Una vez que ya tenemos las paredes y el tejado de nuestra casa es conveniente que cuanto antes pongamos las puertas y las ventanas. Ellas nos darán seguridad, privacidad, evitarán que personas ajenas entren a ella, nos protegerán del viento y la lluvia, al tiempo que dejan pasar la luz y el sol.

Hemos de procurar que las puertas y ventanas cumplan su función. Las puertas deberán estar normalmente cerradas y aseguradas para que no entre quien no debe y para que nosotros podamos entrar o salir cuando lo necesitemos. En las ventanas es conveniente incluso poner rejas, persianas o postigos y cortinas, para así tener perfecto control de lo que puede entrar por ellas. Las ventanas estarán normalmente cerradas, salvo cuando nos interese abrirlas para que pase el aire y así purificar el interior de nuestra casa. Necesitamos las puertas y ventanas, pero hemos de tener cuidado pues ellas pueden ser también causa de nuestra perdición.

Con las ventanas deberemos llevar un cuidado especial no sea que nos pase lo que le ocurrió a Juan XXIII, que abrió las ventanas del Vaticano y parece que entró Satanás. O al menos así nos dijo Pablo VI: “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios”. (Discurso 29 junio 1972). Y según parece, nadie nos ha dicho que haya salido de ahí. Y el mismo Pablo VI reconoce en el discurso del 23 de noviembre del 1973 que la apertura que se hizo al mundo “fue una verdadera invasión del pensamiento mundano en la Iglesia”. Es por ello, que no queremos sufrir una invasión del modo de pensar del mundo y de todos los males que la mundanidad puede traer a nuestra fe; lo mejor es que siempre mantengamos en perfecto control el estado de nuestras puertas y ventanas.

 Cuando al enemigo se le deja entrar en casa

Tanto las puertas como las ventanas dan seguridad, aislamiento, calor y luz a nuestra casa.

Nuestro edificio ha de estar siempre protegido de las malas influencias exteriores, que son muchas. Pero en el exterior también hay cosas buenas, por lo que tendremos que ser nosotros los que abramos o cerremos puertas y ventanas según convenga. Eso sí, deberemos estar siempre vigilantes, pues el enemigo aprovechará cualquier momento de distracción para querer entrar y apoderarse de todo lo bueno que haya dentro.

El “aislamiento” o “separación” del exterior es otra de sus funciones. Necesitamos esa separación del exterior para ayudarnos a mantener el silencio y la soledad necesarios para una sana vida espiritual. Reducen el ruido externo, nos ayudan a concentrarnos, nos dan privacidad. Pero de nada sirven, si cuando hemos de estar solos, lo primero que hacemos es encender la radio o el televisor para que haya ruido que nos acompañe.

Nunca se ha vivido tanto como ahora dentro de la casa; pero tampoco nunca se ha tenido menos “privacidad”: La televisión casi siempre encendida, el abuso de internet y el uso continuo de los móviles con sus redes sociales y el tan nombrado whatsapp, son el resultado del miedo que tiene el hombre de hoy a permanecer solo y en silencio; y que no son otra cosa que una manifestación del vacío interior en el que vive. Las puertas y ventanas sirven para guardar nuestro hogar, pero si nuestro hogar está vacío de cosas de valor, ¿qué tenemos que guardar?

Como consecuencia del mundo tecnificado en el que vivimos, la gran mayoría de nosotros ha abierto tres ventanas en el interior de su propia casa y que si no tenemos un cuidado especial con ellas pueden ser también grandes enemigos de nuestra vida espiritual. Hasta hace unos cuarenta años lo normal era tener un solo televisor en la casa; los programas solían ser limpios y entretenidos, pero desde esa época hasta la actualidad, hay televisor en el salón, la cocina, el dormitorio de los esposos, el dormitorio de cada uno de los niños y si me apuran, hasta en el baño. Y los programas que muchas veces se ven en las casas sonrojarían al mismo demonio. En más de una ocasión, cuando he ido a visitar a mis abuelitos en sus casas para confesarles y llevarles la Comunión, me los encuentro con la televisión encendida y viendo novelas, películas… que no me atrevo ni a nombrar.

¿Se acuerdan cuando en las casas se cocía las coliflores de antes y el mal olor llenaba toda la casa e incluso la del vecino? Ahora, las coliflores ya no huelen mal cuando las cueces, pero en cambio la “peste” que hay ahora en las casas es de podredumbre, de suciedad “espiritual”. Mayores y jóvenes, padres e hijos indistintamente, ven todo tipo de programas: inmorales, anticristianos, impuros…, y a nadie se le ocurre cambiar el canal. Y es que, como con los males olores, nos hemos acostumbrado a ellos. El enemigo está bombardeando continuamente nuestro hogar, y no sólo no hacemos nada por evitarlo, sino que encima le ponemos las cosas todavía más fáciles.

Y no hablemos del famoso internet. Dicen las madres inocentes: “Mi hijo se pasa toda la tarde estudiando en internet. Se lo hemos puesto es su dormitorio para que no se entretenga”. ¿Se te ha ocurrido en alguna ocasión revisar el “historial” de los lugares que visitan tus hijos? Pero claro, si en la televisión se está viendo porquería y media, ¿de qué se van a escandalizar los padres cuando comprueben el historial de navegación en internet?

