Muy interesante este artículo sobre la preparación al matrimonio:

La norma de la cohabitación
BERNARD TOUTOUNJI
“Aceprensa”, 16.AGO.2012
Entre las parejas que se casan después de vivir juntas, la tasa de divorcio es el doble que la de las parejas que no han cohabitado antes de casarse.
Desde hace tres meses salgo con mi novia y afortunadamente todo está yendo muy bien. Estaba contándolo a un amigo el otro día y al final de la conversación me preguntó, con una expresión de viva curiosidad: “¿Vais a iros a vivir juntos?”. De entrada me sorprendió la pregunta, pues suponía que para la mayoría de la gente que me conoce era obvio lo que yo pienso en ese tema. Sin embargo, supongo que ya no es “obvio” por qué unos jóvenes que están saliendo juntos deciden no hacer las maletas y buscar un sitio donde vivir. Así que explicaré por qué he decidido no compartir la cama con mi novia.
La cohabitación antes del matrimonio es hoy la senda más común de las parejas jóvenes: así hacen cerca del 75%, y para la mayoría de ellas, más que una decisión meditada es algo hacia lo que se deslizan sin pensarlo. Cuando él o ella empiezan a pasar más noches en casa del otro que en la suya, al final parece natural dejar de pagar dos alquileres.
Pero aunque la cohabitación se presenta como un buen modo de conocer a la otra persona y asegurar así un matrimonio más sólido, no hay pruebas que demuestren esto. Las estadísticas revelan que la cohabitación dura 2,5 años antes de romperse o de convertirse en matrimonio, pero la tasa de conversión en matrimonio está en declive. Entre las parejas que comienzan a vivir juntas, el 50% se casan y el 50% se rompen antes de cinco años. Para aquellas que llegan a casarse, la tasa de divorcio es el doble que la de las parejas que no han cohabitado antes de casarse.

Distintas promesas
¿Por qué entonces la cohabitación es la norma aceptada, y al mismo tiempo resulta completamente inútil para ayudar a las parejas a discernir su futuro? La respuesta a las dos preguntas es la misma: sexo. El hecho de que se vayan a vivir juntos es el fruto de que ya han empezado a tener relaciones sexuales. No nos confundamos: la cohabitación tiene que ver con el sexo. Los jóvenes que cohabitan se hacen el uno al otro la declaración subliminal de que “no necesito casarme contigo para tener relaciones sexuales”.
Esta es una declaración decisiva para el buen estado de la relación, porque el sexo pasa de ser algo digno de un compromiso ante Dios a algo no más importante que decidir lo que comeremos hoy. La promesa que se hace una pareja que cohabita es: “Prometo tener relaciones sexuales contigo hasta que encuentre a otra persona con la que prefiera tenerlas”. Hace poco vi la película The Vow, una comedia romántica basada en una historia real. La pareja protagonista se conoce, empiezan a salir y finalmente el chico le pide a la chica que se vaya a vivir con él. La escena está concebida como el momento especialmente romántico en el que el hombre da finalmente un paso adelante y hace lo que hay que hacer. Pero lo que realmente ha dicho es: “Quiero acostarme contigo de modo más regular, pero con la libertad de dejarlo si el asunto no funciona”. ¡Pues sí que es romántico esto!

Lo importante, marginado
¿Y qué pasa con las parejas que viven juntas y finalmente se casan? Pongo en duda la libertad con la que realmente entran en el matrimonio y su deseo real de estar juntos hasta que la muerte los separe. Por su misma naturaleza, el sexo está diseñado para establecer un vínculo entre una pareja, pero cuando una relación llega al sexo antes de tiempo, cuestiones importantes como el carácter, la concepción de la vida y la compatibilidad quedan orilladas. En consecuencia, todo se ve de color de rosa y resulta difícil acordarse de las cosas importantes y más aún hablar de ellas. Cuando una pareja de novios empieza a tener relaciones sexuales, descuida verificar su compromiso intelectual, y en su lugar inicia uno emocional y sexual.
El amor en ciernes es muy frágil, y la lujuria puede fácilmente apastarlo. El hecho de que una pareja que cohabita pueda finalmente acabar ante el altar (o más probablemente en el jardín) no es una prueba de que compartan un verdadero amor. Muchas parejas que hoy se casan no escogen el matrimonio con tanta libertad como podrían, sino que a menudo simplemente acaban en él. Es solo el siguiente paso tras una serie de decisiones equivocadas. La cohabitación se basa en el principio de que uno puede abandonarla en cualquier momento y esta actitud no desaparece fácilmente solo por firmar un certificado de matrimonio.

El camino fácil
Las parejas que cohabitan desean ciertamente amar e indudablemente hacen lo mejor que pueden para amarse el uno al otro. Pero el problema es que lo mejor que pueden no es suficiente, porque se basan en una información falseada. Aprenden cómo tener relaciones sexuales con la otra persona pero no cómo es la persona; desean ser amados pero no logran comprender cómo amar.
Si no me interesara discernir cómo será el posible futuro con mi novia, entonces, desde luego, nos arrejuntaríamos ahora mismo. Pero mi corazón, como el de cualquier otro ser humano, desea encontrar un amor que dure toda la vida. Y la probabilidad de encontrarlo disminuiría mucho si tomáramos ahora el camino fácil y siguiéramos simplemente la tendencia social. El amor es algo demasiado valioso para ser rebajado y destrozado a través de ese mal social de la cohabitación.

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".