Teniendo ya las bases de nuestra edificación, es ahora el momento de comenzar a elevar las paredes, dejar los huecos para la puerta y las ventanas y rápidamente “cubrir aguas”, que en el argot de la construcción no es otra cosas que poner el tejado.

No sé si se han dado cuenta que para levantar las paredes y cubrir aguas lo solemos hacer a base de cosas muy pequeñas que se llaman “ladrillos”, “bardos” y “tejas”. Es la acumulación ordenada y a nivel de miles y miles de “estas cosas pequeñas” como cerramos nuestro edificio y lo protegemos de los vientos, las aguas, el frío o el calor; es decir de todo lo exterior que puede de un modo u otro alterar la normal convivencia dentro del hogar.

En la vida espiritual no es diferente. Desde bien pequeños tendremos que preocuparnos de ir construyendo nuestro edificio humano y espiritual. Prácticamente ya no nos acordamos cuando decíamos: “la p con la a, pa” o hacíamos las primeras sumas; pero gracias a ello ahora podemos leer o hacer cálculos trigonométricos. Cuando tan sólo teníamos dos años, nuestros padres nos enseñaban a hacer la señal de la cruz; a coger agua bendita cuando nos llevaban a la Iglesia y a rezar el “ángel de mi guarda” o “cuatro esquinitas tiene mi cama”. Y las abuelas se encargaban de reforzar esas primeras oraciones y enseñarnos otras tantas. Poco a poco fuimos profundizando en el conocimiento de nuestra fe… Y es que en la vida todo se suele hacer a bases de la acumulación de cosas pequeñas.

El Señor nos dijo: “Quien es fiel en lo poco también lo será en lo mucho” (Lc 10:16). De ese modo nos recalcaba lo importante que era ser fiel hasta en las cosas más pequeñas y aparentemente intrascendentes de nuestra vida.

 El valor de las cosas pequeñas

El valor de las cosas pequeñas reside en el amor con que las hacemos y en la constancia del día a día. Es la gota continua que va cayendo desde el techo de la cueva la que después de muchos años forma una bella estalactita. San Josemaría Escrivá de Balaguer lo decía con estas sencillas y profundas palabras: “¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino, 815).

Aunque aparentemente los ladrillos que cubren la pared de la casa se pongan sin orden y rápidamente, nada más lejos de la verdad; cada uno ha de ser escogido evitando las imperfecciones, alineado y nivelado. Luego se cubre con la caridad que es el cemento que los pondrá a todos juntos, y se deposita sobre los que ya se han puesto. Uno y otro, hilera tras hilera, hasta cubrir la pared. No es tan difícil, pero se requiere constancia, amor, delicadeza y fidelidad continua. Si por alguna razón pones un ladrillo mal, luego toda la pared se verá deforme, curvada…, es decir, mal. ¡Y sólo fue un ladrillo mal puesto!

Recuerdo hace años cuando nos explicaban en matemáticas el cuidado que teníamos que tener en el cálculo de las operaciones con decimales, ya que un pequeño error se iba arrastrando hasta que el error se hacía gigantesco y podríamos comprometer el resultado final de una investigación.  Y nos ponían el siguiente ejemplo que más bien parecía hipotético que real.

Hubo unos astrónomos que estaban divididos en dos grupos, unos en Europa y otros en Estados Unidos, a quienes se les dio el encargo de hacer una serie de cálculos para mandar un cohete a no recuerdo qué planeta. Ambos equipos se pusieron en marcha haciendo sus cálculos. Cuando hubo de poner los resultados en común para calcular la trayectoria del cohete, resultó que los americanos habían hecho el cálculo en pulgadas, yardas, millas; y los europeos en centímetros, metros y kilómetros. Entonces pensaron: Convirtamos los resultados que hemos obtenido al mismo sistema para así poder calcular la trayectoria final. Pero cuando hicieron la conversión cometieron un pequeñísimo error al pasar de pulgadas a centímetros, total era casi nada. Pero ese error tan pequeño, a cada nueva multiplicación se iba agrandando, hasta que al final, cuando lanzaron el cohete se desvió por cientos de kilómetros del planeta elegido. Y es que el pequeño error, trasladado a grandes distancias se convirtió en kilométrico. Lo mismo puede ocurrir, y de hecho ocurre, en nuestras vidas.

Y en la vida espiritual no es diferente en absoluto. Pequeños errores de inicio, si no son corregidos a tiempo, darán lugar a errores fatales en nuestro camino a la santidad.

 Aprende a descubrir las cosas pequeñas en el día a día

El corazón siempre tiene que estar dispuesto para amar. Esa debería ser nuestra actitud normal. Si así lo hiciéramos, descubriríamos a lo largo del día miles de pequeñas ocasiones en las que podríamos poner un nuevo ladrillo a nuestra construcción. La persona que ama está en continua actitud de dar amor; como nos dice Santo Tomás de Aquino: “el amor es difusivo de suyo”.

