Aunque vivimos en el mundo, el Señor se preocupa de recordarnos que no somos del mundo (Jn 15:19). Necesitamos tener un ámbito privado para resguardar nuestra intimidad, nuestra conciencia, nuestra vida, nuestra fe. Es por ello que tenemos que proteger todo ello haciendo crecer a nuestro alrededor un bello y frondoso jardín

Las funciones del jardín de una casa son: aislarla del ruido exterior, darle privacidad a los que vivan dentro de ella, y sobre todo, darle belleza y proveer de un lugar de descanso, asueto, entretenimiento y juego para todos los allí viven o la visitan.

En ciertas culturas, el jardín es una de las partes más cuidadas de la casa. Por ejemplo en Norteamérica, el sueño de cualquier familia es tener su propia casa con un jardincito donde plantar algunos árboles, flores e incluso cultivar sus propias legumbres y frutas. Es maravilloso pasear un sábado por la mañana de cualquier época del año por las calles de esos pueblos. Allí se ve al padre de familia cortando el césped con la ayuda de un hijo. La madre mientras tanto está arreglando los rosales, y el resto de la familia está regando, jugando o columpiándose.

El jardín es lugar de distracción y trabajo para toda la familia. Cada uno cumple su función, y además hay trabajo para todo el año. En primavera, plantar nuevas semillas. En verano cortar el césped y guiar los nuevos arbolitos para que no crezcan torcidos, al tiempo que se revisan los tomates para ver si están maduros… En otoño recoger las hojas que se van cayendo de los árboles caducos, y en invierno, preparar todo el jardín para que los fríos no acaben con la vida de las plantas.

Suelen poner también en los jardines pequeños recipientes con semillas para los pájaros; y a allí acuden cardenales, petirrojos, carpinteros, finches, gorriones y miles de pequeños parajillos que hacen las delicias de los más pequeños. El jardín es también el lugar donde se preparan las barbacoas y se recibe a los vecinos y a los amigos para las fiestas, los cumpleaños… Y es también el jardín el lugar donde la familia saca al menos una vez al año todos los trastos inútiles que se han ido acumulando y los ponen a la venta. Son los famosos “yard sale”. Con ello consiguen “limpiar” la casa de estorbos. Así pues, el jardín es para esa cultura un sueño y una parte imprescindible en sus vidas.

jardin chinoY no digamos en la cultura china donde los jardines tienen un significado místico. El jardín chino tradicional simboliza el paraíso en el mundo. Según las antiguas leyendas chinas, este paraíso se hallaba en la cumbre de una gran montaña que estaba en unas lejanas islas que habían en medio del mar. Allí se encontraba el elixir de la “eterna juventud”, que permitía acceder a la inmortalidad.

En España, como en muchas otras partes del mundo, la gran mayoría de personas tiene que vivir en colmenas humanas y como consecuencia se pierde toda esta riqueza. Son diferentes modos de vivir, pero yo creo que tendríamos que aprender de aquellos que lo hacen mejor. De hecho, algunos ya lo están haciendo; familias “pudientes” que han estado viviendo en una colmena, salen de ella para irse a una casita del extrarradio de la ciudad y allí poder tener más privacidad, espacio y su propio jardín. Es por todo ello que el jardín es una de las partes más bellas de la casa. Al tiempo que les aísla del mundo, es un lugar donde se hace parte de la vida y la familia está feliz.

Un jardín no se planta cuando comenzamos a edificar nuestra casa; si acaso se plantan los árboles que nos darán sombra en el futuro. Propiamente el jardín surge cuando la casa ya está edificada y ahora Dios quiere embellecerla para que sea lugar de descanso para nosotros, y al mismo tiempo, instrumento de atracción para que otros vengan a gozar también de nuestras virtudes.

La bondad del alma que se acerca a Dios

Dando ahora el salto del jardín físico a nuestra vida espiritual, podríamos decir que una de las cualidades que más embellecen nuestra “casa” es la bondad. La bondad del corazón no es sino la suma de muchas virtudes, que con la gracia de Dios y el esfuerzo personal, se han hecho “nuestras”. Entre ellas podríamos destacar las siguientes: paciencia, humildad, generosidad, espíritu de sacrificio, dulzura, alegría, sencillez, veracidad, valentía, simpatía, docilidad, prudencia, fidelidad, constancia, confianza en Dios…

Para que un jardín esté bello se requiere mucho trabajo: preparar la tierra, abonar, plantar la semilla, regar, quitar las malas hierbas…, y luego, esperar a que la planta crezca y al final dé las flores y los frutos. La bondad es el fruto que surge cuando el corazón es puro y ha sido ya transformado por Cristo –“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” – Gal 2:20.

