Alessandro Gnocchi sigue siendo uno de los mejores comentaristas de la situación actual de la Iglesia. El siguiente extracto de su columna en La Riscossa Cristiana es un ejemplo de su determinación de ver las cosas como son. Gnocchi usa palabras fuertes que provocan el pensamiento:

El mundo católico que comúnmente se llama “no izquierdista” o “no progresista”, salvo las raras excepciones de los que son capaces de ir realmente contra la corriente, se compone de intelectuales poco convincentes y sedientos de legitimación. Pobres personajes en busca de un autor que los suba a un escenario y los haga recitar cualquier libreto que ponga delante de ellos. Mientras tanto, mientras los títeres saltan y bailan, el pequeño teatro se vuelve siempre más a la izquierda hasta completar la mutación. El lenguaje, los temas e incluso los principios que hasta el último pontificado fueron considerados como no negociables se adaptan a un público que siempre quiere más y mejor: desde la colaboración política hasta llegar a las concesiones doctrinales el pasaje es muy corto, especialmente si existe el incentivo de recibir los aplausos del mundo.

[Hay quienes] se escandalizan, porque todo aquél que intente expresar una objeción frente a la situación actual es etiquetado rápidamente como “una persona que siembre división”… La táctica de acusar a los disidentes de ser “personas que dividen” por lo general se emplea por el poderoso o por el cobarde y debemos recordar que a menudo los que están en el poder son los cobardes que eventualmente tienen una palanca de poder en sus manos. Siempre que haya alguien que se atreva a debatir los temas desde la oposición los poderosos evitarán el debate silenciando sus propias convicciones y su posición real, y los cobardes lo evitarán porque no tienen convicciones, y en caso de tenerlas, no tienen el coraje para defenderlas. Nada es más fácil que someter al escarnio público a cualquiera que se atreva a romper la chapa de la unidad deslegitimándolo a priori: si amenaza la unidad, no se le permite hablar. La Verdad, con mayúscula, sucumbe a la conveniencia. Pilato, que prefiere seguir siendo amigo de César, nunca cesa de buscar compañeros de ruta.

La Iglesia de las últimas décadas ha funcionado (o más bien malfuncionado) por anclarse a sí misma al deseo de ser la amiga del César. Ella ha sido débil hasta el punto de quedar anémica en el campo de la doctrina y de la moral. Ella se ha mostrado agresiva y despiadada en su represión y en la negación de toda opinión legítima que tenga la intención de reafirmar las verdades doctrinales y morales. El resultado es silenciar a aquellos cuya intención es defenderla y a la vez dar rienda suelta a aquellos cuya intención es destruirla. Esta metodología es muy elogiada y se pone en práctica desde la cúspide hasta la iglesia parroquial.

Pero permítanme ahora algunas consideraciones sobre las melodías que a menudo silban aquellos católicos que dicen que quieren oponerse a la deriva hacia el liberalismo pero que en realidad no hacen nada, excepto ir siguiéndola siempre un paso atrás. Me limitaré a hablar de ese tintineo, que es el siguiente: “siempre es mejor hacer algo aunque no sea perfecto que no hacer nada.” Estos católicos, a los que tal vez debería llamarse “católicos-light” [cattolichetti] han perdido de vista, debido a su cancioncita, la postura que el católico siempre debe asumir en el enfrentamiento con el mundo. De esta manera, al persistir en la connivencia y cooperación con el mundo, han entorpecido su sentido espiritual hasta el punto de que ya no son capaces de comprender la gravedad de los tiempos en los que vivimos.

Ellos se deleitan en los idealistas planes políticos de acción, mientras que lo que realmente está pasando es una guerra entre Cristo y el Anticristo en una escala nunca antes vista, donde lo que está en juego es la supervivencia de la fe católica. Repito: estamos en una batalla para preservar la Fe Católica y esta batalla se libra en varios frentes, incluso en algunos que son tan importantes como la verdad moral, pero que son sólo campos de batalla en una guerra que es mucho más profunda, que implica la metafísica y la religión. Lo más importante en juego es la fe. Pero la fe se conserva entera e intacta, o se pierde. No se pueden preservar solamente partes de acuerdo con el gusto o la conveniencia.

Las decisiones que se tomen con respecto a los elementos cruciales de la enseñanza moral, que tocan la misma naturaleza humana, son los signos que mostrarán si la fe resistirá o se rendirá. Porque cualquier acomodamiento, incluso uno concebido para el bien o tal vez usando el apolillado concepto del “mal menor”, representa un acomodamiento de la Fe: una traición a Cristo en favor del Anticristo. El mundo de hoy no necesita una ley que es un poco menos mala que la otra porque, como los “católicos-light” dicen, “es mejor hacer algo, aunque no sea perfecto, que no hacer nada”. No estamos luchando una batalla para dar algo menos malo al mundo, sino para permanecer fieles a Cristo y sus enseñanzas, y sólo Él puede salvar al mundo.

Esto es lo que ha hecho del Sínodo sobre la Familia que acaba de concluir un evento tan dramático y hará que el próximo lo sea aún más. Lo que pasó y va a pasar, no sólo será un cara a cara entre dos diferentes escuelas de pensamiento, sino el cara a cara entre los que pretenden preservar la Fe católica en su conjunto y los que quieren cambiarla. En pocas palabras, y como estamos hablando de obispos, cardenales y del Papa, mis palabras pueden parecer duras, estamos tratando con la batalla entre Cristo y el Anticristo. Sólo queda para nosotros elegir de qué lado estar.

[Fuente La Riscossa Cristiana – Traducido por Juan Campos. Artículo original]