ADELANTE LA FE

El dolor, Mateo, no es un sinsentido

“Entonces vuestra duda no consiste en si existe Dios o no, sino que no entendéis por qué permite el sufrimiento…¿Habéis pensado alguna vez en que  no es más que una inevitable consecuencia? Su causa está en que hay partes de un todo que permanecen separadas porque no se pueden juntar…La consecuencia es el sufrimiento. Cuando nos hacemos una herida y tejidos que debían permanecer juntos se separan, sentimos dolor. Cuando dos personas que se aman se separan, sufren, tienen pena…Tal es la consecuencia de la división”.  Louis de Wolh, La luz apacible.

Quien acepta el sufrimiento por amor ha resuelto prácticamente –  y no en abstracto – el problema del dolor. R.H. Benson

 

Hoy fui con mi hijo mayor a caminar por los médanos que están enfrente de mi casa. Intento, dentro de lo posible, salir a pasear a pie con alguno de mis hijos al menos una vez por semana.

En cuanto él llegó del colegio a la hora de almuerzo y mientras comíamos juntos, noté que estaba especialmente silencioso lo que en él no es normal ya que la mayor parte del tiempo es un chico muy animoso y siempre tiene algún tema de conversación en la mesa convirtiéndose en el alma de la atención para sus hermanos. No quise importunarlo durante la tarde y esperé impaciente a que llegara el atardecer para invitarlo a salir. Entré a su habitación, la que comparte con uno de sus hermanos, y lo encontré recostado en su cama con las manos detrás de la nuca, con los audífonos del teléfono móvil en los oídos y con la mirada perdida en el techo. Le invité a caminar y ante mi insistencia – puesto que estaba sin ánimo para salir a una caminata – partimos bien abrigados porque en la cima del campo dunar, donde sopla fuerte el viento que viene desde el Pacífico, el frío cala los huesos.  Después de alcanzar la cima nos sentamos en el canto del médano, donde se juntan ambos lados de la montaña de arena. Yo había llevado un par de cervezas para tomarlas mirando el océano. Le ofrecí una a mi hijo y por un buen rato nos quedamos en silencio tomando nuestras bebidas y mirando cómo el sol tocaba el mar en este hermoso atardecer de primavera. Tuve que romper el silencio porque mi hijo Mateo (sí, se llama igual que yo) estaba taciturno.

–  Siempre tengo la esperanza escuchar un “shhh” cuando el sol toca el mar, o al menos hago el esfuerzo de imaginar el sonido en mi cabeza. ¿No te pasa a ti lo mismo, hijo? – Él se limitó a esbozar una sonrisa y aprovechó para cambiar de posición recostándose de espaldas en la arena. Y entonces, yo volví a la carga para obtener de él alguna pista sobre su silencio.

– ¿Cómo te ha ido en el hospital Mateo? – le dije. Mi Mateo egresa la próxima semana del colegio y quiere estudiar medicina como mi padre y como mi hermano menor. Para que se vaya haciendo una idea de lo que significa ser médico mi hermano le propuso ir como ayudante una semana a las distintas áreas de un hospital haciendo una especie de pasantía en urgencias, psiquiatría, pabellones quirúrgicos, consultas, etc. Sin embargo, después de estar casi a punto de terminar su semana hospitalaria no nos había contado nada acerca de su prueba. – Supongo que tu nueva experiencia no te habrá hecho cambiar de planes con respecto a tu futuro.

– No, papá, es solo que estoy impactado por lo que he visto en el hospital. Desde fuera jamás me imaginé lo que ahí ocurre y me ha hecho pensar en algunas cosas. Me quedaron en la retina imágenes que no dejan de darme vueltas y vueltas en la cabeza.

– Pero ¿sigues con la idea de estudiar medicina.?

– Eso no ha variado. A diferencia de algunos de mis amigos que quieren ser médicos porque se harán ricos, yo quiero estudiar medicina porque me satisface ver que la gente sane gracias a mis cuidados. Veo al abuelo la dedicación que pone en su trabajo, el amor con que lo hace y eso siempre me inspiró, lo mismo que mi tío Sean.  Es solo que… – y volvió a guardar silencio y a suspirar sonoramente.

– Continua Mateo por favor, ¿es solo que?

