RORATE CÆLI

¡Señor mío y Dios mío! (Padre Cipola)

Sermón para el Domingo después de Pascua 

Y Tomás dijo, “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20:28)

Llegó tarde a propósito, unos cinco minutos, pero no fue el único en llegar tarde. Encontró un asiento al fondo de la iglesia para poder irse antes de la comunión, aunque no le importaba que lo vieran. A él le daba igual. Solo estaba allí por obligación hacia su madre y su padre. Esta era la visita a la iglesia que hacía una vez al año. Por lo general iba en Pascua, pero había escuchado que aún había mucha nieve en Colorado, y arregló con su madre que en lugar de ir en Pascua iría el domingo siguiente a la Pascua, así que allí estaba.

A él no le significaba nada, se dijo a sí mismo. Miró a la congregación para buscar a las chicas con las que había ido al colegio. No reconoció a nadie. Miró al altar, las flores de la Pascua, el crucifijo, el sacerdote con sus atuendos, todo parecía sacado de la Edad Media. Es siempre lo mismo, nunca cambia, es aburrido, un signo de muerte. Ya había superado todo esto. Su hermano gemelo aún iba a misa, se lo tomaba en serio, pero nunca hablaban de ello. Él no podía tomárselo en serio, y se puso a pensar en las razones de siempre. Primero, recordando a la hermana Mary Athanasius, su maestra de cuarto grado. Ella lo había descubierto arrojando al cesto un sándwich de jamón y le dijo que sufriría por ello en el purgatorio, y luego le hizo sacarlo de la basura y comérselo. Vieja monja loca, pero lo ayudó a ver el sentido de todo aquello. ¿Cómo creer en todo esto cuando esa vieja monja loca decía cosas que mataban a uno del susto?

Recordó a los sacerdotes que trataban de ser como uno de ellos, pero solo quedaban en ridículo. Recordó a su maestra de religión en una escuela secundaria católica, hablando de los viejos tiempos en los que la gente realmente creía que Jesús era Dios y que el pan de la misa era su cuerpo y que a veces adoraban ese pan. La adoración de la galleta, lo llamaba él, y se reía, y decía que eran muy afortunados de vivir en un tiempo sin supersticiones como esa. Pero igualmente venía a misa una vez al año para complacer a sus padres. Después de todo, él era un católico cultural, y podía decir algo sobre la preservación de la cultura.

Ah, pero él era extraordinario, la esencia de lo extraordinario, nadie podía apresarlo, él era dueño de sí, educado en un prestigioso colegio, un pensador que ya sabía de qué se trataba la vida, y quería conseguir todo lo que la vida tiene para ofrecer. Pero lo que había escuchado de niño, lo que había visto y sentido en esas misas, algo de eso aún permanecía. Y algunas veces esos ecos perturbaban su excepcionalidad, ecos de algo que no podía recordar, algo que parecía recordarle que tenía que hacer algo importante, pero nunca podía recordar qué era lo que tenía que hacer.

Las palabras de la epístola penetraron en sus oídos:  “A Él amáis sin haberlo visto; en Él ahora, no viéndolo, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo, porque lográis el fin de vuestra fe, la salvación de vuestras almas.” Ahí está, se dijo a sí mismo, el creer sin ver, el amar a alguien que no podemos ver. ¿Qué quiere decir? Esa es la tontería que dejé atrás. Y sin embargo…. Se puso a pensar en lo que hacía diariamente como físico investigador, en el mundo de la mecánica cuántica donde se creía en cosas que no se veían y no podría ver jamás, porque eran invisibles por principio, un mundo lleno de leptones y quarks, electrones que provenían de fuera de la curvatura del espacio-tiempo, de la nada misma. Pero esto era diferente, se dijo, son cosas diferentes, no son cosas como esta religión de un Dios que no se ve y se supone que debemos amar.

El coro ahora cantaba el Aleluya previo al Evangelio. A medida que se transportaba el libro del Evangelio, recordó algo. Hoy no era la Pascua. Este era el domingo después de la Pascua, así que el Evangelio no hablaría de la tumba vacía. Y de pronto, en su memoria recordó cuál iba a ser el Evangelio—y tuvo miedo. El miedo lo arrebató cuando el sacerdote comenzó: “El primer día de la semana.”  No, se dijo a sí mismo, hoy no quiero escuchar esto. Prefiero que me hablen de la tumba vacía. No quiero escuchar este evangelio. Así que intentó bloquear las palabras. Pensó en otras cosas, en que había esquiado en una nieve profunda hacía pocos días. “Viendo al Señor…”  Pensó en el nuevo auto aparcado en el estacionamiento, algo que había querido durante mucho tiempo.  “Ahora bien Tomás, llamado Dídimo, uno de los Doce…”.  ¿Debía irse? ¿Qué estabá ocurriendo? Eran solo palabras, verba nuda, como dijo Umberto Eco al final de El Nombre de la Rosa. “Si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos… de ninguna manera creeré”. Ah, bien, ya me siento mejor. Este Tomás, este mellizo, era un hombre de nuestro tiempo, no iba ser engañado, necesitaba pruebas, nada de fe ciega para este hombre.

Pero él sabía lo que venía, algo que había escuchado hacía mucho tiempo y que estaba grabado en su mente y había permanecido en lo profundo, oculto durante mucho tiempo, algo que intentó recordar, era esto. No quería escuchar lo que seguía. Así que pensó en el sexo, el mayor afrodisíaco. Algo que podía arrojarlo en el olvido de la autosatisfacción, el olvido de sí. Pero incluso esto no funcionó, porque las palabras, esas palabras llegaban como si surgiesen de adentro suyo.  “¡Paz a vosotros!” Luego dijo a Tomás: “Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás respondió….” Para él el tiempo se detuvo, porque recordó lo que iba a pasar o pensó que lo había recordado, porque esta era la clave de lo que había olvidado hacer y sabía que debía hacer—-“¡Señor mío y Dios mío!”

¿Se olvidó de algo el sacerdote, se olvidó una frase? ¿Es esa la traducción correcta? ¡Ojalá pudiera leer en griego! Debe haber una frase que el sacerdote olvidó decir. Por favor, Dios, que haya otra frase en la que Tomás se acerca a Jesús y toca el lugar de los clavos en sus manos y toca la herida en su costado y entonces, solo entonces, dice esas palabras. Por favor, Dios, oraba, rogando por primera vez en muchos años. Pero no. El sacerdote ya estaba terminando el Evangelio. “Dichosos los que han creído sin haber visto. “ Se quedó allí, y sintió como si una mano agarraba su corazón y lo forzara a abrirse. Podía sentir el dolor a medida que su corazón se abría por la fuerza con esas palabras que había oído, o en todo caso, por las palabras que quiso escuchar y no escuchó. ¡Tomás nunca sintió las heridas, él no necesitaba sentir las heridas! El vio lo que ya había escuchado, a la hermana Mary Athanasius y el sándwich sucio, los sacerdotes con rostros amigables y buenas intenciones, la adoración de la galleta. Todo parecía verdadero, todo parecía verdadero, y sonó una campana, sonó una campana y levantó la mirada, al tiempo que su corazón parecía a punto de estallar, levantó la mirada, sonó la campana y las palabras parecieron salir disparadas de su boca, de su corazón, de su alma:  “¡Señor mío y Dios mío!”

Padre Richard Cipola

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

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