Nota del blog: Podemos actualizar este antiguo artículo adaptándolo a los medios más modernos de difusión y comunicación, como la televisión, el internet, los móviles, etc.

Creo, lector, que, si Satanás hubiese de encarnarse en algo digno de su perversidad y de su odio a Dios y al género humano, encarnaríase en un mal periódico. Recorriendo con la imaginación todo lo malo que sobre la faz de la tierra ha vomitado el infierno, desde el pecado de Adán hasta las blasfemias de Suñer, nada encuentro tan diabólicamente corruptor como un periódico impío. Así también deben de haberlo conocido los enemigos de nuestra fe y de la felicidad del pueblo cuando tan buena maña se han dado en llenar el mundo dé esta funesta mercancía. El género abunda, mi buen lector, y del mismo modo que no son los solos ladrones los que van al presidio, pues no pocos andan y triunfan por calles y plazas, así no solo es enemigo tuyo y de tu fe el papelucho prohibido por la Iglesia; muchos llevas cada día entre manos merecedores de tu execración. Voy, pues, a hablarte en general de los malos periódicos.

El periódico se reduce a cuatro o más páginas de papel, bien o mal redactadas, peor  mejor impresas, que se introducen cada mañana en el hogar, en el taller o en el almacén de tres, cuatro o cinco mil hijos del pueblo. El periódico es, pues, un huésped que admites todos los días en tu casa, para comer con él desde el desayuno hasta los postres de la cena, para que con el mismo conversen familiarmente, íntimamente, tu mujer, tus hijos y tus dependientes. Es un desconocido a quien abres cada día la puerta para que una vez dentro de tu habitación diga lo que se le antojare, enseñe lo que convenga o no convenga, instruya o desmoralice, sin que nadie le vaya a la mano. El tal desconocido puede contarle hoy a tu hija una anécdota infame que robará a su corazón la inocencia, y hará salir de su rostro los colores de la vergüenza. Puede enseñarle a tu hijo a despreciar a Dios, a ridiculizar al sacerdote y a sacudir el yugo de los santos deberes de la familia A tu dependiente le dirá tal vez que es necesaria la emancipación del obrero y el exterminio de los tiranos como tú, que ejercen la feroz tiranía por el solo hecho de ser más ricos  o más industriosos que él. Predicará, en fin, lo que le diere la gana en verso o en prosa, en gacetillas ligeras, o en graves artículos, en cuento, en historia y aun en anuncios, que el diablo es tan sagaz que hasta de esto sabe sacar su provecho el maldito. Y tú descansarás tan tranquilo en la seguridad de que diste a los tuyos excelente educación, de que en casa no falta el rosario, y se va a misa los días de guardar, y se observan todos los mandamientos. ¡Y no adivinarás de donde le vino a tu hijo aquel arranque de insubordinación o aquella máxima perversa que le oíste, o de tu hija aquella desenvoltura y ligereza de cascos que la van volviendo tan desemejante a su madre! ¡Vaya con los cortos de vista! ¡Y averiguarás solícito con quien se acompaña el muchacho en sus juegos, o a quien mira la niña o a quien dejó de mirar, sin tener en cuenta que aquellas cuatro páginas de mal papel que cautelosamente, se te introducen por debajo la puerta pueden  ser la verdadera causa de todos tus disgustos!

Todo este peligro tiene un periódico malo. Pero ¿Como, me dirás, puede caber en ser tan insignificante tanta malicia? Sencillísimo. ¿Has oído decir lo del refrán de que la gota cava la piedra? Pues bien; el periódico ruin es una gota también, pero una gota de veneno corrosivo capaz de hacer mella en los corazones de mejor temple, sobre todo si los halla desprevenidos; es una gota, pero gota que cae sin cesar cada día, cada día, sabiendo que la constancia, así en el bien como en el mal, obra prodigios. Y si el periódico, con ser moralmente perverso, sabe presentarse con los atavíos del buen decir y con el atractivo de la gracia y la desenvoltura, es entonces gota de veneno azucarada que tragarán no solo con facilidad, sino hasta con delicia, cuantos en el mundo suelen no guiarse por otro criterio que el del paladar, que son innumerables.

¡Espanto causa pensar con qué ligereza se abren las puertas del honrado hogar a ese enemigo doméstico, silencioso autor de la mayor parte de los desastres morales que lamentamos en la patria y en la familia!

¡Irrita la glacial indiferencia con que padres bonachones miran en manos de sus hijos o en el taller de sus dependientes aquellas páginas venenosas en que se enseña el desprecio de todo lo respetable, desde la suprema autoridad de Dios hasta la de sus últimos delegados en la tierra!Y a una observación cualquiera que sobre esto se haga, se contesta con la mayor tranquilidad, soltando tal vez la carcajada: ¡Oh! ¡Es un periódico! ¿Quién va hacer caso de los periódicos? ¡No seáis intolerantes!

Tú, lector, has sido también acaso uno de los cortos de vista a quienes así he oído hablar. Y has abierto diariamente la puerta de tu domicilio a alguno o algunos de esos desconocidos dispuestos a envenenar el corazón de tus hijos, que por otra parte quisieras conservar tan puros e inocentes.

Y no solo le has abierto la puerta, sino que le has invitado, y le has dado dinero encima para que viniese a ejercer entre los tuyos su negro oficio de corromper. ¡Infeliz!

Pbro. Don Félix Sardá y Salvany