En cuanto a los móviles, no es tanto las cosas impuras que puedan ver ahí, sino la cantidad de tiempo que pierden; y sobre todo, parece que la mente se obnubila para hacer cualquier otra cosa. Como leía el otro día en un periódico digital: “El árbitro de un combate de boxeo interrumpe el asalto porque a uno de los púgiles se le había caído el móvil”. Suena a chiste, pero ¿qué habría hecho el boxeador si le hubiera llegado un Whatsapp?

Actitud del cristiano cuando sale de su casa

De nada sirve tener una casa bien guardada y protegida con puertas, ventanas y hasta sistemas de seguridad si cuando salimos al mundo nos olvidamos que somos cristianos. Tendremos que salir al mundo para trabajar, para gozar de su belleza, para nuestras relaciones sociales; pero eso sí, cuando salgamos al mundo hagámoslo como cristianos, pues si no seremos vencidos por él. “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1 Jn 5:4).

Recuerdo hace ya bastantes años que acababa de celebrar la Santa Misa en un pueblo de New Jersey; era verano. Y como allí es costumbre y así me lo exigía el párroco, salí a la puerta de la Iglesia a despedir a los fieles que habían asistido a la Santa Misa. Cuál fue mi sorpresa, cuando veo salir del templo a un grupo de chicas que estarían en la veintena, y que nada más cruzar la puerta de la Iglesia se subieron la falda que acabó siendo una “mini” y se abrieron el escote todo lo que daba el vestido. Intenté disimular mi cara de asombro, pero no pude evitar pensar: “Aquí se acabó su fe”. Nada más traspasar el umbral de la puerta de la Iglesia dejaron de ser católicas para ir a “comerse el mundo”. ¡Cuántos cristianos piensan y se comportan de la misma manera! Con cara de piedad mientras que están en la Iglesia; incluso puede que lean las Escrituras y hasta ayuden a distribuir la Sagrada Comunión, pero enseguida que salen, no se diferencian en lo más mínimo de cualquier otra persona sin fe.

Mantener la fe, como nos dice la Sagrada Escritura en abundantes lugares, es esencial cuando entramos en contacto con el mundo que nos rodea: “En el mundo tendréis aflicción;  pero confiad,  Yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo;  y esta es la victoria que ha vencido al mundo,  nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo,  sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5: 4-5). El enemigo de nuestra alma busca acabar con nosotros: “Vuestro adversario el diablo,  como león rugiente,  anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pe 5:8). Cuando el enemigo no puede acabar con nosotros por medio de ataque directo, usa las trampas y tentaciones que el mundo nos ofrece: “El mundo entero está bajo el poder del Maligno” (1 Jn 5:19). “Porque todo lo que hay en el mundo,  los deseos de la carne,  los deseos de los ojos,  y la vanagloria de la vida,  no proviene del Padre,  sino del mundo” (1 Jn 2:16).

 La guarda del corazón

También hay una ventana interna: nuestro corazón, que hemos de vigilar, controlar y cuidar. De ahí es de donde procede lo bueno y lo malo, según nos dice el Señor (Mt 15:19, Mc 7:21). Y si nuestro corazón es limpio, entonces podremos ver a Dios: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5: 8). El libro de los Proverbios nos dice: “Con todo cuidado guarda tu corazón, porque de él brota la vida” (Prov 4:23). El corazón suele “ponerse” en aquellas cosas que consideramos nuestros tesoros, por eso nos dice el Señor: “donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6:21).

Nuestro corazón debería ser el “sancta sanctorum” (el lugar más santo) que siempre guardáramos de toda influencia mala que pudiera entrar desde afuera; y donde atesoráramos lo bueno que hayamos conocido. Es por ello que tenemos que mimarlo, protegerlo, y sólo permitir la entrada en él de aquello que hayamos de amar por encima de todo: Dios, y los nuestros, por amor a Dios.

El camino no es fácil, pero cuando el corazón ha alcanzado la purificación completa, Dios nuestro Señor, con su presencia y con su amor, ocupa el alma y todas sus potencias: memoria, inteligencia, voluntad. Y de este modo la limpieza del corazón conduce al hombre a la unión con Dios.

El corazón es, en la tradición bíblica y cristiana, el lugar donde residen el entendimiento y la voluntad, los criterios, las actitudes, la mentalidad de cada uno de nosotros; a diferencia de la actualidad donde se suele considerar al corazón como el lugar de los sentimientos y emociones. Por eso, guardar el corazón, según la tradición cristiana es preservar nuestro entendimiento y nuestra voluntad de todo aquello que se considera malo para nuestra fe y nuestro amor a Dios. Aconsejamos, a quien quiera saber más sobre la guarda del corazón, que lea el bello capítulo sobre este tema, que se encuentra en el libro “Ascética meditada” de Salvador Canals.

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Noto ya cansancio en las personas que estaban siguiendo esta colección de artículos, probablemente porque los artículos no están a la altura que esperaban o porque no les están ayudando en realidad. De todos modos, sólo nos quedan éste y dos artículos más, y con ello daremos por acabada esta sección.

Aprovecho ya para anunciarles que el siguiente grupo de artículos tendrá como base común o hilo conductor: Frases pronunciadas por Jesús. En ellos intentaremos profundizar en las mismas y sacar toda la enseñanza posible para conocer mejor al Señor y crecer en santidad.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com