Bondad es la cualidad de bueno, un adjetivo que hace referencia a lo útil, agradable, apetecible, gustoso o divertido. Una persona con bondad, por lo tanto, tiene una inclinación natural a hacer el bien. El bien, como nos dice Santo Tomás tiende de suyo a difundirse; ésa es la razón por la cual es “atractivo”.

En este sentido se considera que una persona tiene la cualidad de la bondad cuando siempre se mantiene dispuesta a ayudar a quien lo necesita, cuando se muestra compasiva con las personas que están sufriendo y también cuando mantiene una actitud amable y generosa hacia los demás. Por contraposición diremos, que quien carece de bondad es aquel que es mezquino, egoísta, desconfiado, rencoroso, insensible.

Los pilares de un edificio son sólidos, y aunque siempre requieren atención y cuidado, lo importante es que fueran levantados debidamente. En cambio el jardín es de suyo “endeble”, y puede ser dañado, afeado y destruido sin mucho esfuerzo. Es por ello que tendremos que llevar especial cuidado en mantenerlo todos los días. Con ese fin, será necesario hacer un buen examen de conciencia para eliminar los malos brotes; la oración y los sacramentos serán el abono y el agua que le ayudarán a crecer, la paciencia nos ayudará a ir eliminando las hojas secas, y la confesión hará de rastrillo para eliminar las hojas muertas.

Ha habido santos que han hablado bellamente de este jardín espiritual. Algunos, como San Bernardo nos dicen que María es por excelencia el “jardín de Dios”, pues Jesús fue el “fruto de su vientre”.

San Antonio de Padua decía en sus sermones: “El jardín es el alma, en la que Cristo, como jardinero, planta los misterios de la fe, y la riega, cuando le infunde la gracia de la compunción”. O también: “Por la inmensa caridad con que nos amó, Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, ofreciéndose en sacrificio de suave olor”.

El Padre Kentenich, fundador del movimiento de Schoenstatt, dice en sus escritos que Dios plantó tres jardines. En primer lugar, la creación. En segundo lugar las Sagradas Escrituras. Y en tercer lugar el Paraíso´.

A Santa Teresita de Lisieux le gustaba mucho la naturaleza y mediante ella explicaba que la presencia divina estaba en todas partes y que todo estaba relacionado con el Amor de Dios. Ella se veía como la florecilla de Jesús. Era como una de las múltiples florecillas silvestres que se pueden encontrar en el campo; pasan desapercibidas para la gente, pero que crecen dando gloria a Dios. Siguiendo la tradición carmelitana, Teresita veía al mundo como el jardín de Dios, y a cada persona como un tipo de flor distinta. Se dice que cuando murió, su cadáver desprendía un fuerte olor a azucenas.

Que nuestro jardín exhale “el buen olor de Cristo”

Como jardín florido, el cristiano, que ha ido creciendo en virtudes, pronto empieza a exhalar el buen olor de Cristo” (2 Con 2:15). San Pablo, buen conocedor de ello, dice que en su apostolado se preocupa de esparcir la fragancia de Cristo (2 Cor 2:14) en medio de un mundo corrompido por el hedor del pecado (Rom 3: 10ss)

Hubo un santo famoso, que llenó la Roma del siglo dieciséis y que se llamó San Felipe Neri. Se decía de él que era capaz detectar si una persona estaba en pecado grave. Por perfumada que anduviese la persona, si estaba en pecado, aquel hombre de Dios lo notaba instintivamente, y le invitaba con amabilidad y buen humor al arrepentimiento y al perdón:

– ¿Por qué no se lava, que no huele bien?

La palabra “fragancia” tiene según el diccionario de la Real Academia dos significados: (1) Olor suave y delicioso, y (2) Buen nombre y fama de las virtudes de una persona. Ambas se pueden aplicar perfectamente a Cristo y a los cristianos que de verdad aman a Cristo.

