Recientemente, un sacerdote reveló que creía que, la liturgia latina rezada ad orientem, se centra en Dios y no en el sacerdote y la gente.  Tenía razón, pero revelar su creencia fue peligroso ya que invitaba a las preguntas. Así, le preguntaron si él instituiría el culto ad orientem en su parroquia. Lamentablemente, dijo que no, aduciendo en defensa de su decisión, la falta de catequesis de los feligreses, que sería mal recibido, etc. Cuando sabemos que algo está bien, ¿no se supone que debemos hacerlo?

Acerca de la catequesis, hay una simple realidad: transmitir la Fe requiere el mayor cuidado y precisión. Una realidad secundaria es la cita tan a menudo atribuida a San Francisco de Asís (y casi nunca citada): “Predica el Evangelio en todo momento; si es necesario, usa las palabras”. Si, realmente, es una cuestión de catequesis y de preparar a la gente para los cambios necesarios, ¿cuando podemos esperar para ver alguna acción? No vemos muchas y, cuando lo hacemos, a menudo van seguidas de significativas reacciones negativas.

Ésta aparente falta de acción, es síntoma de un problema mucho mayor, a saber: que los sacerdotes están siendo forzados a comprometer no sólo su conciencia, sino su propia Fe. No es necesario dar profundas explicaciones acerca de los antecedentes de algunos de los problemas presentes dentro de la Iglesia; otros han escrito mejor y más elocuentemente sobre el tema. Es suficiente decir que hay un asunto, en particular, muy relevante en la presente discusión, y éste es la formación sacerdotal.

Entre los seminaristas, hay un dicho famoso: “Hasta que el alba y la estola cuelguen sueltos”. En otras palabras: a los seminaristas se les dice que deben agachar la cabeza y mantener la boca cerrada hasta que sean ordenados. ¿Por qué deben observar semejante silencio? Están al tanto o son testigos de abusos varios y de heterodoxia. En los seminarios, existe un ambiente de miedo, no muy diferente a una dictadura comunista, que fuerza a los distintos, a los “ortodoxos”  a la clandestinidad, por miedo a ser perseguidos y no ser ordenados.

Hablando sólo del contexto de Estados Unidos, la formación sacerdotal es un sistema destrozado. Un hombre atraído por personas de su mismo sexo y que actuaba de acuerdo con sus sentimientos pero que estaba pensando en el sacerdocio, le preguntó a un sacerdote sobre la persecución en el seminario. El sacerdote le recomendó: “Miente”. En otras palabras: el sistema de formación está tan roto que puedes sacar todo el provecho ocultando la verdad y así conseguir ordenarte.

Otra historia real, concierne a un seminarista que tuvo que abandonar el seminario, en parte, porque era perseguido por sus “tendencias piadosas” (por ejemplo, comulgar arrodillado). ¿Por qué de esta persecución? “Arrodillarse no es la norma en las parroquias y tú debes obedecer las normas diocesanas del Ordinario local”. La adhesión del Ordinario a las normas de la Iglesia Latina nunca se cuestiona. Los obispos ostentan todo el poder en sus diócesis y tanto si se admite como si no, los que están sujetos a su autoridad no se atreven a contradecirle. Temen lo que pueda ocurrir con sus carreras. Esta norma, sin embargo, no se aplica, necesariamente, si es un obispo ortodoxo.

Se dijo que la generación de sacerdotes de Juan Pablo II y Benedicto XVI, “podría salvar” a la Iglesia de los aprietos en que se encuentra. Esta creencia  presenta una visión de futuro miope e insostenible. La actual generación de jóvenes sacerdotes ha sido, en gran parte, formada por la generación anterior, la cual contribuyó a crear los espantosos aprietos. ¿Qué formación han impartido a nuestra nueva generación? No sería aconsejable hacer una alegre danza y sacudir nuestros pompones mientras cantamos: “La crisis ha pasado”, como indicó recientemente Ross Douthat.

El hecho es que, los nuevos sacerdotes, son ordenados y se encuentran con que el ambiente de miedo y silencio comunista, aunque modificado, continúa en su vida parroquial. Ahora, en lugar de tener a los formadores del seminario observándoles, tienen en la parroquia a un pastor-policía-secreta que no les quita ojo de encima. No lo duden ni un momento: estos párrocos no pierden de vista a los “jóvenes cachorros” y hacen informes para la oficina de la cancillería diocesana.

Un joven sacerdote que use sotana o bonete sería motivo de conversación en la mesa de la rectoría, seguido de epítetos como: “rígido”, “demasiado conservador” y otros por el estilo. Más aún, si le gustara celebrar la Misa de Forma Extraordinaria, deberían ponerle la camisa de fuerza. En lenguaje común: estos hombres deben ser “abatidos”. Si tales tendencias se ven en el seminario, lo más probable es que sean asignados para trabajar con un párroco encargado, tácita o abiertamente, de “doblegar” el espíritu del sacerdote “de nuevo cuño”.

