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PASSIO ECCLESIÆ. Meditación en la Pasión y Muerte del Señor

Ésta es la hora vuestra, y la potestad de la tiniebla.

Lc. 22, 53

Los textos de la liturgia del Triduo Sacro nos impactan como un latigazo por la cruda brutalidad de los tormentos a los que fue sometido el Salvador por voluntad del Sanedrín, bajo órdenes del procurador romano. Las masas, instigadas por los sumos sacerdotes, invocan la sangre inocente del Hijo de Dios sobre ellos y sobre sus propios hijos, renegando en pocos días del homenaje que le rindieron en la entrada en Jerusalén. Las aclamaciones y hosannas se han transformado en crucifícales, y las palmas en bastones y látigos. Así son de confiables las multitudes: son capaces de tributar honores con la misma convicción con la que pocos días más tarde se decreta la condena a muerte.

¿Quiénes son los protagonistas y responsables de esta condena? Judas, apóstol entre los doce, ladrón y traidor, que por treinta monedas entrega al Maestro a las autoridades eclesiásticas para que lo detengan. El Sanedrín, o sea la autoridad eclesiástica de la Ley Antigua, todavía en vigor en el momento de la Pasión; falsos testigos, pagados o sedientos de notoriedad, que acusan a Nuestro Señor contradiciéndose entre sí. El pueblo, mejor dicho las masas listas para manifestarse dejándose guiar por unos pocos hábiles manipuladores. El procurador Poncio Pilatos, representante del Emperador en Palestina, que emite una sentencia injusta pero con autoridad oficial. Y toda aquella patulea de subalternos anónimos que despliega una crueldad inaudita hacia un inocente sólo porque era lo que se esperaba de ellos: guardias del Templo, soldados del Sanedrín, soldados romanos y demás gentuza violenta.

Nuestro Señor es condenado a muerte a pesar de que el magistrado supremo ha reconocido su inocencia. Accipite eum vos et crucifigite; ego enim non invenio in eo causam. Pilato no quiere enemistarse con los sumos sacerdotes ni con las turbas que éstos pueden manipular valiéndose del odio que sienten por los romanos que ocupan militarmente Palestina. Conoce el desprecio que le profesan los levitas y los ancianos del pueblo, que lo consideran un pagano al que no se deben ni acercar, hasta el punto de no querer contaminarse entrando en el pretorio; se quedan fuera, mientras maniobran para que la potencia temporal que los oprime se haga cómplice de su condena por blasfemia, es decir, por un delito de índole religiosa. Peor aún: para mandar a la muerte, sin condena, a un inocente. Innocens ego sum a sanguine justi hujus, dice Pilatos. Así la autoridad civil, por miedo a la arrogancia y al tumulto, se abstiene de hacer justicia; y así la autoridad espiritual, para no perder el poder que monopoliza, oculta las profecías, se obstina en no reconocer al Mesías prometido a pesar de las confirmaciones de su divinidad, y conspira para matar a Jesucristo porque, a decir verdad, se ha autoproclamado Dios. Los principales sacerdotes amenazan a Pilatos: Si hunc dimittis, non es amicus Cæsaris, y no les importa someterse al poder imperial con tal de mandar a su Rey a la muerte: Non habemus regem, nisi Cæsarem. Pero ¿el rey de los judíos no era Herodes?

Hasta en la Cruz, cuando el Señor entona la antífona del propio Sacrificio con las palabras del salmista, Deus meus, Deus meus: ut quid me dereliquisti?, los que conocían de memoria las Escrituras fingen no reconocer en aquel grito solemne la última advertencia a la Sinagoga, presagio de la abolición del sacerdocio levítico y de la inminente destrucción del Templo, cuarenta años más tarde, a manos de Tito. En el Salmo 21 David profetiza lo que los judíos tenían ante los ojos y ya no estaban en situación de entender por culpa de su ceguedad. Aquella amonestación la oímos una vez más hoy en los improperios de la liturgia de Parasceve, estupefactos por la incredulidad del pueblo elegido y desgarrados por la no menos desgarradora renovación de la infidelidad del nuevo Israel, sus pontífices y sus ministros.