– Es solo que no sé si seré capaz de soportar ver sufrir a la gente o si, por el contrario, me volveré con el tiempo un insensible, con una coraza que me va a convertir en un tipo incapaz de ponerse en los zapatos de mis pacientes. – Se volvió a sentar y mirando a lo lejos me hizo la misma pregunta que viene haciéndose el hombre desde que nos convertimos en naturaleza caída. – Papá, ¿por qué Dios si es tan bueno y nos ama tanto permite que suframos? ¿Por qué permite que pasen cosas tan terribles? ¡Ay papá!, si te contara…hoy fui a psiquiatría, a la urgencia de psiquiatría y vi llegar a un paciente con un ataque de psicosis. Agredía a sus familiares porque creía reales unos insectos que decía le estaban atacando, y ellos no sabían qué hacer con él… Además, se había puesto grosero con ellos y con el personal del hospital. Los gritos eran atroces, y yo veía a los familiares estresados y confundidos porque no sabían cómo poder ayudarle. Y ahí estaba yo de pie impactado, paralizado, viendo esta escena, hasta que de pronto el enfermo me vio y en un descuido de los enfermeros se me acercó con no sé qué intención. Se paró enfrente mío y comenzó a mirarme como si buscara en mi cara los mismos insectos que decía ver. No alcanzó a tocarme porque me obligaron a irme, pero yo seguí desde lo lejos mirando a este pobre hombre hasta que lo inyectaron un anti-psicótico y lo ingresaron. Tuve que sentarme un rato en el pasillo para salir de la impresión.

Durante estos días he visto sufrir a niños, a ancianos y a gente joven de muchos dolores físicos, pero nunca me había tocado ver sufrir a alguien con una enfermedad de la mente y no puedo sacar de mi cabeza sus palabras, sus gritos, lo perdido que estaba de la realidad y lo doloroso que fue ver a su familia quedar con el alma abatida. ¡Me hubiera gustado tanto poder ayudarle de alguna manera!, pero no pude y no soporto ver sufrir a las personas si no soy capaz de hacer algo para confortarlas. ¿Por qué papá, por qué Dios permite tanta miseria? – En ese momento me dieron unas ganas enormes de llamar a mi hermano menor para agradecerle el haber llevado a Mateo a tener esta experiencia. Me pareció fantástico que mi hijo adolescente tuviera la ocasión de toparse cara a cara con gente que lo está pasando muy mal porque niños como los míos viven en una verdadera burbuja, muy protegidos y están bastante desconectados de la realidad que a diario sufren otras personas.

– El problema del sufrimiento es un misterio para todos, y muchos al igual que tú, nos lo hemos preguntado. Creo que es la gran pregunta que el hombre siempre se ha hecho y es uno de los argumentos que aducen para decir que Dios no existe, o que si existe es como un gran sádico que se goza de nuestros padecimientos.

– Y es comprensible que lo piensen porque el dolor es un sinsentido.

-No, no lo es, y voy a tratar de explicarte porqué.

– Me podrás dar una cátedra sobre el dolor, papá, pero una cosa es padecerlo y otra es estar tranquilamente hablando sobre él sentado con una cerveza en la mano mirando el mar. – me lo dijo con un tono bastante sarcástico y comprendí que su experiencia con el paciente psicótico lo había de veras afectado mucho.

– Es cierto, es fácil hablar cuando no estás sufriendo, pero tarde o temprano sufriremos y en el momento de padecerlo es necesario acordarse de lo que hemos pensado cuando estuvimos bien, de este modo podrás encausar el dolor y le encontrarás un fin. Cuando C.S Lewis escribió el Problema del Dolor lo hizo desde un punto meramente filosófico y teológico. Luego tuvo que sufrirlo personalmente cuando perdió a su esposa y ahí el mundo se le vino abajo. Después de sufrir la pérdida, de haber pasado por una noche oscura, él reflexiona sobre lo que le estaba pasando, busca las respuestas a este sufrimiento y entonces escribe Una Pena Observada, donde por el camino de la experiencia del sufrimiento llega a la misma conclusión que en su primer libro. Pero, en fin, creo que son dos las preguntas sobre el dolor, ¿cuáles crees tú que sean?

