Pensamiento del día: todos los soldados católicos practicantes de la Segunda Guerra Mundial eran “católicos tradicionalistas” y participaban en la misa tradicional. ¿Entonces, qué pasó? 

Una de las principales quejas de quienes asisten a la misa Novus Ordo es: “se me hizo pesada la misa”. Alguien debiera recordarles que tradicionalmente los católicos no iban a misa para ser entretenidos; en aquel entonces, al igual que ahora, el objetivo de asistir a misa era adorar al Dios Todopoderoso.

La misa tradicional en latín, con su centro en Dios, ofrece un remedio para las almas descarriadas a través del “memento de vivos”. Para quienes asisten a la misa tridentina, el memento de vivos al comienzo del canon, deja en claro lo que uno puede esperar “conseguir” en el santo sacrificio de la misa.

El memento de vivos es considerado una continuación del “Te igitur”; que ofrece sacrificios a Dios Todopoderoso en primer lugar por la Santa Iglesia Católica, y luego por el Papa, nuestro Obispo y “todos los demás que, fieles a la verdadera doctrina, velan por la fe católica y apostólica” (“…et omnibus orthodoxis, atque catholicæ et apostolicæ fidei cultoribus”).

Las gracias serán volcadas sobre la Iglesia militante en cuanto sostenga y profese la fe única, santa, católica y apostólica. En cuanto se desvía o disiente de la única fe verdadera fundada por Jesucristo, llega al punto de “no conseguir nada” en la misa. La medida con la que se reconozca que la misa es un sacrificio santo ofrecido a Dios Todopoderoso, en lugar de una cena conmemorativa centrada en el hombre o la comunidad, será la medida en la que lloverán gracias sobre la Iglesia, el Papa, nuestro Obispo, y sobre nosotros mismos.

“Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum N…et N…” (Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervas N. y N.). El memento de vivos comienza con la palabra memento (acuérdate/recuerda). Las letras N. y N. dan lugar al sacerdote para pedir secretamente por personas vivas específicas por quienes reza en silencio, con las manos unidas, para recibir gracias especiales. Estas intenciones especiales del sacerdote se agregan, sin perjuicio, a la intención principal de la misa. Cuando un sacerdote dice que rezará por ti en su misa, el memento de vivos es el momento en que los méritos de la cruz abundarán para ti. El reverendo Dr. Nicholas Gihr escribe en su obra, El Santo Sacrificio de la Misa:

Dado que la oración de la Iglesia, especialmente en relación al sacrificio, es extremadamente poderosa y eficaz, el sacerdote no impedirá que resulte en beneficio de aquellos más cercanos a él y a quienes se ve obligado por justicia, caridad o gratitud.

“…et omnium circumstantium, quorum tibi fides cognita est et nota devotio…” (…y de todos los aquí presentes, cuya fe te es conocida y te es manifiesta su devoción…) En este punto, se realiza una invocación especial para quienes se encuentran presentes en la misa. Por eso se recomienda asistir a misa diariamente, no sólo los domingos y días festivos. Quienes se encuentran imposibilitados de asistir al Santo Sacrificio, tales como los enfermos y los privados de su libertad, pueden unirse espiritualmente a la misa y recibir estas gracias especiales. El nivel de intensidad, sinceridad y pureza de la fe y devoción del participante, dará la medida de las gracias y bendiciones recibidas durante el santo sacrificio de la misa.

“…pro quibus tibi offerimus: vel qui tibi offerunt hoc sacrificium laudis, pro se suisque omnibus…” (…por quienes te ofrecemos, o ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, por sí mismos y por todos los suyos…). Esta oración indica que asistir a misa no beneficia únicamente a la congregación, sino también a las personas por quienes rezan. Desde su banco, el asistente puede obtener gracias y bendiciones para su familia, amigos y otras personas, además de para sí. En la magnitud que ofrezcan a Dios, en unión con el sacerdote, el sacrificio santo para sí y para otros, tanto tendrá para ellos de eficacia la santa misa.