El «buen olor» es el mensaje de Cristo y también somos nosotros. La vida del santo resulta atrayente porque emite una fragancia agradable para las almas buenas; pero ese buen olor no es propio sino de Cristo; puesto que ha dejado a Cristo vivir en sí mismo (Gal 2:20), su vida toda remite a Cristo. Mensaje y mensajero se identifican. Del mismo modo que el azahar nos recuerda al limonero, el buen olor del cristiano nos recuerda a Cristo.

Cristo es el perfume agradable y suave del Padre que traspasado, herido, maltratado, clavado en la cruz, difunde su olor por todo el mundo y a todos los hombres. Él, al ser atravesado por la lanza, difunde su aroma a todo aquel se le acerque (“atraeré a todos hacia mí” Jn 12:32). También la Escritura nos dice que cuando Cristo murió en la cruz, exhaló el Espíritu. Espíritu que es el aroma dado a los hombres en nombre de Dios.

Para que el perfume pueda adquirir su fragancia debe ser paciente en el largo proceso de elaboración. El cristiano, asumiendo en su vida la vida de Cristo, quedará envuelto por el gran aroma de Jesús. Así, si Cristo es el perfume del Padre, y el Espíritu el aroma de Cristo dado a los hombres, no queda más que difundir con olor suave y delicioso la fragancia de Cristo.

Como nos dice Rafael Prieto: “Quien se acerca a Cristo queda perfumado. Quien lo toca, recibe su aroma. Quien lo comulga se compenetra de toda su fragancia, para convertirse él mismo en el buen olor de Cristo. Sucede como a los enfermos que acudían a Cristo y se esforzaban por tocar sus vestidos o recibían el toque de sus dedos, y quedaban curados: todo el que se acercaba a él con fe quedaba perfumado”.1

El buen olor se expande, atrae y cautiva con un naranjo o un limonero en flor, como el olor nocturno que emanan los jazmines.

Es en el jardín donde encontramos al Amado

Es en la primavera de nuestra vida espiritual cuando las jóvenes plantas de nuestro jardín comienzan a dar sus flores, y con ellas, se llena de suave aroma toda la vivienda y en entorno que nos rodea. Es allí, en el jardín, donde el Amado se suele hacer presente para manifestarnos su amor. Allí nos “despierta” y nos “llama” para que acudamos ante su presencia.

Ya han brotado en la tierra las flores,
ya ha llegado el tiempo de la poda
y el arrullo de la tórtola
se ha dejado oír en nuestra tierra.

Ya ha echado la higuera sus brotes,
ya las viñas en flor exhalan su aroma.
¡Levántate, amada mía,
hermosa mía, y ven!

                 (C.C. 2: 12-13)

Al Amado le gusta pasear por nuestro jardín; de hecho, si nuestro jardín esparce su aroma es porque por allí ha pasado Él. Pero su presencia no es permanente; es más, le gusta esconderse para así despertar en nosotros el deseo de su presencia y la virtud de la esperanza

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

               (Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz)

Bajó mi amado a su jardín,
a los macizos de balsameras,
para recrearse entre las flores y coger azucenas.

                (C.C. 6:2)

Amado y amada ya juntos, pasearán felices por su jardín, mientras se embriagan de los perfumes que exhalan sus virtudes.

Amado, caminemos
por las campiñas verdes y serenas,
y, luego que pasemos,
de flores tú las llenas,
de nardos, de jazmines y azucenas.

                  (Los Cantos Perdidos, Alfonso Gálvez)

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A lo largo de poco más de tres meses hemos realizado los lineamientos de lo que debería ser una vida espiritual, ahora queda lo más difícil, pasar de los planos a la realidad. Es algo que todos intentamos hacer con la ayuda de Dios. Algunos estarán poniendo los cimientos o limpiando el terreno; otros, irán un poco más avanzados y probablemente estén ya con las ventanas o quizá cubriendo aguas, y aquellos que perseveren fieles, antes o después, acabarán plantando los jardines y entonces sus vidas comiencen a desprender el “buen olor de Cristo”.

Como siempre, muchas cosas se quedaron en el tintero: el mobiliario, los cuadros, la fachada, la vigilancia…, pero creo ya llegado el tiempo de que cada uno escriba su propia historia con la ayuda quizá de los planos aquí dibujados. Y cuando algún día, si Dios quiere, nos veamos en el cielo, me invites a ver cómo quedó tu casa.

Padre Lucas Prados

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1 Prieto, Rafael. “El buen olor de Cristo”, Madrid 2009.

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com