“Se postró a los pies de Jesús… dándole gracias”

I. Nos relata el Evangelio de este Domingo XIII después de Pentecostés (Lc 17, 11-19), el milagro que Cristo realizó en favor de diez leprosos. Aquellos hombres se encontraron curados mientras se dirigían a presentarse a los sacerdotes -que eran los encargados de certificar oficialmente que estaban sanos- como prescribía la Ley de Moisés y Jesús se lo había mandado.

Sólo uno de ellos, volvió sobre sus pasos con el objeto de agradecerle al Señor su curación. Aquel samaritano mereció la alabanza de Cristo y los demás su reproche: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?» (Lc 17, 17-18). Jesús hace resaltar así que la gloria de Dios consiste en el reconocimiento de sus beneficios, como consta en otros muchos lugares de la Sagrada Escritura: «Dad gracias al Señor porque es bueno: | porque es eterna su misericordia…» (Sal 135, 1ss). En este salmo «el pueblo responde a cada alabanza con el estribillo: Porque su misericordia es para siempre, que es el elogio más repetido en toda la Escritura, por donde vemos que ninguna otra alabanza es más grata a Dios que ésta que se refiere a su corazón de Padre»[1].

En efecto, la acción de gracias consiste en dar alabanza a Dios por los innumerables beneficios que ha hecho y que diariamente hace en favor nuestro y de todos los hombres. Y lo ocurrido con aquellos leprosos nos enseña que siempre que hacemos una petición o recibimos una gracia debemos unirle la acción de gracias.

II. La forma más perfecta de dar gracias a Dios es la santa Misa, a la cual llamamos precisamente Eucaristía, que significa «acción de gracias» en griego porque es uno de los fines por los que se ofrece a Dios este santo sacrificio: para agradecerle sus beneficios.

«Porque cuando sacrificamos esta purísima hostia, cada día rendimos a Dios inmensas gracias por todos los beneficios que se ha dignado hacernos, y sobre todo por el bien tan excelente como es la gracia que nos da en este Sacramento. Y aun este mismo nombre está también conforme con lo que obró Cristo Señor al instituir este misterio. Porque tomando el pan le partió y dio gracias. Asimismo David contemplando la grandeza de este misterio, antes de pronunciar aquel verso: “Hizo memorial de sus maravillas el Señor misericordioso y piadoso; dio manjar a los que le temen”, juzgó que primero debía dar gracias, y así dijo: “Acción de gracias y magnificencia es la obra de Dios”»[2].

Aunque los sacramentos producen su efecto por sí mismos («ex opere operato»), sabemos también que sus frutos son más abundantes cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la sagrada comunión una preparación cuidadosa y seguirla de una conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno[3].

La acción de gracias después de la comunión «consiste en recogernos interiormente y honrar al Señor dentro de nosotros mismos, renovando los actos de fe, esperanza, caridad, adoración, agradecimiento, ofrecimiento y petición, sobre todo de aquellas gracias que son más necesarias para nosotros o para las personas de nuestra mayor obligación»[4].

III.- Entre estas acciones de gracias ocupan el primer lugar las alabanzas que dirigimos a Dios por los dones que otorgó a la Virgen María. Por eso la Iglesia se complace en repetir muchas veces la «salutación angélica» («Ave María…») a la que añade algunas otras preces en nuestro favor: «Saludamos a la Santísima Virgen con las palabras del Arcángel para alegrarnos con Ella de los singulares privilegios y dones que Dios le concedió con preferencia a todas las otras criaturas»[5].

Y por eso renovamos hoy nuestra voluntad de hacer siempre nuestra acción de gracias implorando el auxilio de la santísima Virgen. De esa manera, nuestra oración irá unida al agradecimiento que Dios espera de nosotros y seremos favorecidos por la intercesión poderosa de la Virgen María.


[1] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Sal 135, 1; cfr. in Lc 17, 18.

[2] Catecismo Romano II, 4, 3.

[3] Cfr. Sagrada Congregación del Concilio, Junta general del 16-diciembre-1905.

[4] Catecismo Mayor IV, 4, 640.

[5] Catecismo Mayor II, 3, 330.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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