[Foto: Misa Novus Ordo en la Catedral Madeleine, Salt Lake City, USA]

[New Liturgical Movement]Aunque en los últimos años se ha hecho mucho para difundir un conocimiento exacto de las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, todavía estamos muy lejos del deseo del Papa Benedicto XVI de que tanto los fieles de todo el mundo, como sus pastores, redescubran las riquezas de los dieciséis documentos conciliares. El Año de la Fe ha sido un año de “incredulidad”, humanamente hablando, pues hemos sido testigos de la abdicación casi sin precedentes del trono papal y la llegada de un nuevo Papa, cuyas palabras y acciones han sido interpretadas, y mal interpretadas, en un remolino vertiginoso de atención de los medios que no se han caracterizado por una paciente evaluación  de la doctrina del último Concilio Ecuménico -mucho menos la doctrina de los veinte concilios ecuménicos y de la plenitud de la Tradición que la precedió-.

No hace mucho fue el quincuagésimo aniversario de la promulgación de Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium (4 diciembre 1963). Si se me permite utilizar una estrategia retórica del Padre Fessio, esto es lo que deberíamos estar viendo en cada iglesia si se estuviera siguiendo fielmente la enseñanza del Vaticano II:

1) La Eucaristía sería percibida por todos como un “divino Sacrificio”, en el que, como en la Iglesia misma, la acción está subordinada a la contemplación (cf. SC 2). La misa se entiende, y se llamaría, un “santo Sacrificio” (SC 7, 47, et passim) y la liturgia en general “una acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”, cuya finalidad es “la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios” (SC 10;. cf 112). En efecto, la liturgia parece como un anticipo en la tierra de la liturgia celestial de la nueva Jerusalén (SC 8).

2) Los fieles estarían bien catequizados y bien dispuestos para recibir fructuosamente los sacramentos (SC 11), y podrían comprender la naturaleza de la liturgia para así participar correctamente en la misma (SC 14), dirigidos por el ejemplo y la instrucción del clero (SC 16-19): “comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada” (SC 48). Así es como deberían estar los fieles, a diferencia de la mayoría de los católicos de hoy que, según muchos estudios, no son conscientes de que la Misa es la re-presentación del Santo Sacrificio del Calvario o que la Eucaristía es el verdadero Cuerpo y la Sangre de Jesucristo -y que tampoco cantan mucho, a pesar de décadas de insistencia con las nuevas músicas-.

3) La liturgia se vería muy similar a la liturgia católica que se ha celebrado durante siglos, ya que “no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes.”(SC 23).

4) Los ministros ordenados serían los únicos que realizan las acciones que se supone deben hacer, mientras que los laicos estarían involucrados en las formas que pertenecen a ellos: “En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28;. cf 118).

5) “nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22,3).

6) El uso de la venerable lengua latina venerable sería un fenómeno frecuente y apreciado, ya que “se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos” (SC 36,1). La lengua vernácula, por supuesto, se utilizará, pero sólo para ciertas partes de la liturgia (SC 36,2), y el clero se acordaría de la petición del Concilio de que “los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” (SC 54).

7) La Liturgia se celebraría con frecuencia en su forma más noble, a saber, “solemnemente con canto” (SC 113). La mayoría de los cantos estaría estrechamente relacionado con los textos reales de la Misa (cf. SC 112, 113) y la música sería como añadir “mayor delicadeza a la oración o fomentando la unanimidad, enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados” (SC 112). Habría un papel importante para los coros o Scholas capacitados, que permitan preservar y fomentar el tesoro de la música sacra, un tesoro de valor inestimable (SC 112, 114-115). El pueblo, por su parte, cantaría aclamaciones, respuestas, salmos, antífonas y cantos donde todo el mundo observarían reverente silencio en los momentos adecuados (SC 30). Ninguno de los textos de las canciones serían de ninguna manera objetables desde el punto de vista doctrinal, ya que se pueden extraer directamente de las Escrituras o de la misma liturgia (SC 121).

8) En particular, el canto gregoriano, siendo “propio de la liturgia romana”, se le daría “el primer lugar en las acciones litúrgicas” (SC 116). Otras formas de la música sacra no se verían excluidas, como por ejemplo la polifonía (ibid.). Y, por supuesto, teniendo “en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales (120). Otros instrumentos sólo se pueden usar  “siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles.” (ibid.). Por lo tanto, instrumentos como piano, guitarra y batería, que, en el mundo occidental, están relacionados con ambientes profanos y todavía están asociados a géneros como el jazz, el folk y el rock, nunca serían utilizados para la música sacra. Nada de esto es sorprendente, ya que los padres conciliares anunciaron su propósito de actuar “manteniendo las normas y preceptos de la tradición y disciplinas eclesiásticas y atendiendo a la finalidad de la música sacra, que es gloria de Dios y la santificación de los fieles” (SC 112).

9) La Comunión bajo las dos especies sería algo muy poco habitual, por ejemplo a nuevos profesos religiosos en la Misa de la profesión religiosa o para los recién bautizados en la Misa que sigue a su bautismo (SC 55). Del mismo modo, la concelebración sería relativamente rara (SC 57).