“…pro redemptione animarum suarum…” (…por la redención de sus almas…). Las necesidades del alma preceden a las del cuerpo. Aquí se nos recuerda que el santo sacrificio de la misa es una ayuda para evitarnos perder el cielo y recibir los dolores del infierno. La sangre redentora de Cristo se derrama sobre las personas por quienes se reza en el santo sacrificio de la misa. Los apóstatas que creen que todos van al cielo y que nadie va al infierno, no “conseguirán” nada por estas palabras del santo sacrificio. La medida con la que uno cree en las postrimerías (muerte, juicio, gloria o infierno) indica cuánto uno puede “conseguir” de la consolación sobrenatural que ofrece esta oración.

“…pro spe salutis et incolumitatis suæ…” (…y por la esperanza de su salvación y su incolumidad). No se descuidan las necesidades corporales de las personas por quienes se reza, sino que están conectadas con el fin último que es la salvación eterna. Aquí, Gihr afirma:

La palabra ‘salvación’ (salus) consta de todos los dones sobrenaturales: gracia en tiempo y eternidad; la palabra conservación (incolumitas) no se refiere únicamente a la salud del cuerpo, sino éxito y felicidad en las cosas temporales, en los bienes (materiales e inmateriales) pertenecientes al orden natural. Estos también pueden ser obtenidos por el sacrificio y la oración, siempre y cuando sirvan para conseguir la felicidad eterna.

“…tibique reddunt vota sua æterno Deo, vivo et vero.” (…y cumplen sus votos a Ti, Dios eterno, vivo y verdadero). Aquí se renuevan los votos del bautismo; se rechaza a Satanás y todas sus obras y seducciones. Gihr agrega:

 En estos santos votos que ofrecemos en el santo sacrificio de la misa, ofrecemos no sólo la víctima eucarística sino que nos unimos a ella, nos ofrecemos a nosotros mismos, nuestro cuerpo y alma, nuestras oraciones y homenaje, nuestro trabajo y nuestras tribulaciones, nuestros sufrimientos y alegrías, como regalos debidos al Señor.

A la luz de estos votos, es importante observar que las oraciones oficiales de la misa no pueden incluir oraciones por quienes están fuera de la Santa Iglesia Católica. En la antigüedad, los nombres a mencionar en el memento de vivos eran inscritos en una tableta llamada díptico. Sin embargo, si una persona perdía la fe o caía en la herejía, su nombre era removido del díptico Si bien ya no se utiliza el díptico de los vivos, Don Prosper Gueranger explica en su libro, La Santa Misa, que el principio permanece intacto:

El sacerdote no puede rezar ni por los judíos ni por los infieles, no más que por los herejes, quienes por el sólo hecho de la herejía quedan excomulgados y consecuentemente fuera de la Santa Iglesia Católica. Tampoco puede rezar por quienes, sin ser herejes, quedan excomulgados por otras causas; sería profanación mencionar los nombres de tales personas en medio del sacrificio santo. Se puede rezar por ellos en privado, pero no en las oraciones oficiales. Quedan excluidos del sacrificio dado que no pertenecen a la Iglesia; consecuentemente, es imposible mencionarlos durante la santa celebración.

El memento de vivos de la misa tridentina reprende a los impíos que se atreven a decir: “no conseguí nada en la misa”. Sin embargo, la respuesta última que debiera retirar las escamas de sus ojos es la referencia a la recepción del cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Dios y Señor, Jesucristo, en la sagrada comunión. No se puede “conseguir”/recibir nada más grande que esto. Si esto fuera todo lo que alguien “consigue de la misa”, esto sobrepasará cualquier regalo terrenal.

Sin embargo, si el que se queja ha recibido la sagrada comunión fuera del estado de gracia o sin tener la fe católica en la eucaristía, se habrá quedado sin lugar a dudas con una sensación de vacío – el sentimiento que proviene de cometer sacrilegio. San Pablo escribe: “De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Cor. 11, 27). Por lo tanto, el día del juicio, lo que el impío “conseguirá” por recibir indignamente el cuerpo y sangre de nuestro Señor será peor que cualquier cosa de esta vida. Lo que “conseguimos” en la misa depende, en gran medida, de lo que ponemos en ella.

Padre Ladis J. Cizik

[Traducción de Marilina Manteiga. Artículo original.]