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“Pescador de hombres”: vocación del cristiano

I. En el Evangelio de este IV Domingo después de Pentecostés (Lc 5, 1-11) san Lucas nos presenta a Jesús llamando a tres de los que luego formaron parte del grupo de los Apóstoles: Pedro y los hermanos Santiago y Juan. Sabemos que algunos de ellos ya habían conocido a Jesús con ocasión de su encuentro con los discípulos de san Juan Bautista que le había señalado como el «Cordero de Dios» (Jn 1, 36; cfr. 35-43).

Lleno de estupor al igual que el resto de sus compañeros por la abundante pesca, Simón Pedro se postró en tierra reconociéndose indigno de estar junto a Jesús. Es la reacción natural ante este prodigio, máxime después que el Bautista lo había señalado como el Mesías prometido. «Y Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 10-11). Al ser llamados, aquellos hombres abandonaron su oficio, su ocupación, su familia y fueron tras Él[1]. El término «lo siguieron» es el que se aplicaba en la literatura rabínica para expresar la relación de un discípulo con su maestro. La gracia interior de Jesucristo atrae misteriosamente los corazones de aquellos hombres y empieza a transformarlos: ahora rudos e ignorantes, serán un día fundamento de su Iglesia que iban a extender por todo el mundo entonces conocido, del Asia Menor a Hispania. Todo esto se anuncia en la expresión «pescador de hombres» que se refiere a ser discípulo de Cristo en orden a extender su reino. La pesca abundante es una acción simbólica que además de manifestar la divinidad de Cristo por su carácter de milagro sobre la naturaleza, pretendía sugerir a quienes llamaba cuál había de ser su oficio y la fecundidad de su misión[2].

II. Lo ocurrido a los Apóstoles nos recuerda que quienes «tomando nuestro nombre de Cristo, nos llamamos cristianos»[3] hemos recibido una vocación sobrenatural a la vida eterna[4]. Esa vocación depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana pero la gracia de Cristo, el don gratuito que Dios nos hace de su vida, es en nosotros la fuente de la obra de la santificación.

Incorporados a Cristo («cristianos») por el bautismo[5], Él quiere asociarnos al misterio de salvación. Jesús llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) y nos dejó ejemplo «para que sigamos sus huellas» (1P 2, 21). Por eso es posible hablar de la vida cristiana como de un «seguimiento de Cristo»que comenzó el día de nuestro bautismo y que tiene que progresar identificándonos cada vez más con Él[6].

En la Epístola (Rm 8, 18-23) san Pablo nos explica que esta vocación se vive en dos tiempos: aquí, bajo la adopción bautismal; en el cielo, por su consumación definitiva en la gloria. Por eso habla de «primicias del Espíritu» (v.23), es decir, de que tenemos ya el Espíritu Santo, pero no tenemos todavía todo lo que esa posesión nos garantiza. Dicho de otra manera, «hemos sido salvados en esperanza» (v.24), pues la plenitud de esa salvación aparecerá sólo más tarde; de momento debemos mantener una espera paciente y constante[7]. San Pablo sostiene que no hay en este mundo sufrimiento alguno que merezca compararse con la gloria que nos espera. «Creemos y esperamos una gloria sin fin, igual a la de Aquel que, por conquistarla para su Humanidad santísima y para nosotros, no obstante ser el Unigénito de Dios, sufrió en la vida, en la pasión y en la cruz más que todos los hombres»[8].

De esta manera nos ponemos en camino para llegar a la meta del seguimiento de Cristo, a la altura a la que el cristiano está destinado: vivir como hijos de Dios ya en esta vida y llegar a la bienaventuranza del cielo que «consiste en ver, amar y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien»[9]. Uno de los medios principales de que disponemos para alcanzar esta meta son los sacramentos, muy en especial la Eucaristía y la Confesión. Cuando los recibimos dignamente, Dios nos va transformando y nos hace capaces de llevar una vida de acuerdo con nuestra condición de hijos suyos, dejando obrar a la gracia sin los obstáculos que nosotros mismos le ponemos. Entonces podremos practicar las buenas obras, que la fe nos exige como condición indispensable para la salvación (St 2, 26):

«Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas (Cf. S. AUG., De nat. et gratia c. 43 50) y ayuda para que puedas; sus mandamientos no son pesados [1 Jn 5, 3], su yugo es suave y su carga ligera [Mt. 11, 30]. Porque los que son hijos de Dios aman a Cristo y los que le aman., como El mismo atestigua, guardan sus palabras [Jn 14, 23]; cosa que, con el auxilio divino, pueden ciertamente hacer»[10].

III. El Señor nos ha invitado a seguirle, a cada uno en sus condiciones peculiares. Podemos examinar cómo estamos correspondiendo a esa llamada, si hay cosas en nuestra vida que nos impiden renovar cada día una respuesta rápida y generosa como la de los Apóstoles. Y a la Virgen María le pedimos que nos alcance la fortaleza que necesitamos para ser fieles a nuestra vocación cristiana y llevarla a su plenitud.


[1] Es lo que tiempo después recordaría el mismo Pedro: «Entonces dijo Pedro a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?» (Mt 19, 27).

[2] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 2, Evangelios, Salamanca: BAC, 1964, 797-798.

[3] Catecismo romano I, 3, 12.

[4] «Dios, por una gracia particular, nos ha llamado a la Iglesia de Jesucristo, para que con la luz de la fe y la observancia de la divina ley le demos el debido culto y lleguemos a la vida eterna»: Catecismo mayor, 147.

[5] «Después de administrado el Bautismo, unge el Sacerdote al bautizado con el Crisma en la coronilla de la cabeza, para que sepa que desde este día está incorporado con Cristo como miembro con su cabeza y unido con su cuerpo, y que por eso se llama cristiano de Cristo, como Cristo de Crisma»: Catecismo romano II, 2, 62.

[6] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 599. 606. 609. 618.

[7] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 319-320.

[8] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Rm 8, 18.

[9] Catecismo mayor, 249.

[10] Concilio de Trento, Sesión VI, Cap. XI: Dz 804.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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