Georges de la Tour La adoración de los pastores Museo de Louvre
Georges de la Tour
La adoración de los pastores
Museo de Louvre

 Del introito de la misa: Dum medium silentium tenerent omnia, et nox in suo cursu medium iter haberet, omnipotens sermo tuus, Domine, de caelis a regalibus sedibus venit.

Mientras todas las cosas yacían en medio del silencio y la noche se hallaba a mitad de su curso, tu omnipotente Palabra bajó de tu trono real.

Este es el domingo de contemplación, el domingo que nos ofrece la oportunidad de preguntarnos ¿qué significa todo esto?  La Iglesia reconoce la importancia del domingo en la Octava de la Natividad para contemplar, para reflexionar sobre ella, para tratar de darle sentido; y todo dentro de la serenidad de la misa tradicional.  Este introito es un eco del Evangelio de la tercera misa de Navidad, el prólogo al Evangelio de San Juan, el cual contiene la gloriosa esencia de la Natividad: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros… lleno de gracia y de verdad».  Impresionante noticia esta.  ¿Cómo se compara, como encaja con el Memento, O Romane de Virgilio? ¿Cómo se compara con el redescubrimiento del esplendor de la época Clásica del Renacimiento, del supuesto redescubrimiento del individuo que nos lleva a la Reforma Protestante? ¿Cómo se compara con el auto definida Ilustración, creada con la sangre de la Revolución francesa? ¿Dónde encaja con el descubrimiento del cálculo por Isaac Newton y Leibnitz, con todos sus pasmosos conceptos sobre límites que son a su vez finitos? ¿Cómo encaja con Darwin, cuya teoría acerca de la evolución se transformó en una visión reduccionista del hombre? ¿Cómo encaja en una cultura donde en China se vuelven locos por celebrar la Navidad sin ninguna referencia al cristianismo, donde el gobierno no tolera la celebración de festividades provenientes de occidente?

Gracias a Dios la Iglesia nos ha dado este domingo para reflexionar acerca del significado de la Navidad, lo que significa ese Niño en el pesebre, al que incensamos sobre el tabernáculo, ahí donde erguimos la cruz.  Cuando la Palabra bajo a nosotros, aunque podríamos decir que brinco al pesebre desde su trono Real, ¿Qué cambió, de qué manera transformó al mundo? En esta misa tratamos de indicar que hubo un cambio haciendo una genuflexión durante las palabras del Credo: et incarnatus est. Y el verbo se encarnó. El Novus Ordo pide una reverencia en ese momento, pero la gran mayoría de católicos, incluyendo a los sacerdotes, víctimas todas de la desritualisación, ignoran esta reverencia que marca, de manera corporal, la increíble afirmación de que Dios se hizo hombre. Mas, en un mundo donde el cuerpo humano ha sido devaluado a la cálida de objeto, o de algo que se puede utilizar para incrementar nuestra propia satisfacción et Verbum caro factum est carece de significado. 

¿Entonces, qué ha cambiado? ¿A qué se debe la preocupación por la Navidad?  Mucho se podría decir sobre este tema, pero quiero enfocarme en la cuestión del tiempo. Cuando Dios se convierte en hombre, cuando lo infinito se torna finito, cuando Dios infinito cabe en el vientre finito de la Virgen María algo ocurre no solo con la realidad física —y lo que ocurre ahí es otro sermón— pero también ocurre algo con el tiempo. Ciertamente cuando lo infinito entra en lo finito algo cambia radicalmente. Este cambio no se puede observar en un reloj, no importa que sea un Rolex o un Timex; y no se puede ver en la pantalla de un iPhone. Sin embargo, el cambio es real. Este cambio tiene una contraparte natural en la manera en que las personas mayores perciben que el tiempo transcurre con más rapidez. Un amigo francés me escribió diciendo que el tiempo se está haciendo grueso, él recuerda el pasado,  le temps perdus,  el júbilo y la amargura de la vida, como una rebanada gruesa de buen pan de chapata que es, en realidad, una combinación de sustancia y agujeros.

Pero lo que ocurrió en la Natividad no es tan solo esto, un ensanchamiento del tiempo por todo lo que ha ocurrido. Cuando la Palabra bajó de su trono celestial y tomo la carne de la Virgen María el tiempo mismo cambió. En una época esto se sobreentendía, el tiempo histórico quedó demarcado como AC o DC, antes de Cristo o en el año de nuestro Señor.  Existió una vez una especie de reconocimiento de que hace dos mil años hubo un cambio radical en el tiempo mismo, de que el tiempo estaba ahora impregnado del Dios infinito, de que el tiempo tenía un grosor que no había tenido antes, que tenía un significado que nunca antes había tenido. El tiempo lineal se vuelve ahora imposible, et Verbum caro factus est, el puñal que desgarra el tiempo y lo mide en segundos, minutos y horas, algo que ya no forma parte de la imaginación del hombre, algo auto referente, pero con Dios transformándose en hombre en el tiempo ya nada de eso es real, deja de ser posible. 

Hoy, el tiempo participa en la eternidad, lo cual es objeto de urgencia para toda persona, ya que ahora el tiempo es un regalo finito de parte de Dios al hombre, para que este reaccione, para que haga [uso de él]; porque el hombre es finito a pesar de que lo finito participa de lo infinito: Dios de Dios, Luz de Luz, que no desdeña el vientre de la Virgen. Ahora el tiempo es grueso, como una rebanada de pan chapata, ¿¡Oh! quien podrá serle fiel hasta su segunda venida? El tiempo es ahora la dimensión y sustancia de la salvación; es un cerrador mecánico que solo puede retrasar el inexorable cierre de la puerta: ¨Mirad, viene ya, entre nubes desciende; el tiempo ya no es el tic, tac, tic, tac, está impregnado del aliento de Dios. Hágase en mí según tu palabra; ¡oh! habla, habla, ¡oh! Virgen deja a un lado tu recato y tu prudencia, entrégate a su Orbe, ¡Haz posible lo finito dentro de lo infinito, rompe la línea, forma la esfera! Cuan silencioso, cuan silenciosamente nos llega el portentoso obsequio; y la campana, la osada campana que presume advertirnos la llegada de la eternidad. Y sin embargo, y sin embargo, tres, tres veces cayeron de rodillas para alabarlo entrando así a ese sustancioso tiempo nuevo, a la sustancia de la salvación.

No os vayáis entonces, saliendo presurosos después de esta misa, de este tiempo impregnado de eternidad, no volváis a un tiempo rutinario, a un sitio donde se niega la existencia de este nuevo y sustancioso tiempo. No, vayan al establo, vayan a la oportuna representación de la irrupción de la eternidad en el tiempo, la escena del pesebre en esta iglesia, y deléitense en la sustanciosa eternidad representada en el presapio.Y mientras lo hacéis, vuelvan su mirada, vuélvanla al tabernáculo y sepan que ese es el centro del tiempo, el centro de lo que ha cambiado.

Here is the little door, lift up the latch, oh lift!

We need not wander more but enter with our gift;

Our gift of finest gold,

Gold that was never bought nor sold;

Myrrh to be strewn about his bed;

Incense in clouds about his head;

All for the Child who stirs not in his sleep.

But holy slumber holds with ass and sheep.

Bend low about his bed, for each he has a gift;

See how his eyes awake, lift up your hands, O lift!

For gold, he gives a keen-edged sword

(Defend with it Thy little Lord!),

For incense, smoke of battle red.

Myrrh for the honoured happy dead;

Gifts for his children terrible and sweet,

Touched by such tiny hands and

Oh such tiny feet.

 G.K. /Frances Chesterton

[traducido por Enrique Treviño. Artículo original. Posteado por Richard Cipolla]

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