Esta mañana, como todos los martes, Manuel, mi cuñado,  pasó a buscarme a mi casa para llevarme a Valparaíso en su auto. Yo había pasado una mala noche, pues de nuevo mi hijo mayor, antes de acostarse, me fue a contar la última gracia del capellán del colegio. Intuyo de inmediato cuando él me va a salir con estas noticias religiosas del colegio. Lo leo en su cara antes que comience a hablar. Sé que lo hace para desahogarse conmigo porque no tolera los abusos ni las ofensas a la religión. Él queda más aliviado con las palabras que le digo, pero me traspasa a mí la carga,  pues sufro con este tipo de noticias. Hay personas que no logran entender  mi consternación y creen que exagero con este tema. Como si no hubiera nada más de qué preocuparse.  Sin embargo yo me pregunto, ¿acaso no es importante darle a Dios la adoración y el honor que le es debido?

Me subí al vehículo y emprendimos rumbo a la sede central de mi universidad. No tenía ánimo para hablar y estuve en silencio por unos minutos hasta que Manuel, que percibió que algo me pasaba, rompió el mutismo.

-¿Te comieron la lengua los ratones que estás tan callado Mateo?

–  Lo  siento, pero no tengo ganas de hablar – le respondí en seco.

– Cuando te quedas callado así como ahora, es porque algo te molesta y estás dándole vueltas en tu cabeza al problema. Cuéntamelo a ver si te puedo ayudar. ¿Problemas laborales, familiares, de salud, económicos? ¿Qué?

-Religiosos.

-¿Problemas religiosos? ¡Otra vez con lo mismo! ¿Qué pasó ahora?

Le expliqué lo que me había dicho mi hijo acerca de la reciente misa que había tenido lugar en el colegio. Una misa que le corresponde a cada curso una vez al mes y a la cual están obligados a asistir. Mis hijos y sus primos, los hijos de Manuel, han crecido asistiendo cada domingo a la misa tradicional. A la misa nueva van únicamente cuando están en el colegio, o por alguna razón específica, como un matrimonio o algún aniversario. Mis hijos varones, lo mismo que los de Manuel, son monaguillos en la misa tradicional, y conocen al dedillo tanto la misa rezada como la cantada. No están habituados a la misa nueva, se les hace ajena y hasta les parece chocante, partiendo por el hecho de que el sacerdote le dé las espaldas al sagrario. Cada vez que mi pobre hijo mayor va a la misa en el colegio con sus compañeros termina acongojado. Esta última fue la peor de todas pues,  pues lo que ahí vio, cae en el plano de lo sacrílego y lo blasfemo:

“Parecía una conversación” – me dijo el chico – “ni siquiera fue en la capilla del colegio, sino que en el oratorio. Llevaron una mesa cualquiera y ahí pusieron el mantel. ¡Un solo mantel y ni siquiera era de lino!  Era tan delgado que dejaba ver el color de la mesa que cubría. El padre nos contó que antes, cuando él era joven, las misas eran súper aburridas y que por eso las trata de hacer entretenidas. La misa, según él, es una fiesta y hay que celebrarla como tal.  También nos dijo que antes el vino de la misa era muy fuerte y que por eso se lo mezclaba con agua, pero que ahora como es suave no es necesario echarle mucha. Cada vez que hacía algo, nos lo explicaba en términos chistosos, sin ninguna reverencia, como quien conversa en la cocina de la casa con un grupo de amigos. Para la comunión colocó el cáliz con el vino y el ciborio con las hostias en la mesa. Cada uno tenía que acercarse a ella y sacar una hostia, sumergirla en el vino y luego consumirla. Nos advirtió que había que masticarlas.  Casi todos mis compañeros comulgaron, pero yo con un amigo nos quedamos en nuestros puestos. También contó, en tono de chacota, que no le gustaban las albas anchas porque se veía muy gordo y usaba las que eran más apretadas.”

