Hace pocos días Sandro Magister nos ilustraba sobre como el Sínodo no es más que una etapa, y no un punto final, de operaciones de los novadores, el mismo Tucho Fernández, teólogo de cabecera del Papa, nos explica que se trataba inicialmente sobre todo de “abrir la caja de pandora”,  y, en este sentido, un mínimo análisis revela cuestiones inquietantes que nos alejan del optimismo triunfalista que se respira en algunos ambientes.

Personalmente me provoca una gran perturbación observar como se permite sean puestas a votación cuestiones doctrinales ya cerradas por el propio Magisterio -sin ir más lejos por San Juan Pablo II y por el propio Benedicto XVI-, como si la ofensa a la Sagrada Eucaristía provocada por una comunión sacrílega, o la moralización de la sodomía, dependieran de unos votos y no de la Verdad revelada y del Depositum Fidei. Por mucha buena voluntad que pongo no veo como considerar siquiera medianamente tolerable para el sensus Fidei tal entronización del democratismo por encima de la Verdad.

En una sociedad que se mueve a golpe mediático, el cuestionar estas verdades con eufemismos pastoralistas implica la transmisión clara del concepto de que “no está tan claro puesto que lo están estudiando y votando”, lo que conlleva una mayor relajación inmediata sobre dichos principios, y luego póngale usted puertas al campo. Nadie lee los documentos, lo único que cuenta es el mensaje mediático que se lanza, y quienes los lanzan lo saben, y por eso lo hacen.

En la comunión a los divorciados los obispos han votado mayoritariamente a favor,  pero no con los votos necesarios para incluirlo en el texto de la relatio de forma afirmativa, y esto muestra el grave estado doctrinal de la mayoría del episcopado al retratarse de tal forma heterodoxa, por escrito y ante el Sumo Pontífice.

Es preciso señalar que las cuestiones polémicas, y especialmente la comunión a los adúlteros -eufemísticamente llamados divorciados vueltos a casar-,  siguen abiertas puesto que la relatio no es más que un nuevo documento de trabajo a reflexionar durante todo el año en las iglesias locales hasta la segunda parte del Sínodo el año próximo. No hay pues tal victoria, sólo una contención parcial de los planes novadores para los cuales este Sínodo ha sido “sólo una etapa en el camino”, como afirmaba Tucho Fernández, y una etapa importante, puesto que ahora saben cuentan con el apoyo de la mayoría episcopal sinodal.

Estas votaciones se han conocido por la decisión personal del Papa Francisco, quien por primera vez en la historia hizo se publicaran. ¿Con qué intención? No lo se con seguridad, pero todo lleva a pensar, a menos que queramos cerrar los ojos, que se ha querido lanzar a los medios el mensaje claro de que la mayoría del Sínodo está por los cambios, como de hecho ha sido, y dar así por abiertas las puertas a las siguientes etapas del camino bajo el cobijo de la mayoría democrática “moral”, etapas que probablemente concluyan por vías pastorales y la aceptación de hechos consumados, más que por una explicitación documental, como se llevan introduciendo en los últimos 50 años.

En resumen y conclusión, cuatro han sido al menos los éxitos obtenidos por los novadores en esta primera etapa:

  1. El lograr el hecho insólito de que se pongan a votación verdades doctrinales pertenecientes de forma clara al depositum Fidei ya cerradas por el Magisterio.
  2. Lanzar a la opinión pública el mensaje de que las doctrinas que se pretenden derribar vía pastoral no son firmes, puesto que son discutibles. Con esto se ha conseguido, como reconoce Tucho, “abrir la caja de pandora”.
  3. Comprobar a modo de termómetro que cuentan con más del 60% del episcopado que los apoya.
  4. Identificar de forma clara a los elementos “fanáticos y agresivos” -Tucho dixit- contrarios a sus planes, lo que puede permitir neutralizarlos para la segunda parte sinodal bien vía destituciones o maniobras “políticas”. De hecho se anuncia ya de inmediato la degradación del cardenal Burke. Este grupo que defiende la tradición ya ha sido etiquetados peyorativamente por el propio Pontífice, en su discurso de clausura del Sínodo, como los que tienen la tentación del endurecimiento hostil, esto es el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados ‘tradicionalistas’ y también de los intelectualistas.”

Se perfila un panorama inquietante, especialmente para las almas a cargo de dichos pastores.

Miguel Angel Yáñez