Creemos en Jesucristo, en alguien personal y concreto. Inicio este breve artículo con una frase que se supone asumida por todo cristiano. Cierto, pero como nos recordó Su Santidad el Papa (emérito) Benedicto XVI al iniciarse el año de la fe (que ahora concluye), la adhesión a Cristo se supone en una gran mayoría, pero no se vive ni se propone por parte de esa misma mayoría. Y esta afirmación se justifica con argumentos de fácil percepción sobre todo en la vida sacramental que hoy, en occidente sobre todo, se ha convertido en “sacramentalización sociológica”
Vivir en Cristo y proponer a Cristo significaría celebrar los sacramentos como vivencias que nos hacen estar más cerca de Él, y que a la vez nos convertiría en mediadores (apóstoles) para hacer que otros se acerquen al Salvador. Pero la realidad es muy diferente, ya que los sacramentos se han convertido en ideología. La ideología del símbolo cultural, de la apariencia formal y de la fiesta social. Los niños son llevados a la pila bautismal sin conciencia alguna de que reciben el don de la fe y que padres y padrinos se comprometen a educarlos en esa fe. Después son llevados a la primera comunión que es primera y última para el 95% de ellos ya que sus padres no son practicantes. En la confirmación se acude a la misma desde una perspectiva solo festiva desde lo civil pero sin intención de vincularse a la vida eclesial a la que, paradójicamente, deseamos confirmarnos. A la boda se llega, en la mayoría de los casos, con un gran desapego por la Iglesia y la Gracia de Dios, olvidando (salvo honrosas excepciones) el valor de la virginidad y reduciendo al máximo el de la castidad, y en un gran porcentaje se celebra el matrimonio sin haber confesado y, por tanto, impidiendo recibir la gracia sacramental del Cielo que sólo llega si nos casamos no en pecado mortal. La Eucaristía se asume como un signo y símbolo de solidaridad social, pero sin fondo trascendente. Para muchos comulgar es como un deber implícito a la misma Misa como si por ir a Misa fuera necesario comulgar aunque no se esté preparado, o sea, en gracia de Dios. Se comulga indebidamente y, aún debidamente, no se vive la acción de gracias íntima y personal porque en el fondo no hay fe en la presencia real, y no simbólica, de Cristo en la Eucaristía. Algunos comulgan en bodas o entierros para estar “más cerca de los amigos o la familia” sin atender consideraciones morales o bíblicas como la dura admonición de San Pablo avisando de que el que comulga indebidamente come y bebe su propia condenación. Incluso algunos comulgan viviendo situaciones irregulares (divorciados vueltos a casar, casados por lo civil, parejas de novios que viven juntos) sin conciencia alguna de pecado. La misma confesión, sacramento del perdón, se vive como una especie de “terapia” que no incluye el examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de enmienda, y hasta se desprecia la enseñanza de la Iglesia con el pretexto de la autonomía de la conciencia, en el ejercicio más sutil de la soberbia. La unción de enfermos quizás sea el sacramento menos castigado por la “nueva cultura” pero para muchos es no necesario desde la equivocada idea de que todos nos salvamos, lo queramos o no, en claro desprecio de la libertad individual. Por último, el Orden Sacerdotal se ha transformado en no pocos sectores de la Iglesia en una especie de activismo solidario que anula el sacerdocio ministerial convirtiendo al ordenado en un agente social sin identidad cristocéntrica y desde un alejamiento alarmante o disidente del magisterio de la Iglesia.
Todo lo anterior es fruto de ser cristianos como una ideología y no como adhesión a la persona de Cristo. O sea, seguir a algo y no a alguien. Y de ahí surge el actual estado de desorientación y deformación en el seno de nuestra comunidad cristiana, que mantiene las formas pero sacrifica el fondo. Veamos cómo se podrían vivir los sacramentos desde una adhesión a alguien (CRISTO) y no a algo (ideología):
Bautismo. Padres y padrinos que llevan al niño a la pila bautismal han de empezar por renovar ellos su fe cristiana. Eso significaría hacer una buena confesión antes del bautismo, y tener plena conciencia de que se comprometen ante Dios a educar a ese niño en la fe y de acuerdo con los valores morales cristianos.
Primera Comunión. Que sea de verdad la primera y no la última. Eso significa tomar conciencia de que la labor del catequista ha de continuar en el hogar familiar, comenzando por ser fieles a la Misa dominical.
Confirmación. Todo aquel que libremente se confirma, ha de saber que lo hace para tener un vínculo más profundo con Cristo y la Iglesia (cuerpo místico de Cristo), y para tomar conciencia del mandato misionero que ha de comenzar entre los más allegados.
Matrimonio. Recuperar la novedad implícita al matrimonio que es la unión sexual de marido y mujer a partir de la boda y no antes. Y casarse si de verdad se asume el modelo de matrimonio católico, y no por hacer un teatro “religioso” convirtiendo lo sagrado en pura burla de Dios.
Eucaristía. Vivirla desde la inmensa alegría que supone recibir a Cristo mismo que quiere unirse a nosotros para nuestra felicidad en la vida terrena y la eterna. Si de verdad se cree en el amor de Dios en la Eucaristía, no podríamos vivir sin ella.
Confesión.Recibirla como el regalo de la misericordia de Dios, con crecimiento de la humildad de reconocerse pecadores y el entusiasmo de invitar a otros a que se confiesen.
Unción. Contemplar este sacramento como un precioso puente que nos ayuda a cruzar de esta vida provisional a la vida definitiva con Dios y los bienaventurados.
Orden. El sacerdote es “otro Cristo” para ayudar a los demás seres humanos a ser “otros Cristos”. Con esa frase se dice todo y no sobra nada.
Pidamos a la Virgen Santísima que, bajo su amparo y protección, caminemos en nuestra vida siguiendo a Cristo y no sigamos paralizados en ese camino al seguir la fe como una ideología. Cuando demos este paso se habrá terminado la secularización interna de la Iglesia y, con ello, el principal problema de nuestra comunidad cristiana.
Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".