Otra forma de miedo utilizada por el párroco es el miedo patológico a la camaradería de la gente. En otras palabras: “No hacemos ‘X’ en esta parroquia porque no sería bien recibido por la gente”. (Léase: “No les gustaría yo y se llevarían su dinero o recursos a otro lugar”). Esta línea de pensamiento se basa en el respeto humano, el cual es una practica condenada en la vida espiritual porque: “Debemos obedecer a Dios en lugar de a los hombres” (Act. 5,29).

El respeto humano tiene una tendencia perversa que ignora las verdades salvadoras de Cristo y las formas de acción conformes a ellas. En el caso que estamos tratando, una práctica (ad orientem) que dirige a las personas de forma específica hacia el culto a Dios, como oposición a centrarse en el hombre, está siendo abandonada porqué “la gente” no la toleraría. ¿Quién es el custodio de las Verdades de Dios y Su Santa Iglesia, el sacerdote o la gente?

Ciertamente, a la luz del estado actual de los acontecimientos, se puede comprender que, la restauración del culto ad orientem a Dios Todopoderoso, será una ardua batalla, que requerirá el mayor cuidado y cautela. Sin embargo, unos cuantos sacerdotes, están librando esa batalla y debemos rezar por ellos. En sus respectivas diócesis son terriblemente maltratados y esto por decirlo suavemente. En los seminarios son condicionados a temer cosas como el latín y la Tradición.

En un caso conocido por quién suscribe, un grupo de mujeres echaron al sacerdote de su parroquia quejándose a la diócesis, utilizando las palabras más adecuadas frente a las autoridades. Este sacerdote no había hecho nada, excepto lo que se supone que debe hacer un sacerdote: traer la Tradición a la gente (latín, cantos, etc.). Ahora atiende una parroquia en una zona remota que, normalmente, se asigna a sacerdotes que tienen problemas con la bebida o la pornografía. Es injusto y, aunque semejantes atrocidades hacen santos y son un signo del favor de Dios, nunca debemos pensar que sea aceptable que los Ordinarios que persigan a sus sacerdotes de esta manera, es decir: “Hacer el mal, que el bien ya vendrá”.

Los sacerdotes se ven obligados a comprometer su misión porqué, según su expresión: “No quieren poner en peligro su sacerdocio”. Recordemos que un sacerdote es un sacerdote. El sacerdocio, per se, no se pone necesariamente en peligro: es su habilidad para ejercer el ministerio lo que está en juego. Su Ordinario, puede restringir las facultades del sacerdote haciendo que tenga tan poca influencia como sea canónicamente posible (los asilos y las parroquias remotas son las opciones más probables).

A los sacerdotes se les encomienda el cuidado de las almas. De su mano, una persona experimentará el cielo o el infierno. A los sacerdotes así juzgados, se les antepone a Rex tremendae maiestatis (el Rey en su tremenda majestad) y en eso no hay excusas. Lo que ocurre es que, cómo servir a Cristo el Rey, es la única verdad en sus vidas. Estas terribles palabras deberían hacerles vacilar, a saber: “Mas entonces, yo les contestaré: Jamás os he conocido: apartaros de mi, operarios de iniquidad” (Mt. 7, 23-25,41).

El hecho del sacerdocio debe  inculcar el más profundo miedo y temor en los sacerdotes y en los obispos que les guían, el miedo y  el pavor. Lamentablemente, es así. Muchos sacerdotes conocen que ocurre en sus respectivas cancillerías y con sus hermanos sacerdotes. Viven temiendo qué puede ocurrirles si hablan de ello, lo que les hace mártires ya que  las autoridades aplican sobre ellos todo el peso de las tácticas legales, de abuso y del miedo. Mientras tanto, sacerdotes fornicadores, porno-adictos y sodomitas están protegidos o van avanzando.

Esta es la real, oscura y satánica subcultura alrededor del sacerdocio y el episcopado en los Estados Unidos. Necesitamos rezar por nuestros sacerdotes, especialmente por aquellos a quién Dios ha escogido, dándoles una gracia especial para sufrir persecución por amor a su Reino en el Cielo. Estos sacerdotes no serán reconocidos por los poderes fácticos por lo buenos sacerdotes que son, pero son los verdaderos pastores de la Iglesia. A estos sacerdotes, sabemos que no debemos perderles de vista. Mientras, puede que la gente no les conozca ni les reconozca en masa en esta vida, pero Dios si ve y Su Gracia será su consuelo.

Articulista invitado: Tomás Rodríguez (seudónimo)

[Traducción de María Ángeles Buisán. Artículo original]

RORATE CÆLI
Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos