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¿Quiénes deben propagar la Moral Católica? (Los padre de familia)

Si los gobiernos están tan obligados ante Dios y ante los pueblos a practicar y proteger la moral católica, aunque tanto se desentiendan de este sagrado deber, los padres y madres no lo están menos respecto de sus familias. Ellos son, dice San Juan Crisóstomo, los apóstoles domésticos, y es muy rigurosa la cuenta que Dios les pedirá de las almas encomendadas a su custodia. La naturaleza misma les impone este deber y les da el ejemplo en los mismos irracionales. La ley de Dios santifica estos oficios naturales, y la conveniencia es el último estímulo, que viene a alentar más a los padres y madres con la segura esperanza de gozar de los frutos de una educación cristiana. La sociedad entera exige la buena educación moral, porque ella es lo que la educación misma. No se quejen los padres de que sus hijos sean desobedientes, rebeldes, altaneros, enemigos del estudio y del trabajo, y de que al fin les den, como dan muchos, el pesar inconsolable de morir en un pleito o en un cadalso. Si no pusieron la diligencia posible para instruirlos, amonestarlos, y en el último caso, corregirlos aun con severidad y firmeza, ningún derecho tienen de lamentarse de los amargos frutos de su desidia, abandono y mal ejemplo. Si la sociedad sufre en su seno jueces venales, magistrados injustos, administradores ladrones, abogados chicaneros, empleados infieles, jóvenes viciosos, sacerdotes relajados, comerciantes fraudulentos, artesanos mentirosos y tanta y tanta gente inútil, perdida y perjudicial, no se debe, en su mayor parte, a otra causa, que a la mala educación y peores ejemplos de los padres de familia.

Entre las clases acomodadas se cuida mucho de que los hijos aprendan urbanidad, lectura, escritura, aritmética y las otras partes de matemáticas, la música, el dibujo, la gimnástica y hasta el tiro de la pistola; pero en cuanto a doctrina y moral cristiana no se habla una sola palabra. ¿Y esto entre católicos? ¿Qué resulta? Que los niños salen de esos establecimientos de enseñanza tan vanos, tan superficiales, tan pedantes, como los pomposos programas, según los cuales, han de salir de las escuelas hechos unos Salomones. ¿Y la moral? No se hable de esto. El niño, y más en el sexo masculino, es de suyo indevoto; parécete que una misa dura un siglo; rehúsa rezar el rosario, leer un libro devoto, se inclina fuertemente a las malas compañías, le agradan las malas palabras, y hasta los modales soeces y groseros tienen para él atractivo. Si tales pasiones no se contradicen con energía y oportunidad, no se hace otra cosa que fomentar y preparar un joven libertino, impío, pendenciero y escandaloso.

Si por el contrario, la dulzura de una tierna madre graba profundamente en el blando corazon del niño los principios del santo temor de Dios; si sabe infundirle desde la primera edad el horror a la mentira, al hurto, a la calumnia, a la impureza, a todo pecado; si se habitúa el hijo a ejercicios devotos, a los actos de misericordia, al respeto de los mayores, a la obediencia de sus padres, al estudio y aplicación o al juicioso trabajo, entonces se prepara un joven, que bien podrá perderse por desgracia, más esto no es lo ordinario, sino que será la honra, el descanso y la gloria de los que le dieron el ser. El llenará de bendiciones y de consuelos a sus ancianos padres; él será la esperanza de la sociedad; él se apartará de malos amigos, de la ambición de los destinos y de las revoluciones; él llegará a ser un padre de familia como los que lo educaron.

Un padre de familia, es la primera autoridad en su casa, el juez sin apelación en los disturbios domésticos, el administrador de los bienes, el guardián de las buenas costumbres, el modelo de los hijos y los criados, el maestro de sus súbditos, el buen compañero y apoyo de una dulce y casta esposa, el laborioso mantenedor de sus comensales, el que profesa, para decirlo en una palabra, un estado de beneficencia, de enseñanza, de caridad y de quien pende en su mayor parte la felicidad de las sociedades. Por esto se han tenido siempre por mas morigerados los pueblos en donde abundan los matrimonios, como por mas desmoralizados los que están llenos de solterones o celibatos.

“EL PROPAGADOR DE LA MORAL CATÓLICA”




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San Miguel Arcángel
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