– ¿Por qué existe el dolor? ¿Por qué Dios lo permite?

– Sí, me dijiste dos, pero en el fondo es una la que has preguntado. Una es por qué y la otra el para qué, y son preguntas con dos respuestas que se complementan. Tendemos a confundirlas, pero son diferentes. – justo en ese momento el viento levantó un remolino que nos hizo cubrirnos el rostro para no quedar con los ojos llenos de arena. El torbellino pasó sobre nosotros y cuando ya se había alejado, Mateo se levantó de su puesto y se acercó un poco más a mí con las manos cruzadas en las rodillas y el mentón sobre las mismas. Es el vivo retrato de su madre – pensé – tiene su misma mirada y su mismo cabello castaño.

– Yo no veo la distinción – me dijo después de un instante retomando la conversación – se confunden porque las dos van a las causas ¿o no?

–  Una pregunta por la causa y la otra por el fin.

– Me gustaría que no me respondieras como si estuvieras dando tus clases. Si puedes darme una respuesta simple a esto, papá, te lo agradecía mucho. Sé que es complicado y no ha de tener una respuesta fácil, si es que de verdad hay una respuesta.  Siento que me estoy volviendo loco con todo este asunto. Estando una tarde y una noche en urgencias viendo llegar cada caso, hizo que mi imaginación se quedara corta… ¿Cómo poder sacar de mi mente esos sonidos, esas imágenes? Durante toda esta semana lo único que he estado haciendo es dándole vueltas y vueltas a lo visto y oído y he comenzado a darme una única y fatal respuesta: injusticia. ¿Por qué hay gente buena y tranquila que está ahí postrada en una cama de una sala común, haciendo sus necesidades cómo puede con gran dificultad, mientras que otros, gente perversa, anda por ahí por el mundo haciendo de las suyas, haciendo sufrir a otros? – Comprenda, querido lector, que hablo con un chico de dieciocho años y que es normal que se haga estas preguntas. El cliché de “la gente buena que sufre” en este caso no era un mero cliché, sino que le estaba afectando de veras y muy profundamente.

– Mateo, hijito, el dolor desde el punto de vista meramente intelectual es un sinsentido – él me miró sorprendido con sus grandes ojos verdes completamente confundido ya que no esperaba de mí una respuesta como la que le estaba dando – Sí, porque la primera pregunta no te la puedo resolver simplemente dándote una explicación racional, porque no la tiene, y las posibles respuestas que se han dado a través del tiempo no son suficientes y no logran explicar esta aporía. Es casi imposible explicarle a un ateo o a un agnóstico que entienda porqué sufrimos, de ahí que las sociedades que han arrancado a Dios de su vida política comiencen a aprobar leyes como la eutanasia, porque no le ven sentido a tener a una persona sufriendo terriblemente. No logran entender porque para ellos la vida comienza y termina aquí, no hay esperanza, no hay salvación ni condenación, no hay nada, el dolor es un mal en sí. Pero nosotros, católicos, por la fe que profesamos, y que nos ha sido revelada por el mismo Dios, sabemos que sufrimos porque el pecado provocó en nuestra naturaleza una ruptura, una división y cualquier división produce dolor. Cuando por el pecado el alma se separa de la Fuente de la vida, viene la muerte. La pérdida de la salud, produce dolor; la pérdida de los que amas, produce dolor; la pérdida de aquello que te causa deleite produce dolor, por tanto, siempre está relacionado con la división, con la experiencia del desgarro. La causa, el por qué que estás buscando, Mateo, está en el pecado. Cuando por un acto libre nos separamos de Dios en el paraíso, y con esta ruptura entró la muerte y el sufrimiento.

– ¿Y seguimos pagando las consecuencias hasta el día de hoy? ¿Cómo le explicas eso a alguien que está viendo sufrir a su hijo recién nacido que no tiene culpa de nada, que es una criatura completamente inocente??

