29 de junio de 1986. Diego Armando Maradona levanta, en el estadio Azteca de México, la segunda Copa del Mundo para la Argentina. Desde ese día se convirtió, para nuestro país, en un mito viviente. Si bien los argentinos ya habíamos disfrutado un título mundial, el de 1986 alcanzó niveles épicos en los pies del genio de Villa Fiorito, pues la conquista ante los alemanes tuvo como preludio la humillación a los ingleses, solo cuatro años después de Malvinas, con dos goles de Diego. El primero con la mano –justo a ellos, los piratas por antonomasia-. El segundo, el mejor gol jamás logrado en los mundiales.

Maradona se convertía en el gran héroe nacional, devolviendo el orgullo nacional de un país con grandes frustraciones colectivas. Cuatro años después, casi repite la hazaña eliminando a Brasil y a Italia -el local- con un físico maltrecho, que al correr de los años agiganta su figura en inevitable comparación con los grises de Messi durante los últimos mundiales.

Pero además, a contrapelo de la tímida estrella del Barza, Maradona desde siempre fue un caudillo indiscutible en sus equipos, dividiendo las aguas en amigos y réprobos. En su vida pública opinando de cuanto tema se le preguntara, sin que prácticamente nadie osara discutirlo en público, so pena de quedar incinerado por la estrella del astro. Por aquella época todos querían la foto y la bendición del mito. Hasta se creó una iglesia maradoniana –y no es broma-.

El tiempo fue pasando. Los contemporáneos de Maradona nos pusimos grandes. Y fueron apareciendo otras figuras, más afines a la play station que a verdaderas gestas deportivas nacionales. Si bien el mundial reciente consagró tácitamente a Maradona como el mejor jugador de fútbol que haya existido y existirá en todo el universo, su luz no volvió a brillar. Prácticamente exiliado en Dubai, los políticos y demás aventureros no pelean por una foto con él. El “Diez”, que supo ser transformado en “dios”, hoy es un santito que apenas se ve del suelo.

Los pocos que se animaban a cuestionarlo en su época de esplendor lo contraponían con su homónimo, el médico rural Esteban Laureano Maradona, quien en silencio asistió a los indios tobas de la provincia de Formosa, en la más absoluta humildad y entrega al prójimo. Pero nadie puede dudar que, en una cancha de fútbol, no hubo, ni hay, ni habrá ninguno como Diego Armando.

13 de marzo de 2013. Las calles de Buenos Aires y las grandes ciudades del país se vieron envueltas en festejos similares a la obtención de un torneo de fútbol. Sin llegar, ni por asomo, al clímax de los regocijos públicos de cualquiera de los equipos grandes del país, un cierto clima de euforia popular y mediática envolvió al país, con la elección del Cardenal Jorge Mario Bergoglio como Sucesor de Pedro. Para colmo, le ganábamos una vez más a Brasil, que en las apuestas previas tenía en el Cardenal Odilio Scherer uno de los más firmes candidatos al trono.

Y una vez más se instaló, desde los medios y desde la gente, la obligación de unanimidad, festejando todo lo que diga y haga el Papa “del fin del mundo”. Casi todos en Argentina, por diversas y contradictorias razones, celebran a Francisco. Progresistas, conservadores, liberales, neocon; y hasta reconocidos agnósticos y ateos, se suman al coro monocorde de alabanzas. Si algo faltaba en la superstición popular era que San Lorenzo de Almagro, el club del Papa, de estar prácticamente descendido de categoría pasara, sin escalas, a ser Campeón Argentino y de la Copa Libertadores de América. Hoy realmente todos los caminos conducen a Roma y las aerolíneas están atiborradas de los más variados aventureros en búsqueda de la bendición papal.

Jorge Mario Bergoglio hoy es “Diego A.Maradona”. Un periodista, representante de las ideas más reaccionarias de la sociedad argentina, dijo días antes del Cónclave que el Arzobispo Metropolitano no tenía chance alguna de ser Papa. El 13 a la noche lo catalogó como el argentino más importante de la historia, superando incluso a San Martín. Es imposible encontrar una voz disonante contra “El Jesuita” en nuestro país e incluso hay que cuidarse seriamente de lo que se habla en privado, so peligro de enemistarse con conocidos, familiares y amigos. Sin mayores fundamentos objetivos todo lo que diga y haga Francisco es casi dogma de fe, sin lugar para el disenso, el diálogo y la misericordia.

Un Jesuita sin tiempo. Leonardo Castellani nació el 16 de noviembre de 1899 en Reconquista, provincia de Santa Fe, y falleció en Buenos Aires el 15 de marzo de 1981, pero su palabra perdura en el tiempo. En 1913 se incorporó al Colegio de La Inmaculada de los padres jesuitas y en 1918 como novicio en la Compañía de Jesús. Fue ordenado sacerdote en Roma, el 28 de julio de 1930. Cursó estudios de Psicología, Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma y la Sorbona de París. Regresó a la Argentina donde se dedicó a la docencia y el periodismo, además de consolidarse como escritor prolífico con más de sesenta títulos al final de su vida. Sufrió persecuciones de sus superiores y de la Jerarquía eclesiástica.

Para no pocos es el hombre más importante de la Iglesia Argentina y una figura estelar del pensamiento nacional –reconocida por propios y extraños-. Nuestra Iglesia tiene su “Maradona del 86”, en términos de talento y genialidad sin par, que ha trascendido todas las épocas. No fruto de su vocinglería insustancial o acomodaticia, sino a partir de su palabra sin par y su pensamiento único, que lo hacen difícilmente encasillable en algunas de las categorías políticas o literarias de nuestro país. Como tituló el periodista Rodolfo Braceli, en una de las últimas entrevistas antes de morir, Castellani “Peleó con todos, menos con Dios”. Y por eso es admirado por una legión de argentinos, y temido u odiado por aquéllos a los cuales desnudó en su fariseísmo.

Su don profético lo hace un escritor sin tiempo. Al final de su libro “El Evangelio de Jesucristo” Castellani, en su prédica contra el “espíritu del rebaño” nos exhorta: “Haceos Excepcionales, como vuestro Padre que está en los cielos es Único. Haced un esfuerzo para llegar a ser lo que sois, es decir, Individuos; es decir, Únicos: es decir, Perfectos; es decir, Santos”

Desde Argentina, como miembro de su Orden de Ermitaños Urbanos (e.u.) libraré pequeñas batallas contra la conspiración del silencio que lo persigue. Con su ayuda y de otros talentos de gran consuelo para épocas de confusión –y algo de cosecha propia-, trataré de aportar a este remozado sitio que dirige el Padre Santiago. Pero también lo haré por mí, tratando de escapar del rebaño, pues como decía G.F. Chesterton “La Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza”

Hildebrando Tittarelli