– Ese cura es un desobediente a la Iglesia – me interrumpió Manuel –  Mira Mateo la situación de las misas dejadas al criterio y al gusto del celebrante es así en todas partes. Es cosa de buscar en internet. Está lleno de videos de curas haciendo barbaridades  durante la misa. Si te vas a deprimir por cada cosa aberrante que sepas o veas que ocurre en la Iglesia, te vas a trastornar o vas a perder la fe. No sacamos nada con escandalizarnos si además, no podemos hacer mucho.

-Eso es lo que me duele. Que parece que estos abusos ya no impresionan, pero a mí sí me impresionan y me duelen.  Es triste comprobar como cada día se abofetea a Cristo en su liturgia y no se respeta lo que la Iglesia ha dispuesto incluso para la misa nueva. ¿Por qué? Porque los que debieran sancionar y corregir los abusos litúrgicos no lo hacen y no tienen la menor intención de hacerlo. Se ve en la práctica. ¿Existe algún sacerdote que haya sido amonestado por su obispo, o por quien corresponda, por un abuso litúrgico?  Nadie que yo sepa. ¿Problema de aplicación de la autoridad? Hablando en términos más amplios,  ¿Los problemas que enfrentamos en la Iglesia a todo nivel son debido a una falta de autoridad? No, no es por eso. Cuando a alguien se le quiere sancionar, como por ejemplo a los Franciscanos de la Inmaculada, el peso de la autoridad se deja caer con toda su fuerza.

–  Entonces, si no es un problema de abandono de la autoridad, ¿a qué crees que se deban?

– Aquí no existe un problema de falta de autoridad, existe un problema de pérdida de fe, de no creer en la Iglesia ni en la doctrina que Dios nos ha revelado.  También hay soberbia. Es como decir: “a mí no me interesa lo que la Iglesia diga acerca de cómo se deben celebrar las liturgias. Yo aquí voy a hacer lo que yo quiero al gusto mío”. Y esto desde la cabeza de Iglesia para abajo. Si los que están arriba predican y practican lo mismo que los que están abajo, ¿Comprendes?  Por tanto, ¿qué van a sancionar si son similares? La autoridad tendría que corregirse a sí misma primero. Los paladines de la obediencia ciega son incapaces de obedecer a la Iglesia respecto a las normas litúrgicas. ¡Si la Santa Misa es lo más sagrado que Dios nos ha dado! ¡Por favor, todo lo demás se forja a partir de ella! Si la liturgia se hace indigna y sacrílega, ¿qué nos queda para todo lo demás?

– Decía el hereje de Lutero algo así como que si destruyes la misa, destruyes el papado.

– ¡Por supuesto, y vaya que tenía razón! Si el obispo sabe que uno de sus sacerdotes dice la misa como se le antoja, agregando o quitando oraciones, introduciendo acciones ajenas a ella, y no hace nada para corregirlo es porque no le importa, y si no le importa es porque no cree en lo que la misa es: el sacrificio incruento de Cristo en la Cruz. Será para ellos una cena, un ágape al estilo protestante, ¿qué sé yo? Por eso cualquier agregado extraño a la misa, no importa, porque según creo que piensan, la “enriquece”. Muchas autoridades de la Iglesia adolecen del celo necesario para con lo Sagrado, y más bien colocan todas sus energías en asuntos sociales, como una agencia humanitaria.

– Más preocupados por la ecología, que por la adoración a Dios y  la salvación de las almas – agregó Manuel.

–  La autoridad la ejercen por razones políticas sancionando con rigor a quienes desean ser fieles a Cristo y obedientes a la Iglesia, pero a aquellos que abusan y caen en el sacrilegio, nada, no hay reprimenda, ni sanción. ¿Cuánto puede durar un reino que sanciona a quienes le sirven lealmente y premia u omite negligentemente a los que la destruyen? Mientras el reino esté gobernado por quienes pretenden destruirlo, no es mucho lo que nosotros podemos hacer.

-Si hay algo que podemos hacer es resistir a la mala autoridad y apoyar, con hecho concretos y con nuestras oraciones, a aquellos pastores que aman a Cristo y a Su Esposa. Ella, siendo divina y humana, estará siempre asistida por Aquel que lo prometió, aunque  quede reducida a un pequeño rebaño – me dijo Manuel casi robándome las palabras de la boca.

Se detuvo en la parada de buses frente al semáforo donde siempre me deja.  Le  di un apretón de manos, me bajé y cerré la puerta. Avancé unos pasos y sentí que me llamaba haciendo sonar la bocina de su auto. Me devolví hacia él y me dijo:

– Mateo nosotros somos simples laicos. No tenemos autoridad para cambiar el caos que hay en la Iglesia a todo nivel. Pero  lo que sí podemos hacer, y te lo repito, es apoyar a quieres sí la tienen y pueden hacer algo, partiendo por el cura fiel que en su parroquia hace enormes esfuerzos por rendirle el culto debido a Dios y por salvar almas. Dios no nos pide imposibles, sino aquello que somos capaces de soportar y de entregar. Él sabe que hacemos lo que más podemos para vivir católicamente frente a esta debacle y al ataque permanente que se nos hace para hacernos sentir como parias.  Este desprecio y  esta persecución se va a poner peor, y vamos a ser probados, pero es porque Dios lo permite. Recuerda que Dios siempre está probando nuestra lealtad para que nos merezcamos ganarnos el cielo.  Un amigo argentino me dijo una vez cuando pasé por un momento de mucho dolor, que Él nunca abandona a los suyos, y lo he y lo sigo comprobando. Ofrécele tu dolor que Él sabe del celo que sientes por Su lugar sagrado. – Yo me apoyé en la puerta del auto. Sentí venir esa monstruosa tentación de la desesperanza. Me ocurre con frecuencia que esta asechanza de malos pensamientos, esos soplos perversos, intentan llevarme al desasosiego. Afortunadamente Manuel siguió con sus consejos y yo pude armarme para hacerle frente a la prueba.

-Sólo Dios sabe porqué permite que se le siga crucificando con ignominia en liturgias abominables. Él sigue teniendo mucha paciencia con  todos nosotros y permanece en un aparente silencio, pero cuando menos lo esperemos el silencio va a terminar y pondrá las cosas en orden. Tú hace lo que tienes que hacer no más según tu estado y según tus posibilidades. Quédate tranquilo amigo. Sé que sufres por esto, pero que este sufrimiento no te lleve a la angustia. Déjalo en Sus manos, ¿sí?  Chao Mateo, que tengas una buena jornada.

Dicho esto se despidió de mí y siguió con rumbo a su trabajo. Me encaminé a la universidad, subí al segundo piso donde se encuentra la capilla y me arrodillé delante del sagrario. Le imploré al Señor para que perdonara mis negligencias, mis propias irreverencias, mis distracciones durante la oración y durante la misa. Le supliqué que me perdonara por crucificarle todos los días con mis pecados, y le rogué por aquellos sacerdotes que le ultrajan a diario en la misa.

Cuando salí de la capilla me topé con un colega que me dijo: “¡Hola Mateo! ¿Rezando otra vez?” Lo que conversamos al respecto lo dejaremos para otro relato.

Beatrice Atherton

Beatrice Atherton
Esposa y madre de seis hijos, nací en Viña del Mar, Chile en 1969. Aunque egresé de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi vida giró posteriormente hacia otro rumbo y ahora vivo en un campo donde me he dedicado a la familia y a la casa. Amo la Liturgia Tradicional y me encanta colaborar en su promoción. ​ En mis tiempos libre intento escribir, que es lo que me apasiona aunque soy una aficionada. Tengo el blog Bensonians dedicado a difundir la obra de Monseñor Robert Hugh Benson