– Es inocente de sus pecados personales, pero lleva la marca del pecado original y es, al igual que todos nosotros, naturaleza caída. ¿Cómo te explicas su sufrimiento? Aquí viene la respuesta a la otra pregunta. La respuesta al para qué.  El dolor tiene un para que, tiene un enorme sentido para nosotros los cristianos que queremos imitar al Maestro. Porque Cristo siendo inocente tuvo que cargar el peso de nuestros pecados, y lo hizo por amor, para poder restaurar la ruptura, para unir lo que se había desgarrado por el pecado y a reconciliar al hombre con Dios. Así, Mateo, del mismo modo nosotros estamos unidos a la cruz para, como dice San Pablo, completar en nuestra carne lo que falta de la pasión.   – Mi hijo se agarraba la cabeza y yo notaba que estaba muy inquieto. Quizás mis argumentos no le hacían sentido, pensé, y si no le hacen sentido es porque hay algo en él que se está rebelando o su fe está siendo fuertemente probada. Le pregunté acerca de si se sentía molesto con lo que le estaba diciendo y él me respondió que él estaba consciente de que lo que yo decía era cierto y creía en ello, pero que de todas maneras el sufrimiento le chocaba y sobretodo, cuando venía sufrir a la gente que amaba o la que le tocaba atender. ¿Cómo podría darle respuesta a estos enfermos que no le ven sentido alguno?

– Tienes una tremenda oportunidad de hacer que tus futuros pacientes puedan darle un sentido a su sufrimiento, ¿lo sabes verdad? – No me dijo nada, sólo frunció el ceño y miró el sol que ya estaba a punto de desaparecer de nuestra vista. – Podrás con tus cuidados y palabras enseñarles a esos sufrientes que su padecimiento no es en vano y que si voluntariamente lo ofrecen a Dios estarán siendo merecedores de un enorme premio que jamás les podrá ser arrebatado. Les enseñarás que pueden unir su sufrimiento al de Cristo en la cruz.  Sacrificarse, renunciar voluntariamente por amor a Dios y por amor a los pecadores tiene un gran mérito ante los ojos de Dios. Sufrir por amor, ¿dime si no estarías dispuesto a hacer lo que sea, incluso a costa de tu propia vida, por amor? Si amas a Dios estarás dispuesto al sacrificio y a la renuncia. Los hombres seguimos pecando día a día y el dolor es una buena manera de poder ofrecer a Dios lo que sufrimos para de alguna manera reparar el daño que hacemos, salvarnos a nosotros mismos y colaborar en la salvación de otras almas. Este es el para qué Mateo, este es el sentido.

-Pero es algo que me cuesta mucho asimilar y poder transmitir, y hacerlo yo mismo por supuesto. Y además la mayoría de las personas ahora no cree en lo que me estás diciendo. Qué les voy a venir a hablar de los méritos del dolor para su bien espiritual si no creen e nada. – me dijo Mateo con algo de impaciencia en su voz.

– Predica con el ejemplo y poco a poco háblales del sentido de su sufrimiento. Pero primero consuela su dolor, alivia su sufrimiento. Por supuesto que no es fácil ofrecer el dolor a Dios, pero nadie que quiera ir al cielo puede ir por el camino fácil, requiere de querer hacerlo y de que Dios te otorgue la fortaleza y la perseverancia hasta el final, cosa que hay que estar siempre pidiendo. Y retomo la idea, hijo, el para qué es tanto para el que sufre, ya que con ello es capaz de lograr la remisión de sus faltas propias y de aquellas almas que más lo necesitan, pero también tiene un propósito para quienes acompañan a la persona que sufre. – Entonces Mateo comenzó a reírse, y yo le miré extrañado.

-Ja,ja,ja, eres el rey de las distinciones…según esto, según lo otro. El porqué y el para qué, el para qué del que sufre, el para qué del que ve al que sufre. Vuelves loco a cualquiera con tantas diferenciaciones. – yo le di un pequeño golpe en el hombro y noté que estaba ahora un poco menos tenso.

– En la vida hay que hacer muchas distinciones para no caer en absolutismos y en falacias…en la vida y en lenguaje, es fundamental. Si pusiésemos más atención en hacer las debidas distinciones habría muchos menos mal entendidos. Cuando hablamos bajo distintos supuestos es cuando se producen los desencuentros. Bueno, te decía sobre aquellas personas que acompañan al que está sufriendo, y que de alguna manera también sufren. Ver sufrir a quien amas o por el que tienes alguna clase de afecto creo que es una de las situaciones más duras por las que alguien puede pasar, porque el dolor espiritual es peor que el dolor físico, y mientras más lo racionalizas y te centras en él, más duele. El dolor de ver a un cercano sufrir hace que el alma se compadezca, y la compasión está movida por el amor. El dolor mueve al amor, por eso te decía que para ti es una gran oportunidad. No debes quedarte paralizado frente al dolor. Muchos empuñan la mano y la levantan contra el Cielo porque no son capaces de ver que el dolor es capaz de redimir. El sufriente es otro Cristo que está esperando a que tú le ayudes y le ofrezcas lo mejor de ti.

