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Santa María Goretti y la nueva iglesia de la misericordia

“La Misericordia”, ese es el nombre del juego. Al menos el que se juega en la “nueva y mejorada” Iglesia Católica de hoy, que es tan sensible para escuchar. Por supuesto que la misericordia es fundamental, pero la nueva Iglesia le ha otorgado un nuevo significado. Olvídense de la necesidad de arrepentimiento. ¡La Misericordia es para todos, la quieran o no! Si en la década de los sesenta todo era “amor libre”, entonces estos son los días de la “misericordia libre”. Pero, ¿la Misericordia no tiene costo?

Hoy llegó a mi ciudad la Peregrinación de la Misericordia. Este es el nombre oficial de una gira en Estados Unidos de las reliquias de la más joven mártir de la Iglesia, Santa María Goretti. Para esta gira se le brindó a ella el título de “La Pequeña Santa de la Gran Misericordia” porque ella perdonó a su asesino. Sin restar valor a este acto de heroísmo, quizás haya otra lección que aprender de su historia, la que se pasó por alto en la promoción de esta gira; una lección sobre el dolor por el pecado y la enmienda de la vida.

María Goretti tenía sólo nueve años cuando murió su padre, y se vio en la necesidad de hacer de madrecita de cinco hermanos menores mientras la viuda trabajaba en sus campos. La abnegación de María fortaleció y reparó a la familia destruida. Pero dos años más tarde un muchacho vecino, un joven cuyo padre era alcohólico y cuya madre era enferma mental, intentó abusar de ella mientras se encontraba sola en la casa. Ella le dijo que prefería morir antes que permitirle cometer este pecado, y en un brote de ira la apuñaló catorce veces y huyó.

María fue hallada viva, y los doctores le practicaron una operación sin anestesia, por el temor de inducir un paro cardíaco, pero no consiguieron restañar el sangrado interno. Ella ofreció estos dolores inimaginables por la conversión de los pecadores, y antes de morir dijo a su madre: “yo perdono a Alessandro Serenelli y quiero que esté conmigo en el cielo por siempre”. Ella fue canonizada cuarenta y ocho años más tarde por el Papa Pío XII en 1950.

alessandro venerating maria gorettiSu asesino (a quien se ve a la izquierda rezando frente a una imagen de la pequeña que él asesinó) fue invitado a la canonización. Para entonces, él ya era otro hombre. La inocente niña de once años que agonizaba en una cama sabía que él se convertiría cuando pidió que estuviera con ella en el cielo. ¡Consideremos qué significa esto! Ella comprendía la gravedad del pecado del muchacho; ella murió a causa de ese pecado. Y ella sabía que él no podría ser admitido en el cielo a menos que se arrepintiera de su pecado. María Goretti, a diferencia de la Iglesia “de la escucha” de nuestros días, le pidió un cambio a él. Sí, tuvo misericordia, pero allí el papel principal lo jugaba el arrepentimiento; tanto en esperanza como, más tarde, en los hechos.

Se ha dicho que Alessandro ingresó a prisión como el hombre más irritado sobre la tierra. Pero ahí se le apareció la pequeña María, y a pesar de que ella no habló, todo su aspecto era aquel del perdón, y él entendió.

Él se convirtió de inmediato.

El resto de su vida lo dedicó a reparar su pasado. Hizo las paces con la pobre madre de María, y se unió a los Frailes Capuchinos como hermano lego. Escribió una carta abierta al mundo, que fue encontrada por sus hermanos Capuchinos tras su muerte. He aquí las palabras de un hombre que aprendió cuál debía ser su actitud acerca del pecado y el juicio; quien halló su dignidad y honor en el dolor por su pecado y la enmienda de su vida:

Tengo ochenta años. Estoy cerca del fin de mis días. Mirando hacia atrás, reconozco que en mi juventud seguí un camino falso – el camino del mal que me llevó a la ruina.

Vi cómo el contenido inmoral de revistas, espectáculos y los malos ejemplos de los medios de comunicación arrastraban a la mayoría de los jóvenes de mi época, sin que ellos se detuvieran siquiera a pensarlo dos veces. Despreocupadamente, yo hice lo mismo.

Había fieles católicos practicantes alrededor mío, pero no les presté ninguna atención. Estaba cegado por una fuerza brutal que me empujaba al camino de la mala vida.

A la edad de veinte años cometí un crimen pasional, cuyo solo recuerdo aún me horroriza. María Goretti, hoy proclamada Santa, fue mi ángel bueno que Dios puso en mi camino para salvarme. Las palabras de ella de reprensión y perdón quedaron grabadas en mi corazón. Ella rezó por mí, intercediendo por su asesino. Luego pasé treinta años en la cárcel.

De no haber sido considerado menor por la ley italiana, me hubieran sentenciado a cadena perpetua. Sin embargo, acepté la sentencia y la recibí como algo merecido.

Resignado, reparé por mi pecado. La pequeña María fue realmente mi luz, mi protectora. Con su ayuda, cumplí bien esos veintisiete años en prisión. Cuando la sociedad me aceptó nuevamente entre sus miembros, intenté vivir honestamente. Con caridad angélica, los hijos de San Francisco, los Hermanos Menores Capuchinos de Le Marche, me recibieron no como sirviente, sino como hermano. Ya he vivido con ellos veinticuatro años. Ahora espero con serenidad el momento en que seré admitido a la visión de Dios, en que podré abrazar a mis seres queridos, y estar cerca de mi ángel guardián, María  Goretti, y su querida madre, Assunta.

Quiera Dios que todos los que lean esta carta acepten la enseñanza acerca de evitar el mal y sigan el camino del bien. Que crean desde su niñez que la religión con sus preceptos no es algo de lo que se pueda prescindir. Sino, que es verdadero consuelo, y el único camino seguro en todas las circunstancias de la vida – incluso en las más dolorosas.

Paz y bien,

Alessandro Serenelli

Macerata, Italia

Este hombre lo ha entendido bien. No se trata solamente de tener misericordia. En la vida existen el dolor, los conflictos, las caídas, pero también podemos levantarnos y volver a empezar, y es un honor el intentarlo. Lo vergonzoso es permanecer en el pecado, no acusarse a sí mismo y levantarse. Sin embargo, hoy la Iglesia está totalmente dispuesta a sonreír “con misericordia” mientras el hombre se revuelca obstinadamente en su propia inmundicia.

La misericordia supone la justicia. Alessandro Serenelli sabía que se debía buscar la justicia en primer lugar, y por eso aceptó su sentencia a prisión y reparó por sus delitos. Sólo entonces podría decir con confianza de niño: “Espero serenamente el momento de ser admitido a contemplar el rostro de Dios”.

Santa María Goretti (¡y Alessandro, si estás allí arriba!) ¡Por favor recen por su Iglesia!

Tess Mullins

[Traducción Romina R. Artículo original.]




THE REMNANT
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Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA

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