ADELANTE LA FE

San Hermenegildo y la obediencia

Edificante el testimonio martirial de San Hermenegildo que fue decapitado el día de Pascua de 585.

Hijo de Leovigildo, rey arriano de los visigodos y de la princesa católica Teodosia. El y su hermano fueron educados en la herejía arriana.

En 576 se casó con Ingundis, católica. Gracias a las oraciones y la influencia de su esposa, y con la guía de San Leandro de Sevilla, se bautizó en la fe católica. Enterado su padre de la conversión de Hermenegildo a la Verdadera Fe, montó en cólera y lo desheredó, desterrándolo a Sevilla.

Tiempo después Hermenegildo llevó a cabo un plan de insurrección contra el padre, pero fue derrotado y se rindió. Encarcelado en Valencia el día de Pascua, rehusó recibir la comunión de manos del obispo arriano que le había enviado su padre, y por eso ordenó su inmediata ejecución. Hermenegildo recibió la noticia con gran resignación y murió instantáneamente de un solo golpe de mazo, precisamente por esta circunstancia su martirio fue auténtico.

I. Mansedumbre

Por aquel tiempo Jesús dio una respuesta, diciendo: dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón.[1] El cristianismo es una religión de humildad y mansedumbre. Pero no nos engañemos: es también la religión de la más elevada y noble dignidad.

La mansedumbre es la virtud que tiene por objeto moderar la ira según la recta razón. La materia propia de esa virtud es la pasión de la ira, que rectifica y modera de tal forma que no se levante sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Cada vez tiene menos importancia la recomendación de Cristo, porque aumenta desaforadamente la agresividad y el egocentrismo en nuestra sociedad.

Comenzando desde los políticos que la tienen como arma imprescindible para derrotar a sus adversarios, siguiendo por las rutas del terrorismo que va extendiendo sus alas de murciélago por todo el mundo, y nada digamos del clima tenso de nuestras ciudades en las que nadie se siente seguro, dadas las condiciones de agresión o robo en las que estamos situados.

Todo es violencia, apenas hay paz, ni en la intimidad de nuestros hogares, de ahí el valor de la invitación de Jesús a ser mansos.

Algunos podrían decir que Jesús invita a ser víctima de la malicia de los demás, a dejarse tomar el pelo en toda ocasión, a ser estimado por su no violencia, no es así, ya que la mansedumbre es una virtud muy positiva y muy difícil de alcanzar.

La mansedumbre de Jesús supone el dominio de todas nuestras desatadas pasiones. El equilibrio nervioso en ocasiones difíciles, la contestación amable a un insulto, el servicio a quien se nos ha mostrado enemigo, el perdón sincero a quien nos hizo algún mal, el deseo de felicidad para nuestros enemigos. Así se comportó Jesús, quien pidió perdón a favor de sus propios verdugos.

Son varias las ocasiones en las que Cristo demuestra el valor y la práctica de la mansedumbre:

«Con sus Apóstoles les sufre sus mil impertinencias, su ignorancia, su egoísmo, su incomprensión. Les defiende de las acusaciones de los fariseos, pero les reprende cuando tratan de apartarle los niños o cuando piden fuego del Cielo para castigar a un pueblo. Aconsejó Jesús la mansedumbre para con todos, perdonar hasta setenta veces siete (es decir, siempre), ser sencillos como palomas, corderos en medio de lobos, devolver bien por mal, ofrecer la otra mejilla…

A las turbas les habla con gran dulzura y serenidad. Nada de voces intempestivas, de gritos descompasados, de amenazas furibundas… Con los pecadores extrema hasta lo increíble su dulzura y mansedumbre: perdona en el acto a la Magdalena, a la adúltera, a Zaqueo, a Mateo el publicano; a fuerza de bondad y delicadeza, convierte a la samaritana como Buen Pastor».[2]

Mansedumbre de Jesús para con sus discípulos traidores, sobre todo Judas, en cuanto que ha de sentir mayor repugnancia porque su entrega a los enemigos la realiza uno de los Doce de entre todos los hombres que había elegido por discípulos predilectos. Ni le detiene a la fuerza, ni le castiga físicamente cuando sale ya del Cenáculo para delatarlo indicando el lugar donde le van a hallar, y cuando llega el fatídico momento de la entrega a sus adversarios, sólo le recuerda su traición de un modo suave, indicándole la felonía de condenar a su protector usando la señal del cariño que es el beso.

Hay muchos otros episodios impresionantes que revelan la gran mansedumbre de Jesús.

«Nótese sin embargo, que a veces se impone la ira, y renunciar a ella en estos casos sería faltar a la justicia o a la caridad. El mismo Cristo, arrojó con el látigo a los profanadores del Templo (Juan 2, 15) y lanzó terribles invectivas contra el orgullo y mala fe de los fariseos (Mateo 23, 13ss). La misma mansedumbre enseña a usar rectamente de la pasión de la ira en los casos necesarios y de la manera que sea conveniente según el dictamen de la razón iluminada por la fe».[3]

II. Obediencia

El Cuarto Mandamiento nos ordena amar, reverenciar y obedecer a nuestros padres en todo lo que no involucre pecado manifiesto… Se nos ordena obedecer, no solo a nuestros padres, sino también a las autoridades civiles y a nuestros superiores legítimos, o, como dice San Pablo, a «todas las autoridades superiores»[4].

«Hijos obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor»[5].

«Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor, porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia, salvador de su cuerpo. Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo».[6]

¡Qué manera maravillosa de sobrenaturalizar la dependencia de la mujer! ¡Qué aliento para ella en orden a cumplir este difícil deber!