En toda la liturgia del Triduo Pascual no hay una sola palabra que no resuene como una dolorosísima acusación; la acusación al Señor, que ve cómo se cumple en la traición de Judas y de su pueblo el acto mediante al cual las autoridades religiosas y civiles se alían contra el Señor y contra su Cristo: Astiterunt reges terrae, et principes convenerunt in unum, adversus Dominum, et adversus Christum ejus (Salmo 2,2)

Dice Nuestro Señor: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como vosotros no sois del mundo – porque Yo os he entresacado del mundo– el mundo os odia. Acordaos de esta palabra que os dije: No es el siervo más grande que su Señor. Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros». Con esta amonestación, el Salvador nos recuerda que su santísima Pasión debe cumplirse también en el Cuerpo Místico, tanto en personas individuales a lo largo de los siglos como en la institución al final de los tiempos. Y no deja de ser significativa la correspondencia entre la Pasión de Cristo y la de la Iglesia.

Yo diría que esta correspondencia es aún más evidente en estas horas de tinieblas en las que el poder del nuevo sanedrín infiel y corrupto se ha aliado con el poder temporal para perseguir a Nuestro Señor y a cuantos le son fieles. También hoy los principales sacerdotes, sedientos de poder y ávidos de complacer al imperio que los tiene sojuzgados, recurren a Pilatos para que condene a los católicos, acusándolos de blasfemia por no querer aceptar la traición de los que tienen autoridad sobre ellos. Los apóstoles y los mártires de ayer viven de nuevo en los apóstoles y los mártires de hoy, a los cuales por el momento se les niega el privilegio del martirio cruento pero no la persecución, el ostracismo y la irrisión. Volvemos a encontrarnos con Judas, que vende al Sanedrín a los buenos pastores; con los falsos testigos, los sinvergüenzas, los que soliviantan a las masas, los guardianes del Templo y la guardia pretoriana. Vemos nuevamente a Caifás rasgándose las vestiduras, a San Pedro negando al Señor y a los Apóstoles huyendo y escondiéndose; a quienes ponen sobre la Iglesia una corona de espinas, se burlan y la abofetean, la azotan y la hacen objeto de escarnio; a quienes la cargan con la cruz de los escándalos de sus ministros y los pecados de sus fieles; también hoy hay quienes empapan la esponja en vinagre y traspasan con una lanza el costado de la Iglesia; e igualmente es echada a suertes una túnica inconsútil. Pero igual que ayer, la Madre de la Iglesia y un Apóstol seguirán al pie de la Cruz, dando testimonio de la Passio Ecclesiae como en su tiempo lo dieron de la Passio Christi.

Que en estas horas de silencio y recogimiento cada uno de nosotros se examine a sí mismo. Preguntémonos si en la acción litúrgica de los últimos tiempos queremos contarnos entre los que por puro conformismo miran para otro lado, golpean a su Jefe y le escupen al Señor mientras pasa camino del Calvario. Preguntémonos si en esta sagrada representación tendremos valor para enjugar el Santo Rostro ensangrentado de Cristo en la imagen devastada de la Iglesia, si sabremos como el Cirineo ayudarle a llevar la Cruz, si como José de Arimatea le ofreceremos un lugar digno en que repose hasta que resucite. Preguntémonos cuántas veces habremos abofeteado a Cristo, poniéndonos de parte del Sanedrín y los sumos sacerdotes, cuántas veces habremos puesto el respeto humano por encima de la fe, cuántas veces habremos aceptado treinta monedas a cambio de traicionar y entregar al Salvador en sus buenos ministros a los principales sacerdotes y ancianos del pueblo.

Cuando la Iglesia exclame consumatum est bajo un cielo ennegrecido mientras tiembla la tierra y el velo del Templo se desgarra de arriba abajo, lo que falta a los padecimientos de Cristo (Col.1,24) se cumplirá en el Cuerpo Místico. Esperemos al descendimiento de la Cruz, el santo entierro en el sepulcro, el silencio absorto y mudo de la naturaleza y el descenso a los infiernos. En este caso será también la guardia del Templo la que vigile para que no resurja la pusillus grex, y dirán una vez más que sus secuaces han venido para robar el cadáver.

Para la Santa Iglesia también habrá un Sábado Santo; habrá un exultet y un aleluya tras el dolor, la muerte y la sepultura. Scimus Christum surrexisse a mortuis vere: sabemos que con Él resucitará también su Cuerpo Místico, justo cuando sus ministros piensen que ya está todo perdido. Y reconocerán a la Iglesia, como reconocieron al Señor in fraccione panis.

Estos son mis más sinceros deseos para esta Semana Santa y Pascua y para los tiempos que nos aguardan.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

2 de abril de 2021

Feria VI in Parasceve
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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