podía haber convertido las piedras en pan, como le proponía el demonio, pero nunca se valió de su poder para beneficio propio (Mt 4: 3-4). El que es pobre, podrá tener una maravillosa mansión, pero él dormirá en el suelo.

Los auténticos pobres, por ser pobres, son los más ricos de todos, pues es entonces cuando se hacen “dueños de Dios”. Ya lo decía San Francisco de Asís: “Mi Dios y mi todo”. Únicamente tienen a Dios, pero es que “solo Dios basta”. Pueden decir “Dios mío” de verdad, pues Dios les “pertenece”, y es por ello que pueden conseguir de Dios lo que quieran: “pedid y se os dará” (Mt 7:7)

La virtud de la humildad

La segunda virtud de nuestro pilar que estamos edificando hoy es la virtud de la humildad. De hecho, pobreza y humildad suelen viajar juntas.

La verdadera virtud de la humildad es bastante desconocida por los hombres, incluso por aquél que la posee. Lo último que pensaría una persona humilde es que realmente lo es.

Hace años un niño bastante agudo le preguntaba a un sacerdote amigo mío que estaba precisamente hablando de esta virtud.

  • Padre, ¿cómo clasificaría usted a las personas según la virtud de la humildad?

Y este sacerdote le respondía:

  • Están los que se creen humildes pero no lo son, y luego están los no se creen humildes y lo son.

Y entonces el niño le preguntó:

  • Padre, y usted ¿a qué grupo pertenece?

El citado sacerdote, viéndose pillado por la agudeza del niño tuvo que inventarse un tercer grupo:

  • Yo soy de los que “ni lo son ni se lo creen”.

Y es que el humilde nunca se puede imaginar que lo es; más bien todo lo contrario.

Humilde es aquél que pone primero a Dios, luego a los demás por amor a Dios, y para sí mismo no dedica ningún tiempo pues le parece que es una pérdida.

El humilde es aquél que no se extraña cuando los demás le critican o acusan, pues él mismo es el primero que piensa que se quedan cortos. Recuerdo lo que le ocurrió al santo Cura de Ars, cuando sus sacerdotes vecinos, viendo que el santo cura “les robaba” sus feligreses firmaron una carta acusándole de incompetente, inútil… Por casualidad esa carta llegó a sus manos y dijo: “dejadme que yo también la firme, aunque en realidad habría que añadir algunas cosas más”.

La persona que es realmente humilde nunca piensa que los demás no le consideran, ni escuchan, ni le prestan su atención o tiempo; más bien pensaría que si lo hicieran estarían perdiendo el tiempo.

El humilde no se extraña cuando descubre defectos en sí mismo. Siempre piensa que esa falta que ha encontrado es sólo la punta del iceberg del mal que todavía alberga su corazón.

La persona humilde pasa desapercibida; no le gusta llamar la atención ni para lo bueno ni para lo malo; y cuando en alguna ocasión aparece encumbrada en el candelero, ya se preocupa él de desaparecer cuanto antes o de desviar la atención sobre otra persona.

El humilde sabe estar en su puesto cuando por razón alguna es encaramado por la sociedad, el trabajo o la vocación, y nunca se cree que sea por sus propios méritos.

La persona que es realmente humilde es feliz con lo poco o lo mucho que tiene. En realidad ha aprendido a valerse de lo que tiene y de lo que no tiene; de lo que es y de lo que le falta para acercarse a Dios.

Dios ensalza al que es humilde (“El que se humilla será ensalzado” Lc 14:11); a veces, incluso aquí en la tierra. En cambio el hombre raramente sabe reconocer que tiene un santo a lado. En realidad, un santo sólo es reconocido por otro santo; pues sólo los que son limpios de corazón son los capaces de ver la verdad que hay en el corazón de los demás.

Es muy difícil engañar al que es realmente humilde, pues éste es capaz de distinguir claramente entre la virtud real y la fingida.

La humildad es imposible de falsificar, aunque hay muchos que lo intentan.

El que es humilde sabe hablar con claridad; y callar, cuando sea necesario (“¿Acaso tú eres rey”? (Jn 18:37)

El humilde es también prudente, pues nunca confía en sí mismo. El humilde vive la templanza, pues no se cree suficientemente fuerte para ponerse en peligro de pecar.

La persona humilde, puede que tenga muchos títulos, pero nunca los usará en beneficio propio, ni se creerá que se los han dado porque se lo merece.

El que es humilde sabe retirarse cuando los demás le dan de lado; e incluso e esa situación cree que molesta.

El humilde, porque ama la verdad, nunca oculta lo que es, pero tampoco lo manifiesta para recibir aplausos.

La persona que es humilde reconoce los dones que Dios le ha dado, aunque nunca los atribuye a su propio mérito, sino a la bondad de Dios. Santa Teresa de Jesús decía: “lo bueno que hay en mí, procede de Dios; lo malo, eso sí que es realmente mío”. El que es verdaderamente humilde se alegra, y se enrojece, cuando los demás le alaban; y esto es porque está totalmente convencido de que todo lo bueno que hay en él procede de Dios.

Una de las cosas más difíciles de aprender en esta vida es saber cuál es el lugar que uno ha de ocupar en la sociedad, entre los suyos, en su trabajo. Sólo el que es humilde nunca cae en depresión cuando los demás no le valoran o no le dan un trabajo para el cual él está perfectamente capacitado. El humilde, sencillamente confía en Dios; y sabe que Dios le pondrá en el lugar donde sea más necesario.

Concluyendo

Sin faltan estas dos virtudes es imposible levantar un buen edificio; aunque si una persona ora, se sacrifica y recibe al Señor con frecuencia, tenga por seguro que Dios le encaminará para que vaya adquiriendo estas virtudes también. Lo único que hay que hacer es dejar que Dios actúe, dejarle las manos libres; en una palabra, ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu.

Aprender a orar o sacrificarse, recibir la Eucaristía -pilares esenciales de nuestra vida espiritual- es relativamente sencillo; pero crecer en humildad y pobreza requiere una vida llena de entrega, amor, silencio y sacrificio.

Tanto el humilde como el pobre son personas encantadoras, pues su trato es humano (porque son sencillos) y divino (porque son santos). Tanto el humilde como el pobre brillan como luminarias en medio de la Iglesia, aunque ellos prefieren mantenerse en el anonimato. “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:16).  Y es que todo lo hacen para gloria de Dios.

Tanto verdadera la humildad como la auténtica pobreza actúan como imanes, pues atraen a las demás virtudes. Una persona humilde es al mismo tiempo amante de la verdad, de la belleza, nunca es engreído ni soberbio, sabe darle la razón a quien la tiene y nunca se enorgullece cuando es él mismo el que está en la verdad. Una persona que es realmente pobre, atrae “riquezas”, aunque siempre son para los demás.

De todas las virtudes, la más importante es la caridad, pero las más bellas y atrayentes: la humildad y la pobreza.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com