Muchos de ustedes recordarán las emisiones de radio y televisión del arzobispo Fulton Sheen. Tan popular era este prelado estadounidense que el famoso comediante Milton Berle señaló que la única razón de que la audiencia de Sheen fuera más alta que la de él, era porque el obispo tenía a Dios como patrocinador. Entre muchas citas memorables del arzobispo Sheen tenemos esta joya: “Solía ser frecuente que creyésemos que sólo la Santísima Virgen fue concebida sin pecado original; ahora parece que todo el mundo se cree ¡inmaculadamente concebido!”

La Inmaculada Concepción es, por supuesto, un dogma de la Iglesia y una fiesta santa en diciembre. Es apropiado que durante el tiempo de Adviento en el que la Iglesia se prepara para el nacimiento de nuestro Salvador también estemos celebrando el singular privilegio concedido a su Madre de haber sido inmaculadamente concebida.

La mística, beata Ana Catalina Emmerick, describió la Inmaculada Concepción de María por sus padres Joaquín y Ana, como un abrazo puramente espiritual que tuvo lugar en el templo judío:

Joaquín llegó a un lugar en medio del cual había un pilar en  forma de una palmera con hojas colgantes y frutas. Aquí se encontró con Ana, radiante de felicidad. Se abrazaron el uno al otro con santa alegría, y cada uno le dijo al otro sus buenas nuevas. Se encontraban en un estado de éxtasis y envueltos en una nube de luz. Vi esta luz que salía de una gran multitud de ángeles, que llevaban lo que parecía ser una torre alta y brillante que se cernía sobre las cabezas de Ana y Joaquín… Vi que esta torre parecía desaparecer entre Ana y Joaquín, que eran envueltos en un destello de gloria. Comprendí que, como resultado de la gracia dada aquí, la concepción de María era tan pura como todas las concepciones habrían sido si no hubiese sido por la caída. Yo tenía a la vez una visión indescriptible. Los cielos se abrieron por encima de ellos, y vi la alegría de la Santísima Trinidad y de los ángeles, y su participación en la misteriosa bendición aquí otorgada a los padres de María (La Vida de la Santísima Virgen María, parte II.I).

Para el resto de nosotros, que fuimos concebidos en una condición de pecado, el pecado original se elimina mediante el sacramento del bautismo y los pecados personales posteriores son perdonados por el sacramento de la penitencia. Cada católico adecuadamente preparado para su primera confesión lo sabe (así como la materia y la forma adecuada de la penitencia), pero al parecer no todo cardenal acepta esto, incluso el obispo de Roma parece rechazarlo. Al menos este parece ser el caso, teniendo en cuenta las iniciativas en curso destinadas a los adúlteros para que vuelvan por la vía rápida a la santa comunión.

¿Cuáles son la materia y la forma de la confesión? De acuerdo con la Iglesia católica: la contrición, la confesión, el propósito de cambiar y la absolución. Pero al compromiso kasperiano para restaurar a los pecadores impenitentes y concederles acceso al Santísimo Sacramento, le falta un componente esencial de la confesión: contrición (arrepentimiento).

Imaginemos, por un momento, lo que una confesión kasperiana podría ser, con el padre Bergoglio como confesor:

Penitente: “¡¿Qué tal Jorge?! (Bergoglio)”

Confesor: “¡Buenas tardes!”

Penitente: “Estoy en una relación adúltera y no tengo la intención de dejar mi comportamiento inmoral.”

Confesor: “¿Quién soy yo para juzgar? De penitencia lee Laudato Si y bájale tres grados a tu termostato. Yo te absuelvo en el Nombre de la Madre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Penitente: “¡Amén!”

Incluso un niño de siete años de edad, al menos uno que tenga lo que se llama padres católicos fundamentalistas, podría detectar el componente sacramental esencial que falta en este ejemplo. Aquí está lo que el Catecismo de Baltimore enseña y cita a modo de apoyo bíblico con respecto a una comprensión verdaderamente católica de la contrición:

“La contrición es el dolor sincero por haber ofendido a Dios, y el odio por los pecados que hemos cometido, con el firme propósito de no volver a pecar. Que el hombre impío abandone su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor; y Él tendrá misericordia de él. (Isaías 55, 7) ”

La contrición no es simplemente tristeza por una situación indeseable que el pecador se ha causado a sí mismo por su propio pecado. No, la verdadera contrición DEBE incluir algún grado de odio por el pecado mismo y un propósito firme de no volver a pecar. En su misericordia Dios permite incluso una contrición imperfecta para cumplir con el sacramento de la confesión, pero no una ausencia de elementos esenciales de la contrición, incluyendo una decisión de no pecar más. Esta determinación es lo que falta en el compromiso kasperiano, para volver a admitir a los pecadores impenitentes a la santa comunión.

La Última Palabra teme que los componentes esenciales de contrición, también estarán tristemente ausentes en el Año Jubilar de la Misericordia. Esto está lejos de ser un temor infundado, si se toman en cuenta las palabras y acciones de Francisco de Roma y el sínodo sobre sexo que acaba de concluir. De hecho, teniendo en cuenta cómo el obispo de Roma inició, cooptó y manipuló el sínodo sobre la familia para sus propios fines modernistas impíos, hay muchas razones para creer que el llamado Año de la Misericordia es simplemente otra táctica papal para cumplir su ‘efecto Francisco’. Entre estos efectos se puede imaginar un embrutecimiento del estigma asociado a los pecados capitales del aborto, la homosexualidad, la cohabitación y el adulterio. ¡Dios nos libre de los ‘Apóstoles de la Misericordia’!

Por esta razón, a saber, que no puede haber absolución sin la condición previa de contrición y que este componente esencial para la misericordia brilla por su ausencia en la teología de este pontificado, la última palabra es tener precaución sobre el Año de la Misericordia, así como hemos evitado el rezo de los misterios luminosos y otras novedades del Vaticano II. Insto a todos los pastores y a los fieles, a ser muy cautelosos con este caballo de Troya disfrazado de Año Jubilar.

Si Francisco de Roma quiere un Año de la Misericordia, entonces debe actuar en obediencia a la Santísima Madre y consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María. Ese simple acto podría marcar el comienzo de toda una época de divina misericordia y paz para la Iglesia y el mundo. Pero como estamos retrasados desde hace mucho tiempo para esta consagración, no debemos esperar la misericordia, sino más bien una aplicación cada vez más intensa de la ira divina sobre la iglesia del Vaticano II y sobre el mundo. Lamentablemente, hay poca esperanza de clemencia divina bajo el pontificado de Francisco, que continuamente demuestra ser un castigo sin precedentes y el flagelo de la Iglesia y del mundo.

Padre Celatus

[Traducido por Cecilia González Paredes. Artículo original]