10) Las Vísperas del domingo sería una cita semanal muy querida, a la que un gran número de fieles: “Procuren los pastores de almas que las Horas principales, especialmente las Vísperas, se celebren comunitariamente en la Iglesia los domingos y fiestas más solemnes. Se recomienda, asimismo, que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí e inclusive en particular.” (SC 100).

11) El año litúrgico sería de enorme importancia en la vida de la comunidad, marcada por el respeto y la promoción de las tradiciones y costumbres de cada temporada (cf. SC 102-110). Las imágenes y reliquias de los santos serían honradas públicamente (SC 111). Los sacramentales y devociones populares abundarían, como procesiones eucarística, la Adoración y la Bendición con el Santísimo Sacramento, los Víacrucis, el Rosario, el Escapulario, y las costumbres relacionadas con el santoral, porque todas estas cosas profundizan la vida espiritual de los fieles y facilitan la disposición a participar más plenamente en la sagrada liturgia (cf. SC 12-13).

12) La arquitectura de la iglesia y el mobiliario sería “verdaderamente dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales” (SC 122), “para orientar santamente los hombres hacia Dios” (ibid.). No habría nada que pudiera molestar o distraer a los fieles, ya que “procuren cuidadosamente los Obispos que sean excluidas de los templos y demás lugares sagrados aquellas obras artísticas que repugnen a la fe, a las costumbres y a la piedad cristiana y ofendan el sentido auténticamente religioso, ya sea por la depravación de las formas, ya sea por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del arte.” (124), ya que lo que se busca con razón “es una cierta imitación sagrada de Dios creador y que sus obras están destinadas al culto católico, a la edificación de los fieles y a su instrucción religiosa” (SC 127).

La Forma Ordinaria, Novus Ordo, como debería ser: Sacred Music Colloquium, Cathedral of the Madeleine, Salt Lake City, USA

¿Es esto lo que usted experimenta, semana tras semana? ¿No es un escándalo el fracaso monumental en la aplicación de gran parte de la Sacrosanctum Concilium?¿Qué fue de la gran promesa del movimiento litúrgico original? Es difícil evitar la impresión de que la Sacrosanctum Concilium fue en gran medida letra muerta  al año o dos de su promulgación. ¿Hay que estar alegres o tristes por eso? La indiferencia parece ser mucho mayor que la reacción. Y seguramente eso es indigno de los católicos.

Si algunos con una mentalidad más tradicional han señalado pasajes ambiguos o problemáticos en los documentos conciliares (incluyendo Sacrosanctum Concilium), deberían ser también los primeros en reconocer la abundante presencia de la doctrina tradicional, casi toda la cual se ha ignorado sistemáticamente o incluso contradicho en nombre del “espíritu del Concilio Vaticano II”. En la alocución de Navidad del Papa Benedicto XVI, de 22 de diciembre de 2005,  se expuso y refutó de manera sistemática la falsa comprensión del Concilio Vaticano II,  lo cual es uno de los hitos del Magisterio postconciliar ya que ha cambiado toda la discusión sobre el Concilio. Ya no puede haber una discusión seria del Concilio o de la liturgia que no aborde las expresiones del Papa introducidas en esa ocasión de la “hermenéutica de la ruptura y la discontinuidad” y la “hermenéutica de la reforma en la continuidad” (que se refiere el algunos documentos posteriores simplemente como la “hermenéutica de la continuidad”). La discusión se ha reorientado de manera decisiva. Lo que aún no se ha reorientado es la forma en que la Misa se ​​celebra en la mayoría de lugares.
Otra forma ordinaria, Novus Ordo, que los padres conciliares reconocerían como el Rito Romano (y el pueblo que abarrotaba la Iglesia cantaba la misa en latín).

En mi vida adulta me ha sorprendido que los lugares donde más se viven los puntos del Concilio Vaticano II que he expuesto anteriormente son las capillas de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro y comunidades similares, donde se celebra exclusivamente el rito romano tradicional. Esto no quiere decir que el Antiquior usus encarne cada recomendación (para bien o para mal) de los Padres del Concilio, sino más bien, que la gran visión teológica de la Sacrosanctum Concilium, la centralidad, la dignidad y la solemnidad de la Sagrada Liturgia, con el canto devoto de sus oraciones por el sacerdote, la schola, y la forma de participar la gente se vive especialmente en estas comunidades, y en muy pocas otras.

Eso debería hacernos reflexionar considerablemente. Aunque los defensores del nuevo movimiento litúrgico tienen reservas acerca de muchas de las formulaciones en Sacrosanctum Concilium, no obstante, es evidente que tanto los que se adhieren al Antiquior usus como aquellos que promueven un modelo de “reforma de la reforma”, son mucho más fieles a la enseñanza explícita del Concilio que lo que ha sido cualquier progresista. En los últimos cincuenta años, hemos visto la aplicación rigurosa del supuesto “espíritu” del Concilio aprovechándose y deformando sus pasajes semánticamente más débiles. Ahora que el Año de la Fe ha terminado, un año lleno de muchas sorpresas, sigamos orando y trabajando por una implementación de las mejores y más claras enseñanzas de la doctrina conciliar.

Peter Kwasniewski

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).