Es el mismo amor lo que nos ayuda a descubrir las cosas que “necesitan” aquéllos que están a nuestro lado. Unas veces será nuestro dinero, otras nuestro tiempo; en algunas ocasiones será la corrección y en otras la paciencia.

Una mirada serena y llena de amor cuando alguien acude a nosotros con preocupaciones puede ser la mejor medicina. Lo normal es que las personas no demanden de nosotros grandes actitudes, sino miles de pequeñas acciones cada día: una madre que prepara el desayuno para su marido y sus hijos (pero con amor). Un conductor nervioso que nos “tienta” con su claxon a que respondamos de la misma manera. Un compañero de trabajo que nos “importuna” con sus problemas. Un marido al que le gusta que le hagan la comida de un modo muy concreto. Una esposa que se mata a trabajar, pero que nunca recibe una palabra de aliento ni de sus hijos ni de su marido. Unos hijos que cambian el canal del televisor cuando estamos viendo un partido de fútbol. Poner buena cara cuando alguien pide nuestra ayuda. Mantener una actitud servicial y alegre aunque estemos rodeados de miles de problemas personales.

Esos pequeños detalles, hechos con amor, van poco a poco forjando nuestro carácter, puliendo las aristas de nuestra forma de ser; en una palabra, nos van haciendo cada vez más santos.

Les trascribo un poema pequeñito y bello que nos habla precisamente del valor de las cosas pequeñas, que a pesar de estar junto a nosotros, por descuido podemos dejarlas pasar.

La fuente quiere ser río
y el río quiere ser mar,
y el mar…sueña con que es fuente
y que ha vuelto allí a brotar.

Imponente y majestuoso,
añora y vuelve a añorar,
aquellos riscos y flores
donde dejó su cantar,

por donde pasó tan niño,
con prisa y en loco afán
de convertirse en gran río
y por fin, en un gran mar.

Tanto corrió, corrió tanto
que apenas pudo gozar
de las cosas pequeñitas,
que tan fácil dejó atrás.

¡Ay, las cosas pequeñitas, simples,
que no nos dan más…
ay esas cosas tan simples,
cómo se van y se van!
Sin darnos cuenta se escapan…
mientras que ciegos andamos
buscando felicidad.

La fuente quiere ser río
y el río quiere se mar
y el mar…se ha vuelto salado,
¡quizá de tanto llorar!

De María Esther de Ariño

 Toda traición a Cristo siempre fue precedida de muchas pequeñas infidelidades

Del mismo modo que nuestra vida espiritual se construye a base de multitud de pequeños ladrillos que continuamente vamos apilando y sellando unos con otros mediante el amor, una gran traición a Cristo suele ser el resultado de múltiples pequeñas infidelidades que se van cometiendo a lo largo de mucho tiempo.

Cuando un sacerdote “cuelga las sotanas” o una monja el hábito; o sencillamente, cuando un cristiano abandona su búsqueda de Dios, es porque después de un fogoso comienzo, empezó a ser infiel en pequeñas cosas. El amor inicial se fue entibiando, hasta que al final cualquier práctica de piedad se transformó en un obstáculo infranqueable. Llegó un momento en el que pensó: “he de ser sincero conmigo mismo”, y entonces se optó por la solución más fácil: el abandono. En lugar de ser valientes y replantearse de nuevo su vida espiritual, examinar las cosas malas que se habían hecho para corregirlas… se abandonó y se cayó en manos del maligno. Y es que como nos dice el Señor: “El que es infiel en lo poco también lo es en lo mucho” (Lc 16:10)

 

Creciendo en el amor a través de las cosas pequeñas

Si nos detenemos delante de nuestro edificio espiritual y comprobamos todo lo que nos queda por construir, fácilmente podríamos caer en el desánimo; es por ello que sin perder de vista la meta, fijémonos más bien en poner bien el siguiente ladrillo. Y así, uno detrás de otro. Caminemos sin parar y siempre en la buena dirección; paso a paso, sin prisa pero sin pausa. Si así lo hacemos, antes o después llegaremos al final.

Crecer en el amor humano o divino no es diferente, siempre será el resultado de un primer paso que se dio, al cual le siguieron otros en la misma dirección. Un Ave María, una flor, una jaculatoria, un acto de paciencia, un detalle de caridad, una sonrisa al que sufre, un pedir perdón, un ceder el paso. Y así, un día tras otro. Antes de que nos demos cuenta habremos levantado ya una pared; y luego la otra, y por fin el tejado con sus tejas, también una a una.

Si hemos sido fiel en lo pequeño, será ahora el momento de empezar a construir las diferentes habitaciones que habrá en nuestra casa. Cada una será diferente, y todas ellas serán necesarias: un comedor para recuperar fuerzas, un dormitorio para el descanso, un oratorio para estar con Dios, una biblioteca para conocerlo mejor, un baño para purificarnos… Y todo ello, ladrillo a ladrillo, en su propio orden y todo hecho con amor. Pero de ello nos ocuparemos en el siguiente capítulo.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com