Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea: y manifestó su gloria, y creyeron en El sus discípulos.

Cuando el Rey Enrique Octavo introdujo la revolución protestante en Inglaterra en el siglo 16 porque se divorció de su esposa. Al principio, la nueva religión era muy parecida a la iglesia católica en muchos aspectos. Pero después de poco tiempo, los protestante empezaron radicalizarse y surgió una secta llamada los puritanos que querían purificar la religión de Inglaterra de todas las influencias de la iglesia católica. Y cuando Oliver Cromwell, un puritano, tomó el poder del país, uno de las leyes que estableció fue al abolir la celebración de la navidad. Los puritanos pensaban que las celebraciones de la navidad eran demasiado mundanas y festivas porque creían que los cristianos siempre tenían que ser serios y sobrios. Por eso, obligaron a que la gente trabajara en la navidad y un año incluso insistieron en que la gente ayunara en reparación por la “obscenidad” de celebrar con alegría el nacimiento del Salvador del mundo.

Pero el sentido común de la mayoría de la gente era más razonable, y hubo demostraciones contra estas leyes y celebraciones de la navidad a escondidas. Al final el espíritu de la navidad y la redención triunfó.

Y dijo el que estaba sentado en el trono,” cuenta San Juan en el libro de Apocalipsis, “He aquí renuevo todas las cosas.”

En el evangelio de hoy, nuestro Señor hizo su primer milagro que consuma la trilogía de las Epifanías de nuestro Señor que celebramos el 6 de este mes:

Su manifestación a los magos; Su bautismo en el rio Jordán; y ese primer milagro que manifiesta su propósito de santificar todo e incorporar a la humanidad a su propia divinidad.

Y esta última de sus epifanías significa que después de la venida de Cristo, no hay nada que permanezca ordinario. Toda la historia de la humanidad se centra en la encarnación del Hijo de Dios y su misión de salvación. Los historiadores nombran los años antes y después de Cristo. Por eso, un tiempo que sea simplemente ordinario no existe, porque todo el tiempo y todas las cosas han sido santificadas por Cristo. El agua ordinaria de la vida mundana ha sido convertida no solamente en vino, sino en vino fino y muy rico de tal calidad que el maestresala comentó atónito, “tu reservaste el buen vino para el último.” Es decir que Cristo no vino solamente para salvarnos sino que vino para hacer todo nuevo, para darnos bendiciones en abundancia, y más que nada, para hacernos partícipes de su propia divinidad.

Que equivocados, entonces, estaban los puritanos. La venida de Cristo nos da muchas razones para festejar. La gracia que el ganó por medio de su encarnación y redención es el vino, que el salmo 104 dice, alegra el corazón del hombre.

Para ellos que conocen los caminos de Dios,” dice San Agustín, “no debería ser tan sorprendente que haga vino en los cántaros quien año tras año hace vino en la vid.”

Igual dice San Juan Crisóstomo, “Él que no desdeñó tomar la forma de un siervo tampoco desdeñó venir a las nupcias de gente sencilla.”

En su libro La Imitación del Sagrado Corazon, el Padre Arnoudt pone en la boca de nuestro Señor las siguientes palabras: “Cuando fui invitado, no negué estar presente en la fiesta nupcial junto con mi madre y mis discípulos y ahí gozar en una manera santa, haciendo uso de cada oportunidad de ganar almas y enseñar la virtud de la verdadera alegría de corazón. Porque el diablo sabe qué tan poderosamente la alegría espiritual atenta contra él y por eso intenta acometerla por todas las maneras posibles, pues, ¿qué es la alegría espiritual si no es una disposición del alma que muestra que ella busca y ha encontrado toda su satisfacción sólo en mí?

Ésta es la gloria que San Juan dice que manifestó el primer milagro. Al crearnos y sostenernos, y alimentarnos, y guiarnos, y bendecirnos, Dios nos ha mostrado la inmensidad de su bondad. Pero al hacerse hombre y venir al mundo para redimirnos y santificarnos y divinizarnos el Señor nos ha manifestado un amor del cual sólo es capaz un Dios.

No tenemos que despreciar nada de la creación, de la alegría, de ninguna parte de nuestras vidas comunes. Para los que están llamados por Dios, todo es santo, todo es una oportunidad para ganar gracia, para santificarse. Por eso Santa Teresita dijo que aún al recoger un alfiler del suelo, si se hace por amor a Dios, puede tener gran mérito para la vida eterna.

Además, este milagro nos muestra que el amor divino, el amor verdadero, toma en cuenta todas las angustias, los sufrimientos, y las dificultades de la vida del amado. En realidad, si se hubiera acabado el vino, habría sido una vergüenza para la pareja, pero algo, de todos modos, de poca importancia. Pero para alguien que ama, no hay nada de poca importancia si se relaciona con el ser amado. Por eso San Pablo explica en la epístola de hoy cómo debe amar un cristiano:

El amor sea sin fingimiento: aborreciendo lo malo, aplicándoos a lo bueno: amándoos recíprocamente con fraternal amor: anticipándoos en honraros unos a otros. No seáis remisos en hacer bien, sino fervorosos de espíritu: servid al Señor: gozaos con la esperanza. Alegraos con los que se alegran: llorad con los que lloran.”

El Señor quiere convertir todo lo que es ordinario en algo extraordinario. El agua es buena, pero el vino es mejor. En el ofertorio de cada misa, cuando el sacerdote pone el vino y la gota de agua en el cáliz, la iglesia reza:

Oh Dios que formaste maravillosamente la dignidad de la sustancia humana y que la reformaste de modo más admirable: mediante el misterio de esta agua y vino, haznos participar de la divinidad de Quien se dignó ser partícipe de nuestra humanidad.”

Y estamos invitados a poner nuestras propias vidas, nuestra humanidad con todas sus debilidades, en el cáliz con esta gota de agua. Porque, al partir de que se mezcla con el vino, la gota de agua jamás puede ser sacada. Y cuando el vino se convierte en la sangre de Cristo, también se convierte el agua.

El Padre Gabriel de Santa María Magdalena explica: “Jesús repite el mismo milagro hecho en la fiesta de boda cuando cambia las lágrimas de temor en amor penitente. Hasta ahora serviste a Dios con tristeza, y ahora le sirves con alegría. Mira el agua transformado en vino nuevo, el vino delicioso de la caridad, que regocija al corazón del hombre, impartiéndole la fortaleza que sostiene al espíritu contra todas las debilidades de la naturaleza y, así, embriaga las almas que olvidándose de todo lo demás, piensan sólo en Dios, quien llena todas sus potencias con la dulzura del consuelo celestial.”

Y no fue por accidente que Cristo decidiera obrar su primer milagro en una fiesta de boda, porque vino al mundo para invitar a todos a la fiesta de la boda celestial donde Él quiere desposarse con nuestras almas. Como indica el texto de la liturgia de la fiesta de la Epifanía: “Hoy la iglesia está unida al esposo celestial, pues, en el Jordán Cristo lavó sus delitos; los magos corren con sus regalos a las nupcias reales, y por el agua hecha vino los invitados se alegran.” Y obviamente la conversión del agua en vino es una prefiguración de la conversión del vino en la sangre de Cristo, un milagro mucho más maravilloso, que Él efectúa en cada celebración del Santo Sacrificio de la Misa.

Por esta razón dijo el maestresala: “mas tú reservaste el buen vino para lo último”

Y este buen vino es Jesucristo mismo, quien no solamente quiere darnos la alegría de bendecirnos, sino la suma alegría de sí mismo en la Santa Eucaristía que Santo Tomás dice es un anticipo de la fiesta de boda celestial.

Al acercarnos a la Sagrada Comunión y al recibir la sangre que fue derramado del Sagrado Corazón de Jesús,” dice el Padre Gabriel de Santa María Magdalena, “¿no sacamos las aguas con alegría de las fuentes del Salvador? Las cuales arrasan con los lemas falsos del mundo, y entorpecen los deseos de nuestra naturaleza corrupta.”

Finalmente, no se puede terminar una consideración de este evangelio sin mencionar a María. Fue ella quien se dio cuenta primero de la falta de vino y le informó a su hijo. Fue ella que nos enseñó qué disposición de corazón necesitamos si queremos conseguir las bendiciones de Dios al decir: “Haced cuanto él os dijere.” A ella no le molestó la respuesta abrupta de su hijo. No. Mantuvo su confianza, porque no podía tener duda de que él haría lo mejor.

Y qué mejor ejemplo de la abundancia de su cuidado y amor para nosotros que el que Cristo nos ha dado a su madre como nuestra, y ella tiene la misma preocupación por nuestras necesidades como la tuvo por las de los esposos de Cana. Y siempre seguros en su abrazo maternal, ella conseguirá para nosotros el vino celestial de las manos de su Hijo.

Padre Daniel Heenan, FSSP