– ¿Practico la caridad para hacerme sentir mejor a costa del sufrimiento ajeno? Me parece muy poco injusto ¿no?

– Estamos claros que el dolor está presente siempre en esta vida porque somos naturaleza caída. No se trata de dejar abandonado al que sufre por la tontera de decir que no lo vas a ayudar porque eso te hace sentir bien ya que te sientes útil y puedes entregar amor, y me parece injusto que yo me sienta bien a costa del otro. Obvio que ver sufrir a alguien es doloroso, ver sufrir al que amas es angustiante para ti, pero a su vez cuando el que sufre ve que su dolor es compartido espiritualmente por otro ese dolor es más fácil de sobrellevar, y no al revés. Te lo digo por experiencia. Cuando he estado internado en el hospital y veo a tu madre sufrir, me duele que por mi culpa ella esté padeciendo tristeza y preocupación, pero a su vez me consuela verla conmigo, sufriendo esta cruz juntos, eso es el amor. Ella tiene la ocasión de practicar la caridad conmigo, de consolarme, de acompañarme y de hacerse sentir querido. Recuerdo que en la Ética, Aristóteles dice que…- ahí me interrumpió de nuevo.

– Ahora me citas a Aristóteles, papá…no tienes remedio.

– Deja que termine y luego si no te parece, me contraargumentas. Buscas respuestas, trato de dártelas y me largas puros argumentos ad hominen. Aprende a racionalizar.

-Lo siento, no quise ser pesado contigo. Estoy intentando armar en mi mente lo que me estás diciendo y a veces creo que vas más rápido que lo que mi pobre cabeza logra entender.

– Aristóteles decía que en las tristezas consuela la compasión del amigo. Sobrellevar cristianamente el dolor es más fácil cuando tienes a tu lado alguien que te entrega amor y que te habla de que sus padecimientos tienen un sentido. ¿Has llevado tu cello al hospital?

– No, no lo había pensado.

– Entonces pídele a mi hermano que te dé otra semana de práctica, llevas tu instrumento y le interpretas algunas piezas a los pacientes. Estoy seguro que la música les servirá como una excelente distracción y se sentirán mejor. Mucha gente está sola, no tienen quien los visite. Sentarse al lado de un enfermo en silencio y darle tu mano tiene un valor enorme. Sentirse querido y acompañado ayuda a su recuperación.

– Me parece, creo que llevaré el cello y partiré tocándole a los pacientes del psiquiátrico.

– Recuerda mirar en sus rostros el de Cristo, lo que hagas por ellos, se lo haces a Él mismo.

Ya se hacía tarde y el sol se había puesto dando paso a una enorme luna que con su luz plateada alumbraba nuestro camino de vuelta a casa.

– Voy a sacar algo bueno de todo este sufrimiento, papá – me dijo cuando a grandes zancadas descendíamos por la pendiente de arena. –  Gracias por escucharme y por darme algo de luz. Tiendo a resistirme por lo repugnante que me resulta ver la miseria humana, pero también creo todo lo que me dijiste. Sé que hay un Bien mayor por el cual vale la pena pasar por estas pruebas, y te pido que me ayudes a nunca perder esto de vista.

Beatrice Atherton

Beatrice Atherton

Esposa y madre de seis hijos, nací en Viña del Mar, Chile en 1969. Aunque egresé de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi vida giró posteriormente hacia otro rumbo y ahora vivo en un campo donde me he dedicado a la familia y a la casa. Amo la Liturgia Tradicional y me encanta colaborar en su promoción. ​ En mis tiempos libre intento escribir, que es lo que me apasiona aunque soy una aficionada. Tengo el blog Bensonians dedicado a difundir la obra de Monseñor Robert Hugh Benson