San Pablo desarrolla este pensamiento. Él dice que cada detentor de la autoridad, «es para ti un servidor de Dios para el bien… Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia. Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son ministros de Dios… Dad, pues, a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor»[7].

Tenemos un ejemplo muy fuerte de obediencia: cuando el rey David determinó la muerte de Urías, hizo que el hitita fuera situado en la primera fila del frente de batalla con el propósito de asegurarse de que Urías fuera asesinado, a fin de que él pudiera continuar la ilícita relación con la esposa del soldado.

Urías obedeció una orden pecaminosamente mandada, porque es deber de un soldado obedecer a sus mandos legítimos y tomar posición en el lugar de la batalla que le asigne su superioridad. La obediencia de Urías fue correcta y virtuosa, el pecado mortal fue cometido por el Rey David.

En los ambientes eclesiales encontramos tantos que obedecen por simpatía natural, por estima personal, por afecto y amistad para con quien está revestido de la autoridad, e incluso por servilismo, con la consecuencia de que cuando son sustituidas las personas en las funciones de que se trata, se le niega al nuevo titular estima y afecto, con razón o sin ella, sin que quede huella alguna de la dependencia escrupulosa que hasta entonces se le manifestaba.

La Iglesia se encuentra revestida de una verdadera autoridad en materia de doctrina, de lo que llamamos el magisterio doctrinal, y sólo Ella, tiene el derecho, el poder y la misión de proponernos y de imponernos lo que en materia «de fe y costumbres» debemos pensar o creer.

A este fin recibieron el Sumo Pontífice ante todo, pero también los obispos, dentro de ciertos límites y mediante algunas condiciones, la infalibilidad en materia de doctrina: cuando, juntos y en acuerdo con el Papa, se pronuncian sobre un punto de doctrina o de moral.

III. ¿Es lícito desobedecer?

«Si todavía tratara de agradar a los hombres», dice San Pablo, «ya no sería esclavo de Cristo»[8], no hemos de obedecer para agradar a los hombres.

El pueblo judío hizo mal al obedecer ciegamente a sus superiores eclesiásticos cuando lo indujeron a gritar: «crucifícale», («mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos, lograron persuadir a la gente que pidiesen la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús»).[9]

Hay obligación de negar obediencia a la autoridad, si ordena algo que es pecado, o que viole la conciencia, la verdad y la justicia. Es la desobediencia en conciencia.

Jesús, el obediente por excelencia, que obedecerá las órdenes más crueles e injustas en la Pasión, nos da luz en este sentido cuando se aparta de la voluntad de sus padres, quedándose tres días en el Templo a los doce años. Para él es más importante la obediencia al Padre: ¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?.[10]

Juana de Arco desobedeció a un arzobispo y a muchos teólogos que la condenaban. La Iglesia canonizó a ella; no a quienes la acusaban falsamente.

Francisco de Asís se opuso tenazmente al cardenal Hugolino y a muchos miembros de la Iglesia de su tiempo. Hoy es santo y su obra se considera como una gran aportación a la Iglesia.

Teresa de Jesús hubo de evadir la obediencia en muchas ocasiones: si no, no se hubiera realizado la reforma carmelitana. Hoy es Santa Teresa, y Doctora de la Iglesia.

San Pío de Pietrelcina también tuvo que «arreglárselas», no obedeciendo determinadas órdenes de sus superiores. Tuvo cinco condenas del Santo Oficio, y hoy es santo…

Hay muchas motivaciones para obedecer: por miedo a un castigo, por la ambición de una prebenda, etc. En el medioevo príncipes y caballeros formaban parte de los ejércitos convocados por sus monarcas, pensando en el botín que alcanzarían en caso de ganar la batalla. En la Alemania hitleriana, hubo quienes se enrolaban en el ejército para no ser asesinados en el caso de negarse. En ambos casos esa obediencia es falsa, porque sus motivaciones son la cobardía y el interés.

«La obediencia supone confianza en el que obedece y responsabilidad en el que manda; observancia y docilidad en el que acata y justicia y humildad en el que ordena. Obediencia y autoridad son virtudes en relación permanente. En buena medida, si en el plano de las relaciones entre los hombres se ha dado una crisis en la obediencia es porque antes hubo una crisis en la autoridad. Todos obedecen con ecuanimidad donde hay personas dignas».

El famoso teólogo del siglo XIX, el Padre Hürter, enseña que «la Iglesia no puede aprobar una disciplina general y universalmente obligatoria que sea contraria a la fe o la moral o que cause un daño grave a la religión».[11]

Cuando hay autoritarismo, el que ordena, no representa a Dios sino a sí mismo, no habiendo por lo tanto, obligación de obedecer a un particular en cuanto tal, en sus deseos caprichosos: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.[12]

Germán Mazuelo-Leytón

[1] SAN MATEO, 11, 29.

[2] ROYO MARÍN, O.P., ANTONIO, Teología de la perfección cristiana.

[3] ROYO MARÍN, O.P., ANTONIO, Teología de la perfección cristiana.

[4] ROMANOS 13, 1.

[5] COLOSENSES 3, 20.

[6] EFESIOS 5, 22-24.

[7] ROMANOS 13, 4-7.

[8] GÁLATAS 1, 10.

[9] Cf.: SAN MATEO 27, 20; SAN MARCOS 15, 11.

[10] SAN LUCAS 2, 49.

[11] Compendio de Teología Dogmática, vol. Yo, p. 277.

[12] HECHOS 5, 29.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines